jueves, 23 de diciembre de 2021

HILOS, BOTONES Y TIJERAS

 

HILOS, BOTONES Y TIJERAS
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Unos días antes de las dos fiestas de mí Pueblo, La Villa,  de San Benito Abad, llegaba un cacharrero de Sincelejo, con una chaza de madera, vendiendo entre otros productos: Hilos, Botones, Tijeras, dedales, correderas etc.  Ya mi personita estaba para cumplir  los ocho abriles, con el fin de colaborar con el sustento de mi hermoso hogar, me ofrecí a acompañar al mono en su periplo y pregonar por las cinco calles  y callejones de mi pueblo, a cambio de cuatro monedas de cinco centavos diarios, que al sumarlas daban veinte centavos, suficiente para adquirir comestibles en la tienda de Díaz

Por las carencias de la vida. No por la pobreza, porque a decir verdad, los Cadrazco nacimos inteligentes y con valores Éticos, que a estas alturas muchos han perdido, pero este  no es el motivo de mi narración, el cuento es que para esa fecha, los niños jóvenes no usábamos ropa interior, en mi caso, camisa de cuero, cuero, pantalón mocho y zapatos de cuero, cuero, para resumir solo una prenda, el pantalón, lo demás lo bronceaba el Sol.

Bien temprano me bañé, con la mano erice mi cabello-afro-indígena y me aposté en la puerta del hotel en donde se alojaba el Mono, con el fin de iniciar el día de trabajo, con la chaza de madera en mi panza, sostenida con una correa que pasaba por mi cuello.

No habían corrido dos minutos, cuando del interior de la residencia, salía una mujer de mal carácter a decirme que me retirara del lugar, porque le iba a espantar los comensales, que por cierto eran muchos, hasta esta fecha, no entiendo que quiso decir la señora, pero esta afrenta a mi persona, jamás se me ha borrado de la mente, no quiero especular con sus palabras, pero a carta pelada me corrió porque no tenía camisa, menos zapatos y mi afro cabello no reunía las condiciones para estar en tan lujoso hotel.

Como el tiempo pasa y deja huellas, unas buenas y otras malas, la vida cambia de acuerdo al camino que elijas, en ese mismo hotel, después de cincuenta años, tuve la oportunidad, no de pararme en su puerta, si no de alojarme con mi familia,  pasar desapercibido como un forastero y ser bien atendido por su dueña heredera, a vuelta de cinco días, fue que se enteró, que la familia que estaba allí alojada, era del Cubita como cariñosamente me decían en mi Pueblo. Esta narración es hecha con todo el cariño para mi gente linda de mi Patria Chica, la cual abandoné desde mi juventud, buscando caminos de progresos, solo es una referencia de como mi Dios traza los caminos de la Vida, a cada ser humano.

 

 


A UNA REINA VALLENATA.

 

A UNA  REINA VALLENATA.
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano.

De esas anécdotas de vida, que a través del tiempo les he narrado, esta es una de mis favoritas, como mi persona sabe de dónde viene y para donde va, basado en la experiencia por mi paso fugaz por la Policía Nacional, en el tiempo de la cosecha de la marimba, un día cualquiera me confundieron por mi físico con un guajiro Riohachero, que por cierto fueron desagradables esos momentos y que luego del suceso, mis amigos me decían el Guajiro.

Sabia de mis cercanías  de mis Bisabuelos y Tatarabuelos eran nacidos en la Guajira y que sus castas eran Díaz Barros y Calderón, hasta allí la película, en mi andar de rueda suelta y con ganas de madurar me encuentro a una bella mujer, que no la deje respirar, me pegué y dieron sus resultados, después de 36 años, ya este cuento está añejado en toneles de roble blanco, ya se puede narrar, para que los hijos  nietos lo lean y digan Waooo Abooo.

No fue fácil conquistar a esta bella Dama Vallenata, quería un hombre especifico y a mí me faltaba una sola cualidad de su lista de deseos, la escuché le capte sus mensajes y me lancé, quería casarse con un hombre natural de la guajira, vea ella que me dice eso y de inmediato deje de golpear las palabras como buen sucreño y me convertí en guajiro; Veee prima si yo nací en Urumita, no te suena el apellido Díaz de mi Madre y seguí hablando guajiro que por cierto se me escucha bien y por ultimo cerramos la conversación con un Achooo.

Visitas vienen , visitas van, llegue a su casa con la pinta que me caracteriza, zapatos de cueros marrones, pantalón gris, camisa manga larga floreada, cinturón cuero de babilla y una leontina colgante con un reloj ferrocarril de Antioquia, un buen trabajo, estudiando en la noche y el respaldo de una buena empresa, más para donde.

Llegamos al sexto mes de amores y no aguanté más, había que decirle la verdad a esta bella mujer, que me tenía pechichón con su forma de tratarme, yo que venía a los empujones, pero haría cualquier cosa por no perderla, sus padres muy complacidos, un sábado la invite a Almorzar a un restaurante y después de la comida le solté el bombazo y le manifesté que por no perder esa oportunidad que la vida me brindaba, me cambie de Sucreño a guajiro, como ella lo deseaba, respaldándome en mis apellidos lejanos de mis visa y tatarabuelos, fue un rato amargo, pero después nos nivelamos  este feliz matrimonio con la bendición de mi Dios y como todo, con sus altos y bajos, ya traspasamos la barrera, con tres hijos y dos nietos, pisando fuertes los treinta y seis años y varios carnavales.-


lunes, 15 de noviembre de 2021

LA GUACHARACA TORCAZA

 


LA GUACHARACA TORCAZA
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Decía el viejo Cuba, “donde canta la guacharaca, hay corozo·. Sabias palabras de las costumbres ancestrales de nuestro pueblo, es más en esas matas de lata llenas de puyas ellos buscaban la manera de salir, allí era donde estaba el peligro, pasó Toño cerca del nido de las Guacharacas y escucho el pillar de los polluelos, queriendo salir de ese enjambre de puyas.

Sigiloso Toño logró sustraerse un ejemplar que en dinero alcanzaba para comprar una cubeta de helados que contenía diez cuadritos, una  de leche con coco, o de taramindo (tamarindo), eso recibió el joven de manos de la niña Vere, una señora amante de los animales, la crio con leche de ganado y maíz trillado y de vez en cuando miel de panela.

Tenía la niña Vere un cercado de patio de palitos, unos diez metros, en donde anidaban los ovejones, negros y monos, que delicia para esa juventud restregar un trozo de palo seco por esa cerca, en carrera del lado afuera de la calle, pensando en el perro y en especial a la Guacharaca torcaza que no toleraba acercamiento humano a esa casa.

Bueno primero tuve problemas con el perro, un criollo utilizado para encerar  las vacas, ese día en particular dejaron el portón del patio abierto, me mandaron a comprar una panela a la tienda y mi mente ordenó: Rastrlla el Palito en la cerca y veras la adrenalina de correr, con ese perro por dentro del gran patio. Como las matracas de Chinu, o como la decolada de un avión arranque por esa pista de diez metros aproximados: Trarrrratratraaaa, era el sonido de la cerca, con tan mala suerte que el portón estaba abierto de par en par y me voy dando de lado con el gran perro,  calle arriba.

Habían unos jóvenes en la esquina y cuando vieron semejante carrera me decían corre Cubita, no te dejes esguazar, le corrí en zig-zag  unos dos quilómetros y medio y no me alcanzó.

El otro altercado fue con la guacharaca torcaza, que al sonarle la madera ella salía volando bajo del lado adentro del patio, de la misma manera le sonábamos los palitos a gran velocidad y cuando llegábamos al portón éramos salvos, pero ese día no fue así, esa ave amaneció con el ojo rojo purpura y se voló el portón, me prendió a picotazos en la cabeza, ella busca el brillo de los ojos para sacarlos de un picotazo, pero los míos no fueron porque eso ya me lo habían advertido.

Perdí un chicote de orejas y en el cuero cabelludo me suturaron puntos en el puesto de salud. De esa lejana fecha, cargo en mis manos un tubo pvc de un metro  y no puedo escuchar el cantar  de la Guacharaca Torcaza, porque me vuelvo árabe-.

 


domingo, 7 de noviembre de 2021

LA PUERCA BRAVA

 

LA PUERCA BRAVA
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

De esos recuerdos que se me vienen a la mente, en la niñez de mi pueblo y sus costumbres, hoy flotó el recuerdo de la puerca llamada “La Chonchi”. En la placita de la Villa vivíamos con un Tío de mi Padre mis dos hermanas mayores, a comienzos de año adquirían una cerdita de meses, que con cariño la criábamos y la pichinchábamos , se alimentaba con maíz cariaco, ahuyama y patilla, ya en el mes de agosto era una adulta  y juguetona, pero a la vez era brava.

Solía bañarse con barro rojo en la charca cercana a la casa, nosotros los tres hermanos nos acostumbramos a buscarla, llamarla y salir corriendo a casa, porque si nos alcanzaba éramos presa de sus juegos pesados y salíamos hociqueados, babeados y hasta mordidos.

Esa vez, específicamente salimos a buscarla y le gritábamos “Chomnchi, Chonchi, Chonchi, sin sacudirse salía en nuestra persecución, mi persona era el menor, pero corría mas que mis hermanas, ese día la Chonchi estaba de mal humor y en mitad de la carrera atropello a mi hermanas  del medio, apurados llegamos a la casa y no alcanzamos a subirnos en el palo de mango, la opción fue subirnos a una mesa vieja, con los clavos oxidados y la madera podrida.

La Chonchi llegó y se ubicó debajo de la meza y se restregaba el cuerpo en ella, sentimos que el mueble no daba más y en cámara lenta se fue a medio lado, al caer la Chonchi se abalanzo a mi persona y a mi hermana mayor, para no alargarles el cuento, como en un cuadro de pintura, su barro rojo lo traspaso a nuestra humanidad, los mayores en casa fueron rápidos y nos libraron de la chonmchi, al mes siguiente se convirtió  en chicharon y nos las comimos con yuca.


miércoles, 27 de octubre de 2021

EL BURRO Y EL TIGRE

 

EL BURRO Y EL TIGRE
Por Francisco Cadrazco DÍAZ
Escritor Colombiano

En zona de tigres en el alto de la mina, por la carretera vieja a Caracolicito, había una finca de crías de morrocoyos, para alimentarlos con espinacas sembradas a la orilla de un gran jagüey construido con maquinaria capilla, borderito en invierno y semiseco en verano.

Había en el camino una bola de matas de corozos en donde cantaban las guacharacas y ellas a la vez daban aviso a los humanos cuando el  tigre cebado venia por algún morrocoyo en horas de la noche.

Afrodísio un muchacho dependiente era el encargado de alimentar a los morrocós, una tarde salió a buscar agua y espinacas en un burro que habían comprado y que no estaba manso, era brioso y se espantaba hasta con una hoja que movía la brisa, silbando su canción favorita iba Afrodísio en ancas del burro, cuando este de un sacudión lo tiró al piso, el tigre veía atrás  y ambos emprendieron larga carrera, por su puesto Afrodísio le cogió ventaja al Burro, ya que el animal venia cargado con dos cantaros de agua.

El tigre a la velocidad máxima desarrollada dijo, epaa burro ya eres carne de cañón, pero el asno no estaba dispuesto a dejarse rasgar su carne fresca y en vista a que su amo lo dejó abandonado le dio diez vueltas a las matas de corozo con el tigre a las corvas, por lo que sin pensarlo se internó en el cayo de latas de corozos y quedo en el centro, allí fue donde el tigre dijo “Hoy no fue pero te costará burréale salir de allí magullado”.


A todas estas, Afrodísio llegó al rancho y dio aviso y formaron una brigada con escopetas tiro OO, para darle muerte al tigre que daban por descontado que ya se había comido al burro, Rastrearon las huellas y concluyeron que el tigre se había regresado por donde vino, y, el burro donde estaba?.

Cuando escuchan en el camino la jauría de los perros montañeros ladrando insistentemente, acudieron al lugar y observaron al burro con la carga en medio de las puyas del corozo, se rascaban la cabeza sin poder entender como entró ese animal a tan mortal trampa.

Llamaron al dueño de la finca y le contaron lo sucedido, argumentando que iban a proceder cortar las matas de corozo para poder liberar al burro, él no estaba de acuerdo en tal procedimiento, les dijo ya voy  para allá, llego al filo de las seis de la tarde, miró observó, pensó y concluyó: Préndanle fuego al cayo de corozo, que con candela no hay burro lerdo.

Cuando las matas de corozo comenzaron a arder, esperaban los humanos que el burro se dejaría morir quemado, todos se abrieron de la candela que cubría las matas y el burro no salió, miraron observaron y todo había quedado en cenizas, se lamentaron de la muerte del animal y quedaron a regresar el día siguiente a rescatar los cantaros Inagrario que llevaba el burro a sus espaldas.

Lamentando lo sucedido juraron darle caza a ese tigre que ya estaba descarado, saliendo a cazar en pleno día, cuando estaban tomándose la olla de tinto por la muerte del burro, este rebuznó  a la orilla del corral de los morrocoyos, tiraron las totumas del tinto y que sorpresa, el burro no tenía ni un rasguño, menos espinas del corozo, le quitaron los tanques de agua la montura  lo soltaron a una huerta cercana en donde la hierba verde daba dos metros de altura.

Esa noche Afrodísio no pudo dormir, la conciencia le movía el alma al haber dejado abandonado a su amigo el burro a merced de ese enorme tigre, no pudo más, ser levantó y fue a preguntarle al burro, como salió de la candela, el burro un poco molesto le contestó, que nunca estuvo dentro del cayo de puyas de corozo, fue una estrategia para deshacerse del tigre, hoy Afrodísio está en un manicomio, porque los demás humanos lo tildaron de loco, por conversar con el burro, Y el burro hizo un convenio con el tigre, que se comiera todos los morrocoyos a cambio de perdonarle  la vida.

 


lunes, 25 de octubre de 2021

UNA HERMOSA JINETTE POR EL CAMINO VIEJO

 

UNA HERMOSA JINETTE POR  EL CAMINO VIEJO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano.

Por el camino viejo, lleno de historias, enmontado por la maleza y el desuso, en las noches se escucha desde la carretera nueva un taqui, taqui, taqui, las herraduras de los cascos de un hermoso caballo, más cuando pasa por el puente de tablas crujientes  centenarias cortadas  serruchadas por los jornaleros, cuando mi linda Villa comenzaba a florecer.

Una tarde se formó una tormenta con rayos y centellas, lo normal del corcovao  y su furia loca, se me hizo de noche y después de pensarlo decidí recorrer esos 12 kilómetros que me separaban del pueblo, eché por delante al burro bayo con su carga y con un bastón guayacán iba haciendo rayas en el camino, cruces y  más cruces quedaron pintadas en el camino, presentí que ellas me salvarían de todos esos mitos que se tejían en el parque a voz de los mayores.

Con mis escasos doce años, la luna me guiaba de pronto bajo la lluvia se iluminó el camino, como si alumbrara solo para mí, sentí un calor corporal  mis ojos vieron a la Jinete, una mujer hermosa con piel de ébano, manto y túnica  azul,  cejas pobladas, cabellos largos, mitad hacia adelante y el resto caía a la cintura, un caballo blanco bien aperado, delante de mi recorrió el camino desde la entrada de Cayo la Tía, hasta la finca el Ciso, salida al playón, me sonrío y con su mano derecha me señaló el camino hacia mi hogar en la placita.

Taqui, taqui, taqui, allí va la Hermosa Jinete, de color ébano con  túnica Azul.

 

domingo, 10 de octubre de 2021

“EL CUBITA”, UN GALLO FINO

 

“EL CUBITA”, UN GALLO FINO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Hablando de gallos finos, recuerdo en mi niñez a mi bisabuelo materno, un gallo rejugado en las lidias y cría de gallos finos, herencia de su padre, que por tradición familiar traía la vena de buen entrenador.

Que sitio más hermoso que “El Paso de los Chivos”, en San Benito Abad, vía al corregimiento de  la Ceiba, antes de llegar había una gran corriente de agua y si llovía no había pase ni para los chivos de cría, sólo se escuchaban los cien gallos que con esmero y paciencia entrenaba mi Bisa.

De esa cuerda guajira nació el Cubita, enrazado con la cuerda de gallos de “Los Cadrasco”, de la calle de las Avispas, en la Villa. Era el Cubita un pollo bravo, el rey de la placita, se enfrentaba a cualquier pollo que quisiera atropellarlo, de eso pueden dar noticias en la escuela primaria, los docentes y allegados. Daba tabla, eso causaba peleas a la salida de clase, allá en su  hogar llegaban sofocados a decirle a su Padre abuelo:

-          Vea cuba, el pollo Jabao está peleando en la esquina de la niña Pepa.

A los 15 años cumplidos le salieron las espuelas, le crecieron las alas y cantó con buen galillo:

-          ¡Cocoro yo!

Su Bisabuelo lo motiló, lo entrenó y lo tiró a la gallera, su representante orgulloso  era su padrino Cristóbal Flores Quiroz.

-          Apuesten señores que este Jabao va para el ruedo.- Manifestaba.


Después de esa Pelea que por su puesto Ganó “El Cubita”, saldó cuentas con los Villeros y con un paz y salvo, abandonó ese ruedo en busca de mejores galleras, quien recuerda a El Cubita, tiene que ser una persona mayor, porque a decir verdad van más de cinco décadas por fuera de la Villa, en la placita quedaron sus primeras plumas,  pero como buen gallo, nunca olvida su gallera, menos de quien recibió granos de maíz.

Tampoco le molesta el recordar de  sus paisanos ese gran apodo que lo enorgullece y así lo ha hecho saber sus condescendientes, unos pollos de fama y de buena raza, que cogen espuela natural de su padre “El Cubita” y de su ancestro el General José Antonio Páez.

Galleras como el Pico de Oro de Enrique Coronado,  La Uniatlántico, La Autónoma del Caribe, La Simón Bolívar, La CUN y la CUA y el Ateneo Técnico Comercial, son cartas de presentación de las mejores galleras por donde ha  pisado ese gallo. Por todos estos motivos es que nadie se atreve a colocarle visuaca.

Tiene el récord de haberle ganado a gallos como la adversidad, la ignorancia, el hambre, el qué dirán y a no tragar entero granos de maíz, de manos de personas que se creen saber por dónde le entra el agua al coco, no señor. Aprendió a jalar chinchorro, a esquivar las puyas manca tigre de las playas villeras, al sabor y dolor de una puya de rayas, un blanquillo y un barbul. Sabe de vista como se tumba una montaña y conoce a leguas el grito de victoria de un leñador, una manta de yolofos en un arrozal, amigo del corcovao de la serranía de San Lucas.

Gallo de letras, de la  Filosofía, del Derecho y la Administración, tanto pública como privada, de la Contaduría y Los Valores Éticos, pisando firme por donde quiera, pollo de confianza de la mejor empresa de Colombia, capaz de subirse en un vuelo con Simón Bolívar, el sabio Caldas, Gabriel García Márquez, la Indígena Emberá y el Poeta Julio Garavito, entre otros estampados en Billetes de la imprenta nacional; de su mente prodigiosa brotan palabras fluidas y pensadas del lenguaje de Castilla- La Mancha, con cuatro libros publicados, dos composiciones en Vallenato y trescientos sesenta Cuentos Culturales de las costumbres Caribe, algunas palabras en Latín y otras en Ingles Urumitero, porque de allá es su raza gallera.

Jamás, óigase bien, jamás, ese gallo fino  villero se le ha pasado por su mente hacerle daño a nadie, aquí incluimos  a los humanos, animales y menos a la madre naturaleza, por defecto tiende, alargar las conversaciones, porque  tres palabras no le bastan en su poder de convencimiento a su intención de enderezar este mundo.

“El Cubita”, un gallo rejugado, que canta en cualquier gallera, primo hermano del gran gallo Guacharaco, bisnieto del Gallero de Oro Guajiro, a quien no se lo brincaba un Chivo. Y por último a ese  gallo “El Cubita”, lo atropella la humildad, porque sabe de dónde viene y para donde va.

 

sábado, 9 de octubre de 2021

INDALECIO DÍAZ BARROS UN PERSONAJE GUAJIRO

 

INDALECIO DÍAZ BARROS UN PERSONAJE GUAJIRO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Me contaba Indalecio que nació en Fonseca, Guajira un 23 de abril de 1950, hijo de Madeleine Díaz, padre desconocido, según su mamá, durante sus primeros años de vida correteó gallinas y pavos, cuidaba el rebaño de chivos en la finca de sus abuelos en la vía de Fonseca a Lagunita de la Sierra, hasta allí todo iba bien con el muchacho que ya entraba a sus diez años, por la lejanía de un aula de clases Indalecio fue reacio a estudiar, quienes lo conocían sabían que con un esfuerzo él despegaría.

 Un día se presentó a la finca un señor preguntando por Manuel Vicente, el abuelo de Indalecio, estos se saludaron de abrazos y se llamaban primos hermanos y allá en la Guajira si son primos, son hermanos. Después de una larga conversación, la cual como niño no debía escuchar, (porque las palabras de los mayores no le incumben a los niños y jóvenes), después de un tinto y un almuerzo, el primo pasó a mi lado y se quedó mirándome fijamente, acto seguido me colocó la mano en la cabeza e hizo  el molinete en mi cabello produciéndome dolor, solo trate de agacharme para apartar la mano de mí.

De inmediato supe que ese primo era malo, malvado y cruel. Acto seguido le dijo a mi abuelo Mano Mañe:

-  ¿De quien es este niño?,

Contestó mi abuelo:

- Ese es de mi hija Madeleine, ellos viven aquí con nosotros, ya el encierra y ordeña las chivas, le echa maíz a las gallinas cocadas y pavos.

-Llegó la mala para mi persona, - dijo - vee mano Mañe ¿tú porque me hacéis un favor de darme ese niño para su crianza?, vee yo te lo pongo al colegio y te lo trato como si fuera mi hijo, ya los míos están  grandes y este muchachito me sirve en casa.

Hablaron con mi madre, que desde lejos estaba llorando y después de una hora de deliberar mi futuro, dieron el aval, cogieron una bolsa de papel o bolsa de manila y me empacaron los tres pantalones cortos,  cinco camisas sin botones y adiós te dije Luz, porque “Luz de Piedras”, se llamaba la finca tradicional de los Díaz. 12 horas en carretera destapada con tres transbordos y al fin llegamos a un pueblo de casas de zinc  viejas y calles de arenas, la casa era grande y en el patio había otra casa de palma, allí en su interior habían sobre una vara cinco sillas de caballos  tres de burros, el olor de ese cuarto era a caballo sofocado, me trajeron una hamaca con dos cáñamos y dijeron- guíndala de horcón a horcón-, me dije ¿Qué será horcón?- y dure media noche buscando el horcón en ese sitio sin luz porque no colocaban mechón como en la finca de mí abuelo, la terminología de esa región no coincidía con la mía, a las malas me fui adaptando, la escuela no fue, solo pasaba por su puerta y veía a los jóvenes estudiando, jarreaba el ganado, ordeñaba vacas, traía agua de un pozo calicanto, comía en el patio y me vestían con ropa vieja ancha y talla grande de los hijos del primo.

Un día pasé por el colegio y el maestro me capeó, me dijo- oiga joven ¿por qué usted no está estudiando, de donde es usted y donde vive?,- le conté que no me pusieron al colegio, que era de La Guajira y que vivía donde los Monterrosa, me trajo un cuaderno de cien hojas, un lápiz y me explicó que me había colocado unas tareas, que las realizara y regresara al día siguiente, ya en mi finca mi mamá me enseñó el abecedario y unos números, escondí el cuaderno y el lápiz y en mi cuarto de sillas, de inmediato  en menos de quince minutos realice las tareas y antes que terminara la clase del día regrese a la puerta del salón y le entregué el cuaderno al profesor.

Viendo el maestro mi interés en asistir al colegio habló con el señor Monterrosa, quien con su cabeza y su boca dijo NO, ese joven yo lo traje para que ayudara en los quehaceres de esta casa. El docente y mi persona no nos dimos por vencidos, se aliaron a la labor unos alumnos aventajados entre ellos “El Cubita”  y  continuamos las clases a escondidas, fueron cinco años metidos en letras números, historia, geografía, religión, geometría, ciencias y todo lo que se daba en primaria en ese tiempo.

Ya pasado de los veinte años de edad, decidí indagar por mi familia, era difícil volver, pero por los consejos de mis amigos y personas que me estimaban, una noche de luna clara, lo pensé, repasé,  ensayé  la partida en busca de mi familia, en horas de la noche traspuse mi saco de fique con mis pocas pertenencias, había juntado unos pesos con el jarreo de agua y su venta a los vecinos, unos cocos que alcanzaba al partir  y un vecino a quien le ayudaba en su tienda, bien temprano antes que el gallo de las cuatro sonara su bocina, ya estaba en la carretera empolvada esperando la guagua, saqué mano y me embarqué, el conductor que me conocía me preguntó que para donde iba y jocosamente le dije: -para donde me lleve la brisa-, me contestó:  entonces vas muy lejos porque está brisando duro.

Dejé atrás ese pueblo, el cual aprendí a querer, a su gente, mis amigos de jugar bolita de uñita, trompo baqueao y los baños en sus posas y a un hombre que me tendió la mano en el estudio, días antes de mi partida me entregó un certificado de la Escuela Primaria en donde constaba que Indalecio Díaz Barros, había aprobado con honores el quinto de primaria, con sus respectivas firmas. Una chiva transportes Sotracor que venía de Montería hasta Sincelejo, de allí un bus de Cosita Linda hasta Valledupar  al día siguiente otra chiva de palo Cosita Linda que iba de Valledupar a Maicao y me baje en Fonseca. Como buen guajiro observé el panorama, miré caras y todas eran desconocidas, llegué a una tienda, saludé a la señora, pedí una Cola Román y un pan de cacho, la señora me miraba de reojos, hasta que no se aguantó y me lanzó la pregunta:

-Tú no eres de por aquí, muchacho, vienes a recoger mariguana en la finca de Madeleine Díaz o a la finca de los Monterrosa-, esas frases para mi me calaron en el alma, demoré unos dos minutos en responderle a la señora que me miraba mi maleta de acordeón comprada en Barranquilla al lado del transporte en Paseo de Bolívar.

-Sí, señora,- le contesté-, usted me podría indicar ¿en dónde queda esa finca?-, alzó la cortina que daba al fondo de la casa y dijo:
- Oh, Miguelito saca el Jeep y lleva a este muchacho donde Madeleine y dile que va de parte mía para que me apunte ese cliente.

Pagué,  le di las gracias y salimos en el jeep, Miguelito un señor cincuentón me iba sacando las tripas, pero no me dejé, pensando en mi mamá sembrando Marihuana, a sabiendas que ese era el boom de la costa y en especial de  la Guajira.

Ni idea, mi madre de que mi persona era su hijo, me contrató para atender el cultivo, todo estaba distinto, ya mi madre con su cabellera canosa, hecha una Coronela, dándole ordenes al capataz de la finca, carros vienen, carros van, bultos y bultos encarrados en un galpón de palma, dormí esa noche plácidamente en otra casa grande al lado de los trabajadores, pero esta  no tenía olor a caballo sudado, hice mis investigaciones  y concluí que mi abuelo le dejo el terreno a mi madre y que ella multiplico las ganancias comprando  más terrenos y hoy por hoy era una señora hacienda, a la mañana siguiente los trabajadores se alistaron desayunaron y partieron a sus labores, mi persona seguía durmiendo, esa era la sorpresa para mi progenitora, de una el capataz fue y le comentó a la señora que el nuevo trabajador no se había querido levantar y que quería hablar con usted. Ella manifestó que será que amaneció enfermo ese pobre joven que quien sabe de dónde vino, ayer no pude hablar con él.

Se dirigió al rancho en donde estaba durmiendo me sarandeo la hamaca y tiernamente me dijo:

- Joven ¿qué te sucede, estás enfermo?-, la miré tiernamente y le dije:

- Sí, señora, estoy enfermo de amor de madre. Se llevó las manos a su boca y exclamó:

-¡Indalecio!, hijo, que broma me has jugado-, me bajé de la hamaca y nos abrazamos largamente, volvieron a brotar sus lágrimas, pero esta vez de amor.

Días suficientes para contarnos las odiseas que pasamos ambos, hasta llegar al  punto de tiempo y hora de emprender una carrera que me llevaría a la recompensa de esos años perdidos por culpa del destino y nada más. Después de organizarle la finca a mi madre, recoger cosecha y cambiar de actividad, dejé a mi madre bien atendida y visité a un tío en Barranquilla, a quien puse al día de lo sucedido con los Monterrosa unos primos que no me trataron nada bien.

 Al lado de mi tío, un poderoso del cultivo y exportador del mismo, con una mansión al frente del Batallón y por orden de él  inicie mi bachillerato, luego fui a la Universidad en donde me hice Profesional en Administración de Empresas y me palanquearon un puestazo en la Gobernación, luego pasé a la Alcaldía. Un buen día me aborda un Policía y me dice:

- Disculpe doctor, ¿usted es  “El Chamo”?-,  se me revolvió el pasado de ese pueblo de las sabanas de Córdoba. Pensé adivinar, pero no fue posible, le dije:

- ¿Tú me conoces?.

-Estoy tratando de hacerlo- contestó el policía-, solo que deseo que me contestes a mis preguntas, escuché un sí, en Re menor, para animarlo le dije:

- Chamo, soy El Cubita, nosotros somos buenos amigos-, contestó jocosamente como era su característica.

-Ah, piensas que te voy a devolver las bolitas de cristal todas quiñadas que te gané.

Se abrazaron los dos amigos de juventud y a diario charlaban de sus travesuras en el pueblo del polvorín de arena.

Para terminar esta charla con Indalecio o El Chamo, quien se pensionó con el Distrito de Barranquilla, como funcionario de unas de las áreas de la Administración, concluyó mi entrevista.

Como siempre mi persona a través de mis escritos, mi mente dicta y mi persona copia al pie de la letra, anoche a las tres de la mañana, se vino a mi mente una conversación con mi Bisabuelo Manuel Vicente Díaz Vanegas  (Bisa), como lo llamaba en vida, es normal soñar con esos personajes de mi vida, por la cercanía con ellos, precisamente anoche me decía, con su voz pausada y aguajirada:

- Ve, mijo, tú no te llamas Francisco Javier, tú te llamáis Indalecio, Indalecio Díaz Barros, tu naciste en Fonseca.

Le contesté:

-Aja, Bisa y ¿de dónde sacó eso?,

Me contestó:

 -Ve, mijo, tu pegáis es para allá, busca tus raíces.

 Tengo pendiente visitar esa región y confundirme, mimetizarme con esos seres hermosos parecidos a mi persona, por algo lo decía mi Bisa: Yo, mi nieto, tengo sangre guajira, Al despertar  y hacer memoria se me vino a la mente a ese joven monito, dientes separados, cabellos ensortijados monos, de contextura  gruesa y de carácter fuerte, que un día se desapareció de mi pueblo, tiempos después me lo encontré en Barranquilla ocupando uno de las Secretarías de la Gobernación y la Alcaldía de Barranquilla. Parece una historia ficticia, pero es verdad, es verdad.



domingo, 26 de septiembre de 2021

LOS PASOS ACOMPASADOS POR LA VIDA

 

LOS PASOS ACOMPASADOS POR LA VIDA
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano. RELATOS.

 

La verdad que no he tenido la precaución de contar los pasos que he dado en esta vida, pero sé que son muchos, porque el calendario y el almanaque de Bristol, están marcando hasta hoy 68.5 abriles, quizás recuerdo ciertos pasos por la intrincada,  con barro rojo, en cueros original con la marca ADN y otros por calles amplias, avenidas, con la frente en alto, pisando con humildad para no maltratar a las hormigas, diminutos seres creados por mi Dios.

Sopesando él debe con el haber contable, son más los debes que el haber, para un saldo positivo.
Primero le doy gracias a mi Dios, por traerme a este mundo, bajo el vientre de mi madre, quien no de gracias por esta osadía de preñarse y cargarnos por nueve meses en esa bolsa a ojos del que dirán “otra vez  preñada’.  Ya llevas cinco,  tú qué piensas”. Sin saber que faltaban siete más.

Hoy elevo una plegaria para que el creador  tenga con bien a ese ser que me trajo al mundo, lo demás que haya sucedido, son pasos de vida. Ahora si les voy a contar hechos reales dando pasos por la vida. Sé quién me acompaña y quien pone puentes para que siga en esta vida dando pasos, unos cortos, otros gigantes que me asombran, que me hacen pensar, esos pasos los di yo, un ser diminuto que pasa desapercibido en la Sociedad, pues sí. No soy la persona que le corresponde decirlo.

Una vez en mi juventud, estando de pesca acompañado de mi Padre, un anciano metido en los sesenta Octubres y otros familiares, en horas de la noche se formó una tormenta, con rayos y centellas, un diluvio de agua a las cuatro de la mañana en una ensenada a una hora de mi pueblo La Villa, que duró dos horas, nos refugiamos bajo los árboles, por  tener la mala costumbre de no cerrar los ojos con los rayos eléctricos, vi esa figura de candela que me dijo, te salvas por estar bajo el regazo de tu padre, eres afortunado.

Otra vez, caían al suelo ojivas de plomo, me pasaban al derredor de mi cuerpo y ninguna me tocó, a mi lado cayeron mis compañeros heridos, corrían gente de un lado a otro, me sentía protegido por ese ser que hoy goza de la eternidad.

Otra vez, por situaciones de ubicación en la ciudad, venía de trabajar y no había transporte, me embarque en el bus 11, o sea a caminar y cuando llegaba a mi aposento veo a la distancia dos figuras humanas de gran tamaño que venían hacia mi persona, de rapidez entone en latín el Padre nuestro y las dos figuras se abrieron a la orilla de la calle, con el reojo miré hacia atrás y salieron despavoridos calle abajo.

A los pocos días de ese último suceso, un conocido porque no lo voy a llamar amigo, esos los tengo contados y no llegan al quinto, me aborda y me dice, supe que te iban a atracar, ya tenían la pico de loro lista si ponías resistencia, pero de un momento venías acompañado por un hombre de casi dos metros,  figura imponente  y desafiante, quien era ese señor, subí el labio derecho de mi boca y la ceja izquierda en forma de satisfacción, a sabiendas quien es mi protector. Por todo esto, me cuido de andar fuera de los parámetros de la Ley y el Orden Constitucional, estos pasos de vida, se los cuento a mis hijos y  mis nietos,  para que pisen en las señas que van dejando mis abarcas sabaneras tres  punta.

 

“DE PURO MIEDO”

 

“DE PURO MIEDO”
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor “Villero”, Colombiano

 

Había un Solar enmontado a una cuadra de mi casa, que como ustedes saben estaba ubicada en La Placita, Barrio en Prado en San Benito Abad Sucre, La Villa. Durante el día, en compañía de la Novicia Margarita Domicó, indígena Zenú, del resguardo Juan José, allí en ese solar a medio día cuando el Sol estaba a 42, sacábamos  lobitos de los huecos de un promontorio de arena.

Pero en la noche, de ocho en adelante ese solar se embrujaba, daba miedos, percibíamos sonidos, silbaban los árboles, a mí personalmente las orejas se me crecían, la cabeza me daba vueltas, las piernas se me encaran ganaban y no daba pasos, menos para correr, y no había un ser humano que me socorriera, tan así que perdí  esa vía para llegar a mi hogar. Lo último que vi con mis dos ojos, fue una sábana blanca en forma de paragua estirándose hasta el cielo, ya llevaba dos metros de altura y seguía creciendo, como pude me destrabe de piernas y corrí y corrí, cuando ya alcanzo el primer metro de palitos de cerca de mi patio, me espero del lado adentro del  patio el perro Capitán, a medida que avanzaba el can me ladraba, cuando alcanzo la puerta de palitos, brincó el perro y me rasgó el único pantalón mocho que tenía, se escuchó un sonido comparado a la caída de mil platos de loza china encarrados unos sobre otros, sobre un piso de cemento. Me cuentan que Isabel Román, mi Madre y el viejo Cuba me echaron agua lluvia, fría y así desperté, el perro no me reconoció, todo esto por estar hasta las nueve pasado meridiano en la calle jugando con mis amigos, cuando el permiso era hasta las seis de la noche.

Después de tantos años con esa figura de la sabana creciendo, pienso que por la falta de energía en mi pueblo, lo sano de esa juventud, el miedo que nos infundían los mayores, cargábamos en los hombros y la mente “PURO MIEDO”.

sábado, 25 de septiembre de 2021

UNA BROMA A MI VIEJO

 

UNA BROMA A MI VIEJO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor

La Mona Angella, hermana del Velocípedo Maracucho, era una Esbelta mujer, de talla grande, cintura de guitarra, su padre la tenía controlada porque le gustaba el baile  se les escapaba en un cerrar de ojos del viejo. Pero que va, siempre se salía con las suyas  se iba de farra. A las nueve de la noche su papá la llamaba donde estaba hablando con sus amigas y amigos: Angella, venga a acostarse, le contestaba: Ya voy apáaa, le decía a sus amigas, muchachas no se vallan sin mí ya vengo, voy a dormir al viejo que estaba pendiente, cierre con tranca esa puerta, ya el viejo estaba en su cuarto, sonaba la puerta, sonaba la tranca y silencio total.

A los quince minutos, cuando el viejo estaba roncando con el parlante roto, Angella se levantaba sigilosa, tomaba los zapatos y salía en cuclillas, la puerta no estaba atrancada, menos la tranca colocada en forma horizontal, cogía calle y le dejaba una luz a la puerta con una chancla atraverzada, regresaba con sus amigas a las cuatro de la mañana, Cerraba la puerta con cuidado, atravesaba la tranca y nuevamente en cuclillas a su cuarto, eso si el velocípedo, su hermano la cuidaba.

El velocípedo Maracucho tenía un vacilón con una muchacha, siempre llegaba a la casa a buscarlo. Una noche como a las siete, llegó una esbelta muchacha preguntando por el velocípedo, la atendió el viejo que ya estaba un poco corto de vista y a oscuras: Buenas noches dice la muchacha, el viejo le contesta buenas noches, está el Mono, si señorita ya se lo llamo, le pasó una banca de madera y la mandó a sentar, siéntese aquí señorita, el viejo se le acercó y sintió el perfume para mí, de Palmolive, era un perro rejugado con las mujeres.

Cuando el viejo sale a buscar al Velocípedo, la Joven que era Angella, su hija le dice: Apáaa, no me conoce soy su hija Angella, el viejo se devuelve, se quita la Abarca y le grita Madeciosea puñetera y le lanza la abarca con rollete, directo a la nalga derecha, antes de coger la puerta, por ultimo le grita: Aquí no vienes a dormir.

miércoles, 19 de mayo de 2021

INVIERNO Y VERANO EN MI PUEBLO

 


INVIERNO Y VERANO EN MI PUEBLO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Enmarcando el tiempo en el calendario costumbrista del almanaque de Bristol, una biblia para saber cuándo llegaba el invierno y cuando se iban  las lluvias, era más largo el verano que los meses de lluvias. Fijo cuando la bonga centenaria de la esquina de la estaca, una finca cerca del pueblo, con sus bacotas secas, comenzaba a adornar las calles y caminos con su lana de color amarillo claro, que a la vez servía para abullonar las almohadas de cama, ya venía el invierno

Con nostalgia comenzaban las ensenadas a coger agua, signo de que el rio san Jorge y cauca se iban a desbordar de sus orillas  mi pueblo “La Villa se iba a inundar por los cuatro puntos cardinales. Los pescadores recogíamos los chinchorros y los subíamos a un saxo, hasta el año siguiente que con alegría de verano lo bajábamos y lo poníamos a tono, para seis meses de pesca. Comenzábamos  a estaquear la playa para saber cuántos metros de agua iban entrando, hasta que todo se inundaba.

Las mañanas de invierno eran hermosas, amanecía llovido, la placita con su yerba verde, las lombrices haciendo salidas del subsuelo, las gallinas pavos y cocadas atrapándolas y esperando a las gigantes que se encontraban dentro del pozo o bomba como la llamábamos ubicada en el centro de la placita, ya inservible.

Para los meses de mayo, ya los mangos estaban votando hojas y naciendo hermosos tallos que se encargarían de germinar frutos para recoger en verano. En este largo mes los campesinos del pueblo, alistaban pellón y rulas para emigrar a Venezuela, el Valle de Upar, en especial a Codazzi, los comerciantes del rio salían a Magangué a surtirse de mercancías varias para vender por las costas de los ríos magdalena, cauca y san Jorge, muy poco pernotaban en la villa, sólo quedábamos los estudiantes de primaria de las dos escuelas, para varones y hembras, después  llegó la Escuela Normal Privada  el Seminario Menor, también privado perteneciente a la curia.

En mi entorno de la placita, vía de salida y entrada a los corregimientos de la Ventura, callejón, tierra santa y san roque, amanecía el volcán a reventar de agua, en donde nos recreábamos en sus corrientes hasta llegar entre surcos a la playa “La Chambita”, una hermosa ensenada de aguas oscuras de unos cinco metros de profundidad.

Huracanes, fuertes vientos y tormentas tropicales se formaban en el firmamento al paso de nubes preñadas de color gris, solo esperaban que el cerro corcovado, sonara sus matracas para formar su jarana. Vacas electrocutadas, el maíz y el arroz en el suelo, con sus espigas viches, las líneas del teléfono caídas con la sabida interrupción de la comunicación telegráfica y de bocina. Los pescadores de anzuelos y arpones, todas las tardes partían a las playas y después de una noche estrellada o un huracán, traían el sustento, familiar y particular, para la supervivencia del invierno.

La plaza principal con sus consabidos charcos de aguas rojas, unos diez en toda la plaza, allí sonaban los cañonazos de pólvora en el mes de septiembre, dando anuncios de que entraban al toril cuarenta toros de la raza cebú. En el parque principal, en las noches, se hablaba de la pesca, de arrozales y maizales, de cosechas de patilla y melón, ganadería y agricultura.

Para esa fecha, mes de septiembre después de la fiesta ya los obreros pescadores sabías con que dueño de chinchorro te tocaba pescar, porque ellos les  adelantaban un dinero para que compraran la ropa y zapatos que te ponías en los cinco días de toro.

Para cerrar este Invierno en mi pueblo, la subsistencia de muchos hogares , se basaba en siembras de pan coger en los grandes patios, con la habichuela, la Candía, yuca, guineo cuatro filo o pochocho, naranjas, limones, frijoles, maíz, berenjena y otras siembras, también vendían por las calles: Leche, queso, bollos, cafongos, pan de queso, pan de coco, arropillas, peto,  dulces de panelitas y turrones, otras personas se dedicaban a Administrar la cosa Pública, el sastre, los matarifes, los quioscos de jugos de frutas naturales en la plaza, las tiendas, el café la castilla y el teatro.

A mediados de noviembre cuando el rio San Jorge comenzaba a asomar sus barrancos, ya los pescadores estábamos prestos con petate, franela amanza locos  un cuchillo llamado Banquero, para embárcanos a una travesía por el rio a más de cinco horas, para llegar al departamento de córdoba, a la altura del punto de pesca Marralú, el remolino de la pipa, Segeve entre otros puntos de pesca. De la escases de los alimentos en invierno, pasábamos a la abundancia del verano  con la gran pesca.

Proliferaban los cacharreros, las gitanas echa suerte, los turcos vende telas, los joyeros, las bisuterías femeninas, las mueblerías y los maestros de obras civiles, se contaban miles de pesos en ventas de bagre y pacora saladas, se hablaba de kilos y arrobas, de enhielados de pescado para trasladarlos a Medellín o Barranquilla, en chivos (Canos con remolques), o en jaulas.

Aquí surgía el Golpee mano, a la hora de comer, por la cantidad de hombres que nos ganábamos la vida jalando chinchorro, con la particularidad que los jóvenes solo nos liquidaban media parte de lo que se ganaba un adulto y a decir verdad nos exigían más, porque en esa época, los hombres se medían por el trabajo y no por su estatura.

Puntos referentes de Invierno y Verano: La finca Madre de Dios, tierra fértil para sembrar arroz y maíz, finca babilonia a las orillas de una playa, tierra arrocera, como lo era Rabón corregimiento de la Villa, palo negro y palito. En verano mandaban la parada “La punta de la Pesquería y Los Jobos, sitios turísticos  de comercio en donde pernotaban los pescadores después de una noche de pesca, toda persona que llegara a esos dos sitios, por cortesía las señoras que preparaban los alimentos en tiempo de pesca, llamadas rancheras, le servían una totuma media de Sopas de sábalo fresco, con arroz y tres cucharadas de suero atolla buey.

Del recurso humano, unos hombres líderes y duchos en el oficio, compañeros, amigos, familiares, consejeros de la vida, dispuesto a colaborar   para la consecución de un objetivo común. Sin tacha en su honradez, sus Wood Will era el trabajo en garantía y su palabra empeñada.

Así eran los inviernos y veranos de mi hermoso pueblo en el siglo pasado 1953-1969. Época enmarcada en mi juventud presencial, vista con ojos de colores por mi mente y la inocencia del corazón.

 

 

 


viernes, 23 de abril de 2021

LA TERTULIA CON GUMERCINDO MORETTI

 

HOY, EN EL DÍA DEL IDIOMA

LA TERTULIA CON  GUMERCINDO MORETTI
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz 
Escritor Colombiano

Hoy 23 de abril de 2021,  siglo XXI, vamos a tertuliar de la historia de la vida con un escritor amigo llamado Gumersindo Moretti. En el devenir de un canicular sol en esta hermosa costa caribe, envidia de los fríos vientos de las cordilleras, nos hacemos en el bunker de su casa, Moretti siempre me dijo que tenía un bunker disponible para tertuliar con sus amigos y en especial con mi persona, porque tanto a él como a mí, nos gusta el arte, la cultura e historia de las familias.

Somos muy parecidos en conceptos culturales e historias familiares; taburete en mano subimos al bunker, sorprendido, pensé que nos íbamos a meter en una cueva rodeados del nivel freático de la tierra, no fue así, subimos al cuarto piso del edificio 4 A; al abrir la puerta de madera fina (Tulúa), con tintilla brillante, cual sorpresa, vi dos madrinas de matarratón sembradas e inclinadas, esperando el espaldar de unos taburetes de cuero de vaca barcina.

-       Siéntate.  ponte cómodo- dijo.

En eso gritó con las dos manos en la boca haciendo bocina:

-       Ohhhhh Catherine.

De la cocina sale la hermosa mujer, inspiración del tema musical “Vallenata”, con dos totumas llenas de café, de marca Castilla, revueltos con bicho (Platanitos), recogido de los playones de la Vieja Villa, buen sabor y buena combinación, sin químicos, ni brujitos.

En el orden del día, habían dos temas jamás contados, del historial de los dos escritores; a calzón quitao, después del delicioso tinto bien preparado por Catherine, encendimos dos tabacos negros y amargos, doblados por las manos de mujeres obreras, en las tabacaleras de Ovejas, Sucre, para ambientar el lugar.

El sitio estaba compuesto por diez metros cuadrados, cinco hamacas colgadas en los clavitos, una nevera de palo, taqueadita de chicha de maíz, diez cubetas de helados de tamarindo  y de cola con leche, cinco botellas de gaseosas llenas de agua helada que estaban esperando al profesor Benjumea,  otro amigo que rondaba ese lugar; un tablero empotrado en la pared, de color verde, en donde recibían refuerzos los hijos de Moretti, una radiola y unos 100 LP.

Hablemos de nuestros apellidos-, inicia la tertulia Gumersindo Moretti. - El mío es Italiano, lo trajo un marinero que entró por Riohacha cachi bacheando mercancías varias y como el boom era la ciudad de Santa Cruz de Mompox, allá fue a tener a lomo de mulo, de pueblo en pueblo, hazte tú la imagen de los turcos, que no eran turcos, eran libaneses con pasaporte turco, vendiendo telas finas. Unos se quedaron en la Guajira, esos son los Morelli, hay uno que es poeta  compositor en La Jagua del Pilar, la tierra de mi compadre Osvaldo Ramírez- Finalizó con plena lucidez sobre su origen.

Tomó una pequeña pausa y Moretti continuó diciendo:

Cuando abrí mis ojos ya iban cinco generaciones, mi persona es la sexta, cuando ese señor pisó terreno colombiano estaba la guerra de los mil días en su apogeo, usted sabe, mi amigo, que en este país nunca y jamás van a dejar de pelearse; cuando no es por una cosa, es por un lugar territorial. Los españoles no les permitían a los criollos trabajar en oficios decentes, solo era para amarrar ganado, bogar por los ríos y obedecer, no ha cambiado nada el panorama, porque ahora son los puros criollos que copiaron de los extranjeros, la mima “ñeee”.

Me cuentan los viejos que alcance a conocer, que después de esa guerra, los españoles les dieron permisos a los puros criollos a navegar y comerciar por las márgenes de los ríos La Magdalena, Cauca y San Jorge y vea para qué les cuento, salieron disparados de esa diáspora de cuatro calles rectangulares y a temperaturas de cuarenta grados, en donde las damas de la sociedad se echaban fresco en la cara con abanicos de lujo que traía el señor Moretti de Riohacha y Maicao.

La mayoría de hombres compraron una canoa enteriza y se embarcaron con mercancías varias, útiles en esa hermosa región, insólitos: Piedra de amolar, toldos,  petates, rulas, cuchillos, sal de mar o gruesa, panela, plátanos, cocos, esterillas, angarillas, pitas para elaborar el chinchorro y la atarraya, anzuelos, medicinas tradicionales, telas, tacos de baterías, linternas entre otros,  compradas en la Albarrada de Magangué, centro del comercio regional.

Analicé todo lo dicho por Moretti y decidí responder:

Nací a las diez y treinta de la noche, cinco minutos después asomó la nariz chata Ernesto, mi hermano, el gemelo imaginario, en la calle de las Avispas un 23 de Abril de 1953, ambos somos hijos legítimos de Juan Manuel Cadrazco Rodríguez-Villarreal  y la hermosa indígena Cándida Rosa Díaz Arroyo, en la lejana  población con título de Villa, San Benito Abad, en el Departamento de Bolívar, al igual que usted estimado escritor, mi apellido es extranjero, lo trajo un aventajado en la arquitectura o la Ingeniería Civil de origen español, de nombre Francisco Javier y de apellido Carrasco, nacido en Belalcazar, Córdoba, Andalucía, España en 1745 (POSIBLE), pero sus raíces son de la tierra de Jesucristo, de esa zona convulsionada donde antes peleaban con espada, hoy revientan bombas, pero no las de marca  Sempertex; vino ordenado por la corona española para construir Iglesias y casa coloniales en la ciudad histórica de Santa Cruz de Mompox, tuve la dicha, el honor y la satisfacción de ocupar el lugar en nombres y apellido de  Francisco Javier Cadrazco Román, hijo legítimo de Francisco Javier Cadrazco García (Calderón) e Isabel María Román Madera, fui trasladado a ese hogar en el corazón de La Placita.

Te cuento, mi estimado colega, que esa historia casi nadie la sabe, se la he contado a dos de mis hijos que pernotan en mi hogar y a mi estimada esposa  de origen vallenata. Lo que sucedió es que Francisco Javier Cadrazco Román se murió a sus doce años, de disentería, entonces se trajeron para la placita a mi “apá”, Juan Manuel, a los ocho años, porque su madre María Leonor Rodríguez Villarreal falleció y como su tío Francisco Javier no tenía hijos, “chupundun”, para allá lo empacó su papá Arcadio Modesto Cadrazco García (Calderón), Juan Manuel  se crió al lado de su tío Francisco Javier (El Cuba), unos días después que nací, me pasaron también para la placita y claro me separaron de Ernesto. Bueno, fue para bien, porque Ernesto siempre vivía peleando con mi persona, antes y después de nacer.

Me he sentido orgulloso de mi nacimiento, de la crianza que recibí de mi apellido de la gran Familia Cadrasco, unos escritos con S, otros con Z,  ahora el Kadrazco con K, pero somos los mismos, con las mismas personas, el entorno de crianza en los pueblos tienen en la sociedad sellos de arriba y de abajo, de arriba los apellidos empotrados en la cosa pública y el ganado, los de abajo, los agricultores, pescadores, artesanos, ojo, te estoy hablando, mi estimado escritor, en las primeras décadas y tercio medio del siglo XX, porque en la contemporaneidad el cutarro se volteó y se derramó la leche de los tanques  Inagrarios, esos que le cercenaron los tres dedos a bombo Mocho, integrante de la famosa Banda 19 de Marzo de Laguneta.

Mi pueblo, mi patria chica, hermosa con sus doce ensenadas de agua dulce, emanada de las montañas, caños y arroyos, impresionante ver el Magdalena en la desembocadura del rio Cauca, haciendo hoyitos de remolinos, sacar un chinchorro cargado de bagres y pacora, darme el lujo de acostarme al lado de uno de ellos, siendo más pequeño mi persona; la camaradería de los villeros, en especial de mi progenitor mamándole gallo a todo el que encontraba, la berraquera en el trabajo, la fama de cada uno de ellos, ya fuera pescando, ordeñando, amanzanado ganado o tumbando montañas a estajo para que los ganaderos de la época sembraran hierba para sus animales, de eso estoy completamente orgulloso, mi estimado Gumersindo Moretti.

Las letras de la cultura se las copie a mi madre Isabel María Román, mi mayor inspiración poética,  del Cuba sus consejos, su lucha por hacer de mí una persona con valores, recto y correcto en todas mis decisiones, con mentalidad abierta, buscando el camino del bienestar familiar, años después me enteré que esos padres, tuvieron a bien legitimarme con sus apellidos Cadrazco Román, en su matrimonio católico en el año 1958.

De mi entorno en La Placita, mis recuerdos, los mayores me cuidaban, me alimentaban mis vecinos, que siempre pasaban la famosa sarapa a mi hogar, compuesto por los dos ancianos  y mi persona. En el diario trajinar, mi estimado escritor, habían días de lluvia, el famoso “chis chis”, que no dejaba  juntar el fogón, las chiribitas mojadas; otros días de resplandor, el astro rey a mil en candela, noches de luna llena,  estados de luna nueva, esa que revuelve el cuerpo el pensamiento y el alma.

Hubo bullying, por la supuesta desventaja de tener unos padres ancianos, pero a decirte verdad esos pereques como le llamaban antes, rebotaban porque tenía una coraza de oro y plata en mi crianza, no importando llevar unos zapatos rotos en la suela tapando el hueco con un cartón, solo se notaba cuando me arrodillaba detrás del altar para cruzar de izquierda a derecha la Santa Biblia en el altar, cuando ayudaba al sacerdote a oficiar la Santa Misa; por todo eso mi estimado escritor Gumersindo Moretti, ahora cincuenta años después, cuando pernoto a mi bello pueblo, sonrío cuando me echan una mirada de reojos, de la cabeza a los pies y preguntan que si mi persona es el Cubita, ese negrito de afros, criado en la placita por la niña Chave y el viejo Cuba. “Ha lugar”,  es mi contestación.

Así transcurrieron los años, mi estimado Moretti, con mi quinto año de Primaria no certificado, unas clases robadas, montado en los barrotes de hierro de las ventanas del seminario, un poco de Filosofía y Teología Católica, en un día de lluvia, mi Padre me empujó y me echó a volar del hermoso nido, calientico, confortante y amoroso de mi hogar, quedaron los dos cáñamos en la sala en donde guindaba mi hamaca, con cinco parches blanco de lona remendados por mi madrastra Ángela María, el recuerdo vivo en mi mente de esas dos criaturas que mi Dios me puso en mi camino de la vida.

Tenía  que hacerlo, en ese pueblo no había lugar para mí. Él, mi viejo, tenía muchas aspiraciones que su hijo amado fuera una gran persona que contrarrestara su pobreza de plata, porque de mente estaba “al peluche”,  superara el mínimo vital del corte y venta de una carga de leña seca para poder subsistir en la década de los cincuenta y sesenta, montado en su burrito bayo.

Ya para despedir esta tertulia caribeña, histórica y familiar, te cuento, mi escritor Moretti: apareció Ernesto, mi hermano gemelo;  le prometí a mi progenitora en el lecho de su muerte que cuidaría de él, lo mismo que a mis hijos y esposa, me rasparía las rodillas y codos por sacarlos adelante, con educación y valores, unos se acogieron a esos consejos de padre, al igual que los recibía de mi padre Francisco Javier “El Cuba”.

Hoy, 23 de abril cerrando la cuenta en años de vida, son sesenta y ocho perlas del collar de mi existencia, ruego a mi Dios me conceda unos años más, para ver al mundo seguir volteando el cutarro de leche.

Feliz Cumpleaños Gumersindo Moretti, feliz Cumpleaños Ernesto, mi hermano gemelo imaginario, feliz día del idioma y recordemos al más grande escritor colombiano, Gabriel García y Márquez, en la eternidad.

 

 

 

sábado, 10 de abril de 2021

 

LOS TRES BINDES EN MI PUEBLO
Por Francisco Cadrazco Díaz Román
Escritor Colombiano

 

Habían en mi Pueblo unos terrenos baldíos  a 50 kilómetros a la redonda que rodeaban el casco urbano, allí habitaba el termitero más grande que he podido conocer, su panorama era tan parecido a las ruinas  de la antigua Grecia, así lo percibíamos los humanos que transitábamos hacia los corregimientos de San Roque, La Ceiba, Santiago Apóstol.

Más de una vez me vi inmerso en situaciones graves en esos playones  los termiteros o bindes me salvaron el pellejo, recuerdo cuando venía en mi burrito bayo con dos cargas de leña, silbando la melodía “La Pollera Colora y mire atrás , tenía el toro candelillo pisándole los talones a mi burro, me tire   salí a la velocidad de un rayo, me subí al termitero de dos metros y medio, allí llego el toro candelillo a sacarle pedazos para bajarme, hasta que alguien humano silbó a la distancia montado,  aperado en un caballo brioso y me salvó de una cornada.

También puedo contarles el día que se me hizo tarde en el arrozal madre de Dios, salí de allá a las seis y treinta pasado meridiano, con solo la luz de las luciérnagas que como bombillos eléctricos intermitentes me alumbraban el camino de unos cinco kilómetros y a escasos ocho años, como decía mi papá Francisco Javier, ya usted es un hombre,  hoy me reflejo en mi hermoso nieto Matías con solo siete años, para mandarlo a esa distancia y en la noche. Bueno esa noche me topé con la “Luz del Playón”, reclamándome mi presencia en sus territorios, ella me perseguía, se metía entre mis piernas  no me dejaba avanzar, le hice rosca en el  termitero, hasta que se cansó de dar vueltas y vueltas y se marchó, llegue a mi casa en la placita mudo del susto, pero no le dije a mi mamá Chave Román lo que me pasó con la Luz del Playón, después de sesenta años se los cuento a ustedes mis lectores, era un secreto bien guardado, como todos mis secretos, que les he contado.

Salimos, Julián Caña y mi persona hacia el corregimiento de Santiago Apóstol, con una provisiones para las monjas catequistas y ya playón afuera le dije a Cañas que me dejara manejar la camioneta gris, Power Wagon de propiedad de la Iglesia Católica  Apostólica de la Villa, recibí las primeras instrucciones, arranque bien, pero a una voz en grito de Julián, en vez de frenar, aceleré y si no es por esa gigante termita, iba directo al arroyo de corozal que vierte sus aguas a la ciénaga de Santiago,  hoy no estuviera narrando este cuento, a la camioneta no le pasó nada como tampoco a Julián, a mi persona se me hizo un pronunciado en la frente, que siempre que lo tocaba, crecía más.

Como somos herederos de la raza indígena Zenu, la hornilla de cocer los alimentos en esa hermosa época, eran tres puntas de bindes o termiteros, colocados en triángulo en el piso, con entrada de leña o madera por los tres lados, hay de un sancocho o un asado en esos tres bindes, ni para que acordarme, unas yucas atravesadas en sus brazas, etc.  ect.

Para mi eran un tesoro sembrado en esos terrenos baldíos, las termitas habitantes y creadoras  de esas maravillas de paisaje,  no nos hacían ningún daño a los humanos, hoy recuerdo a los tres bindes en triángulos en el fogón de mi casa, tirando candela, esos recuerdos  me alegran  la Vida.

 


COSTUMBRISMO COSTEÑO

 


COSTUMBRISMO COSTEÑO
El capataz de una finca que estaban desmontando unos veinte hombres, con hacha y rula colín y como para esa epoca el reloj era el sol, sombrero en mano a la altura de la cara, con el ojo derecho miraban la altura del son así sabían la hora, y esa hora la cantaba el capataz, un dia llegó de malas pulgas y le dijo a los trabajadores que la hora de salida de hoy era cuando cantara la pigua, que normalmente lo hacia a las cinco en punto de la tarde, pero como las cosas de mi Dios son impredecibles, se soslayó una pigua del cogollo de una bonga y paso volando bajita que casi le tumba el sombrero al capataz y canto tres veces, siendo las dos de la tarde, veaa todos los trabajadores recogieron sus aparejos y se fueron para sus casas.
Al dia siguiente les dijo a los trabajadores que la salida era cuando se ocultara el sol y a las doce del medio día el cielo se colocó en fase gris, con una brisita que anunciaba un fuete aguacero y de inmediato se oculto el sol, uno de los trabajadores responsable de la faena les dijo a sus compañeros que recogieran y apresurados se marcharon, ese dia no salió el son, el capataz guardaba las esperanzas que en la tarde saliera nuevamente el sol para descontarles el medio jornal de trabajo. De esto se enteró el dueño de la finca y de una liquidó contablemente al capataz y lo despidió.