sábado, 16 de agosto de 2014

LAS AVENTURAS DE PONCIANO-(PONCHO).

LAS AVENTURAS DE PONCIANO-(PONCHO).
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Caribeño Colombiano.



Espigado, como el gajo de arroz sembrado en tierra de bajo, alimentado con puro pescado, creció Poncho, ya cuando estaba borrego, con su 1.80 de estatura, color moreno, caminando de frente y con velocidad, apareció en el pueblo una indígena Zenu, vestida con faldas largas, un turbante en su cabeza, manos arrugadas, cuerpo regordete, trenzas hasta la cintura, muy parca al hablar, fumaba tabaco negro y calillas boca abajo, solo por los orificios de su nariz botaba el humo condensado que le servía para adivinar el futuro, en especial a los jóvenes que no habían despuntado su inocencia.

Poncho fue uno de ellos, perseguido, donde quiera que se encontraba, pescando, durmiendo, por los famosos playones, en camino a casa, después de una pesca, pero a Poncho su abuelo, tío y padre, los tres, le enseñaron a ser hombre desde muy joven y, sobre todo a defenderse de esas criaturas de la noche, que solo quieren hacer daño.

A ellas, no las nombro, porque si las nombro, les doy crédito y en este negocio no se fía y, como dijo Diomedes Díaz en una hermosa canción “Vallan al carajo señoras  Maldad”. Así dijo Poncho, después de un periodo de tiempo, unos  treinta y cinco años, cuando ya el peligro desapareció, sentado en una bóveda, en el cementerio del pueblo, sano y salvo, pero eso si con su interior al revés, tratando de contarme esas odiosas aventuras con una señora que vino del más allá.

Amárrense los pantalones y recen lo que saben, que lo que viene, es dinamita pura, ya mi persona está asegurada, porque lo que si le sé decir por adelantado es que Poncho no se dejó joder la vida, es más, esta pelea la perdió la desconocida.

Tenía Poncho una machetilla larga, afilada por los dos lados, metida en una funda de color verde oliva, herencia de su abuelo, que fue soldado de la guerra de los mil días, que no fueron mil, solo setecientos treinta, porque los contrincantes llegaron a un arreglo, para acabar con este país, sin embargo, el coletazo de esos días amargos, se sienten todavía, y, ellos siguen amangualados, acabando con este país.

Salió Poncho a las tres de la tarde a pescar y cazar algún animal para el sustento familiar, se dirigió hacia las playas, después de atravesar un hermoso playón, el sol emitía unos rayos y de la tierra brotaba un vapor que hacía sentir el infierno en que se metería Poncho esa noche.

Ya instalado, con sus anzuelos al agua y reposando bajo unos árboles de uvero, sintió el revoletear de un ave grande, tomó su escopeta, tiro doce, con tres cartuchos en la recamara, apuntó y punnnnnnnnn, todo quedó en silencio, no cayó ningún animal, buscó y buscó y nada, en ese instante se imaginó  que algún humano lo estaba vigilando, siguió su rutina y nuevamente sintió que un ave grande se posó cerca del sitio donde se encontraba Poncho, ya prevenido y su intuición le decía que se preparara porque la noche iba a ser larga oscura y accidentada.

“Pajarita, pajarita, asoma tu cabecita, que te la voy a dejar como una silueta de tiro al blanco, asómala pajarita y, apunta, dispara y se escuchó un hayyyyy, estás cogía pajarita, estas cogía pajarita, valla a joder a otra parte”, esas fueron las palabras de Poncho, creído que estaba victorioso.

Se pasó la noche despierto, adquirió ojeras negras como las vacas de raza cebú, al día siguiente retornó a casa y tan pronto vendió los bagres y sábalos cogidos en anzuelo, se bañó, se cambió de ropa y salió a hacer un mandado, pasó por la puerta de la casa de la susodicha y estaba cerrada, saludo al marido de ella y le pregunto que como habían amanecido, este contestó:

Mi señora amaneció con un dolor en el brazo derecho, dice que fue que anoche se cayó de una hamaca, allí le coloque unas hojas de uvero soasadas y le inmovilicé el brazo,  me la saluda dijo Poncho con una sonrisa maliciosa, regresó a casa y le contó a su tío, lo sucedido esa noche, no fue más, pasaron varios días y todo siguió normal para el pescador joven, animoso, brioso y lleno de vida.

Un martes en la noche, se hallaba Poncho en una bola de monte casando unos coyongos que estaban durmiendo en el copito de un árbol de ceiba roja, armado el cazador, pisando con sumo cuidado para no quebrar las virusas de palo seco y alertar a las aves, cuando se vio de cerca, muy cerca una culebra boa, que se lo quería tragar, con su bocona emitía un olor a masticada de tabaco, revuelta con pescado descompuesto.

Sacó Poncho su machetilla afilada reluciente y le dijo:

“Culebrita, Culebrita, es mejor que te retires o te pico en mil pedazos para que te recoja mi Dios, y no vuelvas a hacerme abusajo, se quién eres y ve que no te ha ido bien con migo, tengo la contra y los secretos para cogerte amárrate y no soltarte nunca más”.

La culebra desapareció esa noche, el cazador trajo tres coyongos que vendió a buen precio por libras, volvió a pasar Poncho por casa de la susodicha y estabasentada en la puerta de su casa, solo alcanzó a brindarle una mirada de Lobo con Liebre.

Dos y van dos, o sea dos de dos, dos bolas y dos estrais, como se dice en el argot beisbolero, seguía la susodicha haciendo estragos con los jóvenes del pueblo, esos que estaban cambiando su voz de niño por hombrecitos, carne preferida por la aludida, menos mal que mi persona no estaba ya por esos contornos, me hallaba en puerto seguro.

La tercera vez que Poncho se tropezó con la figura humana, fue en un cayo de peras agrias de color amarillo, sitio llamado buenos aires, no sé el nombre, pero allí no corrían ningunos aires, ese era un lugar mágico, donde se iba a comer peras con sal.

Poncho frecuentaba ese lugar, esa noche venía con una ensarta de pescado cogido durante la tarde y parte de la prima noche, del matorral salió una puerca brava, pero lo que se dice brava, con la intención de envestir a Poncho, este tiró la carga y con el leño de mangle que traía atravesado de hombro a hombro, se arqueo hacia atrás el cuerpo y le dio a la puerca en todo el espinazo, salió torcida y en un santiamén se desapareció.

Cuando Poncho me estaba narrando este cuento, en el cementerio del pueblo, escuché un quebrar de ramas secas, ambos miramos alrededor y apareció una puerca grande, de dos colores, blanco con negro, venia hacia nosotros, pero en son de paz, pasó cerquita y detrás traía unos ocho lechoncitos de amamantar, Poncho no le perdió mirada, mi persona se subió en una bóveda de dos pisos.

Después del episodio jalamos risas, ahora que estoy en puerto seguro, y que es el día de la virgen, por lo tanto estoy protegido, me rio solo, de la puerca del cementerio.

Bueno sigo narrando, después del leñazo a la puerca en el cayo de peras agrias, no se vio a la figura por espacio de tres meses, decían que se había devuelto para su tierra, cuando apareció caminaba torcida, como si hubiera sufrido un accidente y el chasis se torció.

Nos imaginamos la rabia de esa figura humana, por no haber podido llevar a cabo su objetivo, nos suponemos que era asustar a Poncho, dejarlo mal, ante sus maestros, abuelo, tío y padre, que todos los días cuando salía a pescar o casar animales, le recomendaban repasar la lección para ese caso que le estaba sucediendo.

Ya eran las cinco y treinta de la tarde, nosotros seguíamos en el cementerio del pueblo, echando cuentos, se estaba oscureciendo, mi persona es muy miedosa desde niño, a los muertos se respetan, decía mi abuelo, alerte a Poncho sobre el peligro que corríamos metidos en el campo santo, él me dijo:

“No se preocupe, aquí es donde más estamos a salvo, nadie viene a aquí a mortificar la vida de nosotros, escuche lo último de la Zángana esa y nos vamos”.

Por último, una noche de regreso a casa en el playón abierto, me salió un ternero de año y medio, escarbaba de la rabia, votaba baba por la boca, baje la carga y con el mismo leño que le di a la puerca se lo atravesé en el lomo al ternero, que ni se inmutó, con más fuerza se abalanzó hacia mí, me arrastró, se babeo en mí, me ensucio la ropa, como pude lo agarre por los cuernos y nos fuimos a fuerza limpia, lo trabe con mis piernas, le agarre el rabo, se lo metí por el jamelgo y lo tenía dominado, cuando cantaron los gallos del pueblo y el toro me soltó y antes de desaparecer me dijo:

“Agradece el canto de los gallos, ya te tenia vencido hombrecito necio.

Poncho que se sentía victorioso respondió.

“Agradece tú, te has salvado, ya te tenia vencida”. Pájara, Boa, Puerca y Toro.”

Llegó Poncho a casa, arrastrado, babeado y con la ropa sucia, el que llega y se va presentando la figura a su casa, preguntando por Poncho, la mamá le dijo, por allí llego que lo arrastro un ternero bravo anoche que venía para la casa, ella con voz de triunfo dijo:

“Ese muchacho es un verraco, no se dejó vencer, ya lo voy a dejar quieto”.

El tío y maestro de Poncho que la escuchó le dijo:

Ahora el problema es con migo, yo si te aquieto.

En esos instantes, entre oscuro y claro,  veo caminar por el centro del cementerio a una mujer vestida de blanco, con un niño en sus brazos, tiré el sombrero vueltiao 19, con que me cubrí durante todo el día del sol que permanecí pintándole la bóveda a mis padres de crianza y arranque a correr hacia la puerta del cementerio, Poncho me llamaba, venga primo, esa es la mujer de Toño, que va haciendo el cruce hacia su casa, para no darle la vuelta al cementerio, todas las personas circulan por él.

Cierro este cuento, tocando madera, sí, el tío de Poncho terminó enredado sentimentalmente con la señora de raza Zenu, ese si sabe enlazar vacas cimarronas.


Poncho, ya es un señor metido entre los cincuenta años, sigue usando el interior al revés, teníamos cuarenta y seis años que no nos veíamos, o sea que cuando salí de mi pueblo, él, era un niño, ya la figura humana está en el más allá, este cuento no es imaginación del narrador es la pura verdad, “toquen madera”.

sábado, 9 de agosto de 2014

ASAMBLEA GENERAL DE ANIMALES

ASAMBLEA GENERAL DE ANIMALES
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Caribeño Colombiano


Con el fin de llevar a cabo una Asamblea General de Animales, el Loro Parlanchín, le pasó invitación de asistencia a todos los animales de la tierra y los exhortó a que hicieran un cese entre los que se eliminan cada día, por la subsistencia.

En la carta dice que no hay derecho a eliminar a ninguno de los asistentes, repartió la comunicación la Paloma Mensajera y la fecha de reunión era el treinta y uno de febrero del año primero a.c.

En la selva, compadre tigre, se reunió con la jirafa, y este le dijo que él no se presentaría a esa reunión porque no aguantaría las ganas de comerse a mano puerco, mano saíno y a tío conejo, a quien le tenía ganitas porque este lo engaño una vez cuando se encontraba cogido por la pata izquierda de atrás, en un lazo para coger conejos, allí le prometió que le daría a su mujer a cambio de que lo soltara, pero no fue así, tan pronto se vio libre se metió a la cueva, dio media vuelta dentro de ella y sacaba la cabeza y se burlaba de compadre tigre diciéndole que entrara a la cueva a buscar a su mujer.

En otro lado de la tierra, se reunieron tío gallo, mano pato, tío pavo y mamá gallina, ellos temían que tía zorra, vestida con caperuza, se los comería tan pronto pisaran las escaleras que dan al salón donde se efectuaría la Asamblea.

Llamo tío Gavilán pollero, a tía pigua, él bebe humo, al gavilán Garrapatero, además llego el golero cuello negro, el rey golero, la Laura, los coyongos y el pato cucharo, quienes comen sobrado después de las aves de alto vuelo, las rapiñas y armaron un plan para desestabilizar esa asamblea, donde seguro les iban a dar palo del físico.

En el centro de reptiles, apareció la boa y, las demás culebras ponzoñosas, allí llegaron en una moto dos cobra diarios y también formaron su plan maquiavélico, para sacar del camino a muchos animales y personas que le tienen fobia a las culebras rastreras y las que viven pegadas a los árboles.

El caimán de agujas y el de trompa larga, las babillas, el sapo, el caporo y la tortuga de carey, formaron su clan y edificaron estrategias para no dejarse sacar el cuero, menos los huevos.

Tío grillo, tía rana, la lagartija y la lobito casera, también se reunieron para contrarrestar a tía gallina, a las culebras, al lobito reptil que jala con la lengua a más de dos metros a su presa.

Tío burro, se reunió con tío mulo, mano caballo, tía cebra, estos iban dispuestos a no dejársela montar por los humanos, menos por los enanitos de los circos, tirarían coces hasta acabar con esa hegemonía del maltrato animal, no más carruajes para pasear a los turistas, no más sillas aperadas, no más angarillas y no más pintura negra con blanco, para que crean que soy una cebra.

Se llegó el día de la Asamblea de animales, en la puerta estaban cuatro goliras de esos bien acuerpados, requisando a todo el que entraba, fuera quien fuera, nada de armas, sables, perreros, biblias, códigos de leyes.

Todos fueron citados con vestido blanco y corbata negra, favor que le hicieron a los goleros y los coyongos, porque ya tienen corbatas, los que no pudieron entrar fueron los empleados públicos de corbata, a estos le prohibieron la entrada.

Las aves de vuelo corto y de mínima estatura entraron volando, como la mirla, el turpial, el canario, los toches, la rosita, el yolofo, las palomas torcazas, las tortolitas, la chicha fría, los chupa huevos, las maría mulatas y los demás aves pequeñas, tenían prioridad en las sillas de adelante, con una malla plástica de color negro para evitar desmanes.

El perro, el gato y las mascotas caseras, fueron con sus amos, estos se llevaron una rechifla al entrar al recinto por espacio de cinco minutos, les hicieron toda clase de mofa y el presidente de la Asamblea, por su puesto el  Loro parlanchín , no podía controlar a la turba.

La vaca, el buey, el toro cebú y el miura, se quejaron en sus intervención por la jalada de tetas dos veces al día, el buey por castrado y cachón y los toros por las banderillas y el maltrato en las corralejas.

Durante tres días, hablaron todos los animales que se sentían amenazados y los de vías en extinción por la mano del hombre, el burro, el caballo y el mulo, protestaron porque en la entrada les quitaron su sable, argumentaron que ellos eran militares y no han debido despojarlos de su arma de dotación.

La conclusión de la magna asamblea de animales, el ultimo día fue que la mayoría de animales no asistieron, su ausencia es motivo de investigación, se rumora que mano tigre y mano León desaparecieron media asamblea, a tío perro lo levantaron a piedra porque se quedó pegado a un poste eléctrico por más de una hora y tuvieron que echarle tierra para que se despegara.

A tía zorra la desplumaron en la noche, se dice que fue tío perro, el conejo cotilino, se fue para la verbena “A pleno Sol” y bailó con doña Ramona, la de francachela y comilona.

Tío burro se salió con la suya, enamorando de tía culebra, gorriones y gorrioncillos animaron la fiesta de despedida donde tío sapo, borracho, boqueo unos confidentes que tenía guardados y el día lunes lo despidieron del trabajo por bocón.

Se prohibió trampas de casar animales, maltrato a la mujer, maltrato doméstico a los que viven con los humanos, no a la tala de árboles, no a la contaminación ambiental, en especial a los cuerpos de agua y pidieron sueldos altos a sus patrones, por último, nombraron como nuevo  presidente de la asamblea a Juanjo, el Loro traído de la selva amazónica, quien prometió salud, educación, vivienda y que no se dejaría llevar los recursos no renovables para el exterior, el los renovaría aquí, en esta sufrida patria y por último los monos colorados aulladores de la selva vociferaron y pidieron paz, paz y paz.

Esta asamblea de animales fue, dando y dando, periquitos volando.






sábado, 2 de agosto de 2014

FANTASIA, EN UN CAYO DE PIÑUELAS

FANTASIA, EN UN CAYO DE PIÑUELAS
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Caribeño Colombiano.













Érase una vez, de tantas veces que fui a coger piñuelas en un cayo de monte, a las afueras del pueblo, con un costal de fique, un machete  afilado en una piedra de amolar, traída de las serranías san Lucas, por allá por el sur de Bolívar grande, que le cogí a mi padre, un respetado campesino, humilde honesto y trabajador.

Pase por la charca de María Correa, siendo las siete de la mañana aproximadamente, vestido con un pantalón mocho de súper naval, con dos bolsillos de tela de lino fino con el fin de que aguantaran el peso de las bolitas de cristal, el trompo con su cordel, el rum rum de tapillas de gaseosas y una moneda de a cinco centavos elaborada con plata al 90%, fabricada en el Banco de la Republica, con la figura de Policarpa Salavarrieta, que me había regalado mi padrino Cristóbal Flórez Quiroz, días antes, no llevaba camisa, menos zapatos, ni abarcas tres punta.

Cogí camino playón hacia el cayo de piñuelas, a tres kilómetros aproximadamente del pueblo, cuando llegue como era mi objetivo comer piñuelas, comencé a recoger y comer, estaba tan distraído que no note el desplazamiento de una figura humana que venía en dirección hacia mi persona.

Comí tanta piñuela que dormí todo el día, vine a despertar después de las ocho de la noche, ya con la oscuridad y el ruido de los sapos, ranas y grillos, el quebrar de las ramas secas, en el follaje, me alertaron de que no estaba solo, subí a un árbol de algarrobo y me acurruque en una de sus ramas a gran altura, con el fin de no ser alcanzado por algún animal feroz, como el tigre de la placita, que merodeaba esa zona y se comía a los terneros cimarrones.

La silueta humana apareció de repente, tenía una mano enguantada que estiro como un caucho me jalo hacia ella y desaparecimos en el tiempo y espacio, recorrimos un mundo desconocido para mí, hermosos paisajes, un clima fresco y agradable, un mar inmenso, azul como los ojos de Matías, edificios de una belleza sin igual, recuerdos que guardo en mi mente y que a través del tiempo de vida, he podido recorrer, con la vivencia de que ya he pasado por allí, en otra ocasión.

Después de ese hermoso episodio aparecieron en la oscuridad doce enanitos, no sé si eran los de blanca nieve porque esos yo no los conocí, venían vestidos con pantalón verde y camisas rojas, gorros amarillos y zapatos negros, talla dos, le hicieron la venia con reverencia a la figura, llegaron al pie del árbol donde estaba montado, uno de ellos emitió un silbido y con una linterna de doce tacos de baterías me alumbro y me dijo en voz delgadita que bajara:

La silueta desapareció de mi vista, de la nada surgió una figura gigante de estatura, tan grande que llegaba a las nubes, traía un vestido trasparente de color gris, venia montada en unos sancos, los sancos traían unos resortes que servían para dar saltos de canguro, me arrebató de las manos de los doce enanitos y salto, salto y salto, los enanitos sacaron sus alas y siguieron de cerca a la figura gigante que daba saltos, pero ya se encontraba cansada y no pudo seguir, se freno en seco como los carros de carrera y me tiro en brazo de los enanitos.

Cuando ya estaba sano y salvo, me contaron los enanitos que esa era la ninfa de la oscuridad que andaba buscando a su hijo, que se desapareció un día, que fue a comer piñuelas al cayo donde yo me encontraba, con razón y sin razón, ella me decía cuando iba dando saltos, al fin mijo Sico, te encontré, me has hecho mucha falta, viviremos felices en estos ciento quince años, o sea que mi persona, va a vivir todo ese tiempo, bueno solo mi Dios lo sabe.

No temas, nosotros te vamos a llevar a casa, sano y salvo, dijeron los doce enanitos, te has salvado por la moneda que llevas en el bolsillo derecho, durante el camino a casa me contaron que ellos eran enviados por la diosa plata, ella los mandó a rescatarme de los brazos de la ninfa de la noche, les ordenó que me multiplicaran la moneda en un mil por ciento. Sacaron un saco y lo llenaron de monedas, que me entregaron al llegar a casa.

Al despertar de este hermoso sueño, le conté con pormenores a mi mamá chave los acontecimientos de esa noche, que dormí boca abajo, con los bordes de mi hamaca artesanal cogido de los puños de la mano, para no caerme, mi viejita era sabia por la edad y la experiencia de la vida, me dijo, esos fueron el efecto de la viuda de pescado con yuca que cenaste ya tarde de la noche y te hicieron daño estomacal, no la contradije, pero estaba seguro que ese hecho sucedió, tan es cierto, que en la puerta de la casa, del lado adentro, ella mi mamá, encontró un saco de fique y en él, habían quinientas piñuelas, que al venderlas me dieron medio peso.

A la siguiente noche, me acosté temprano, después de rezar el bendito, besarle la mano a mi madre abuela y a mi padre abuelo, quienes me dieron la bendición de mi Dios y me recomendaron que no me fuera para el cayo de piñuela, esa noche me cogió una fiebre de casi 40 grados, que tuvieron que traer al médico que dictamino que a ese mal, lo llamaban la fiebre de los doce enanitos verdes, pregunto qué adonde he estado en estos últimos días, sin esperar la respuesta de mis padres, dije; en el cayo de piñuelas.

Recomendó que no me dejaran ir más a ese lugar, que ya van cinco jóvenes con esa enfermedad, le relate lo sucedido la noche anterior, el medico concluyó  que ese mal solo lo han detectado en Europa, que iba a hacer contacto con la Universidad de Cartagena, para que me investigaran.

A los tres días siguientes, vinieron por mi persona y como conejito de indias, unos científicos me colocaron unos aparatos en mi cabeza y me hicieron hablar hasta lo que fue y no fue, en esa noche de fantasía mental.

No he vuelto al cayo de piñuelas, por restricción médica y científica, pero lo que si les sé decir, es que esa noche, después de haber cenado con pescado en viuda y yuca arinosa, estuve en cada uno de los sitios narrados en este cuento.

Muchos años después, cuando mis hermosos y queridos viejos, se fueron para la eternidad, esculcando sus pertenencias, que guardaban con tanto celo, encontré el dictamen de los científicos, escrito en un papel amarillento, con cuatro dobles, con mucho cuidado lo abrí y en las pocas palabras que entendí, por ser letra manuscrita de médico, decía:

Este joven, tiene un coeficiente mental alto, la realidad combinada con la fantasía, serán su fuerte, para narrar cuentos y llevar a sus lectores a dormir al cayo de piñuelas.



sábado, 26 de julio de 2014

LA VENGANZA A DON CARMELO.

LA VENGANZA A DON CARMELO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Caribeño Colombiano


Como en las película mexicana de Gabino Barrera, su caballo era lo más importante de su vida, así, don Carmelo, protegía a su caballo llamado Crin de oro, por sus melenas brillantes tanto en el pescuezo como en la cola, su color canela y medias blancas en sus patas, domado a través del perrero de cuero y la vara de guayabo macho.

Silvestre como las aves de monte, andaba Crin de Oro, pastando la inmensa llanura, con sus pastizales verdes, frescos y nutritivos, tan cerrero como una yegua cimarrona, así se crio crin de oro, hasta que don Carmelo que en sus tiempos mozos fue empleado raso de la hacienda los Turpiales, conformada por quinientas hectáreas de tierra fértil, se enamoró de él.

Tan pronto nació Crin de oro, le echaron el ojo, para amansarlo, domarlo y ser el guía de don Carmelo, cuando se emborrachaba y perdía la cordura, el tiempo y espacio, en esta vida, sin contar con todas las artimañas fuera de onda del viejo Carmelo, consideradas fuentes de presión para vivir su vida a sus anchas panchas, por lo anterior ningún humano se atrevió a meterse con él.

Creció crin de oro, ya de un año, por primera vez lo encerraron en un corral, lo enlazaron y lo llevaron a la madrina de guayacán lisa, que se encontraba en el centro del encerrado.

Brincó, salto, tiro tierra con sus cascos, se paró en dos patas, resollaba lleno de rabia y desespero, hasta que se cansó y con los secretos del viejo Carmelo, no le quedó más remedio que obedecer a sus caprichos, por ultimo le metieron a la fuerza por la boca, el bozal y de ñapa el cabestro.

Don Carmelo, fue al almacén de aperos y monturas y compro un arsenal de lujos para colocárselos a su caballo y piquetear por el plan, arrasar con cuanta jovencita se le atravesara en su camino y dejar una estela de hijos regados como la verdolaga en las ciénagas de la villa, en tiempos de verano.

Salía don Carmelo en su caballo Crin de oro, todos los sábados en la mañana a visitar su hacienda, tomar notas de los imperfectos y mandar a su capataz a corregir, siempre andaba en buen tono de voz, nunca se alteraba, era un hombre servicial, por eso toda la población se extrañó una noche que se salió de casillas y vociferaba palabras de alto calibre.

Porro, era un hombre de raza negra, corpulento, brazos estirados más allá de los bolsillos del pantalón, manos gruesas y llenas de callos del trabajo material, ojos blancos saltones que daban la impresión cuando miraba que se le iban a salir, era el capataz de la hacienda de don Carmelo, él nació allí, es más dicen los sabidos del tema que es el hijo mayor de don Carmelo, porque de joven gateaba a la negra Ninfa, madre de Porro. Llamado así porque todo el día silvaba un porro sabanero, de la banda vieja de la villa.

A la muerte de la negra, porro, heredó todos sus secretos, se sabía al derecho y al revés los credos y padres nuestro de la santa biblia, los rezaba en latín y en bantú, la lengua africana,  para que nadie los entendiera, solo los sacerdotes españoles y el monaguillo de la iglesia católica.

Jamás, don Carmelo se había tropezado con porro, en una cantina, en el pueblo, por las veredas, solo dentro de la hacienda los Turpiales, arreando el ganado, componiendo portillos en la cerca de alambre púa, con nacederos de matarraton, sembrando hierba y pastizales para el ganado y desmontando las montañas.

Pero el destino y la suerte estaban echados, pronosticados por la negra Ninfa, unos minutos antes de morirse:

“Mijo, usted nunca se encuentre con su Patrón fuera de la hacienda, porque la ley del monte no lo permite, sáquele el cuerpo cada vez que lo vea en los caminos y veredas, incluso en el pueblo, ese señor se portó muy mal con mi persona, nunca he recibido una paga en tantos años de trabajo, cuando le toco el tema me dice que yo soy una esclava, palabras de una moribunda”.

Venía don Carmelo del pueblo, en tres quince, montado en su caballo Crin de oro, acompañado supuestamente por dos personas a caballo, uno venia adelante y el otro en la retaguardia del camino, tan estrecho que no cabía una persona en vía contraria.

De la hacienda para el pueblo venia Porro, en su sano juicio, a la misma hora y en su caballo negro de nombre Azabache a toda prisa, solo la guía del caballo lo llevaba en una carrera desenfrenada para el peligro, acordarse porro de las suplicas de su mama, antes de partir para el más allá, pero como la venganza ciega a los humanos y el perdón no existe en momentos de ira e intenso dolor, lo que no le explicó la negra Ninfa a su único hijo, era la transformación de humano a bestia que sufriría, cuando se encontrara con su padre, fuera de la hacienda.

Paso el negro y su caballo a veloz carrera que solo se vio el polvorín con la luna clara, envistió a su patrón y a los dos supuestos acompañantes, quedó el mundo en silencio excepto los grillos parlanchines que anunciaban un fuerte aguacero, nadie sintió nada, a nadie le paso nada, ellos siguieron, pero el negro porro se incrustó en el corazón de su progenitor y de allí en adelante Don Carmelo andaba con un lado negro hasta la media cara , incluyendo boca, nariz, ojos y, del otro lado blanco chamuscado, como era su color de piel.

Perdió la cordura don Carmelo, entro a la hacienda se encerró en su cuarto, quebró el espejo, donde se miró su rostro por última vez, maldijo a la negra Ninfa, hasta que vino por él, la ganchuda.

Por su puesto el negro Porro desapareció de la faz de la tierra, pero los que vieron a don Carmelo después de encontrarse con el capataz de la hacienda Los Turpiales, aseguran que el lado negro era igualito a Porro y no es solo eso, todos los hijos e hijas de don Carmelo, que pasaban de cincuenta, quedaron marcados con el hierro del Porro, medio lado negro y el otro blanco, ni el caballo famoso de don Carmelo Crin de Oro y su prole, se salvó.

Ahora en la hacienda “Los Turpiales”, pastan más de doscientos caballos, hijos de Crin de oro, con medio cuerpo negro y la otra parte blanca y, por las calles por donde pasa un hijo o hija de don Carmelo, con sus dos colores, todos sus habitantes los observan y en voz baja comentan:

“Al fin la negra Ninfa se salió con la suyas, donde esté, debe estar riéndose de la venganza a don Carmelo”.


viernes, 18 de julio de 2014

TOMASITO BINDE, UN MAMADOR DE GALLO.

TOMASITO BINDE, UN MAMADOR DE GALLO.
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Caribeño, Colombiano.



Cuando las cosas económicas se ponían malas, que no se conseguía trabajo en la región de córdoba y sucre, especialmente en el resguardo de la Etnia Zenu, los varones se alistan para salir del resguardo a trabajar en otros lugares de la costa y hasta llegan al vecino país de Venezuela.

Pasaban los muchachos pateando bola de vejiga de puerco, en una cancha grande para matar el rato y el ocio, en espera de la partida, eran jóvenes sanos y con mucha experiencia y responsabilidad en el trabajo.

Manuelito, alistó su machete macoco, especial para raspar tabaco en la región de Ovejas Sucre, donde era conocido por su buen desempeño en las labores del campo, especialmente para atender la cosecha de tabaco negro amargo que se cultiva en esa zona del país, el contrato podía ser por destajo, por días, o por cosecha.

Salieron bien temprano una cuadrilla de doce trabajadores, después de despedirse de sus esposas y su docena de hijos, con el fin de regresar dentro de seis meses, cogieron camino de a pie hasta llegar a San Andrés de Sotavento Córdoba, el centro y capital de la Etnia Zenu, ataviados con su moral y la rula Colín dentro da la funda, amarrado con un cáñamo de los dos que llevan para guindar la hamaca artesanal.

De allí parten para diferentes lugares, donde los esperan para contratarlos, son exclusivos y cumplidos, ni un día mas, pero tampoco un día menos de las fechas indicadas, cuando uno dice que se va, se van todos y cuando uno dice me quedo, se quedan todos, hacían su comida aparte de los demás trabajadores, todos los días había un cocinero, se rotaban porque todos sabían cocinar, sus especialidades y su plato preferido Babilla guisada, que encontraban en las lagunas del alrededor, todas las noches salían a cazar babillas unos cuatro hombres de la etnia.

Mientras eso sucedía en Barranquilla Tomasito Binde y su patota, hacían maldades en las calles y canchas de su barrio, era Tomasito, el único que asistía a la Universidad, porque su padre era teso y firme en la toma de decisiones y las embarradas de los muchachos estaban tocando puntos extremos.

También al igual que los indígenas, jugaban bola de trapo toda la noche y en el día dormían plácidamente, las apuestas se convertían en maldades hacia los que perdían el partido, la especial era motilarlos a todos con un corte de totuma, o el de solo dejarles la moñita, hasta que les volviera a salir cabellos y Tomasito Binde era especialista en esos cortes.

La última maldad que hicieron, fue coger al celador del Teatro Las Nieves, le dieron una toma de marihuana con café tostado, lo pusieron a dormir toda la noche y se vieron las películas que iban a dar el día siguiente, toda la noche hubo cine.

Manuelito, un muchacho bajito regordete con pómulos salientes y cachetes de globo inflado, sombrero tuchinero, abarcas tres punta, manillas trenzadas en sus muñecas, ojos hundidos y pequeños, en esa época, rayaba los veinticuatro años, se encontraba trabajando en un paraje de ovejas, raspando tabaco, él era quien daba órdenes y arreglaba los trabajos, los demás obedecían y trabajaban tranquilos, sin presión y en silencio.

Tomasito Binde, era un hombre entrado en unos veinticinco años, perequero y mamador de gallo, le tomaba del pelo hasta los de la Etnia Zenu, terminó su carrera Universitaria y de una, lo empacaron a pasar vacaciones en los montes de maría la alta, donde su hermana y su cuñado, que lo apreciaban mucho, al llegar se encontró con que Lucho Rovira estaba de viaje y no había quien se encargara de la finca y de las cosechas, en especial la del tabaco negro, que requería de cuidados especiales para  que la cosecha fuera productiva, Libia, su hermana le propuso a Tomasito Binde, que Administrara la Finca, ya que se había graduado en Administrador de Empresas, también, se podía ganar una plática extra como jornalero.

Venía nada menos y nada más que de Quilla, nacido y criado en el barrio de las Nieves, donde los pintan de blanco en los carnavales, se la saben todas y las que no, las apuntan, les juega el coco y siempre viven alegres, acepto Tomasito administrar toda la finca de unas diez hectáreas, sembradas de yuca, ñame, tabaco, patilla, melón y maíz.

Tan pronto llegó, se la dedicó a los trabajadores sinuanos, por su admiración al corte de cabello que traían y como él era peluquero de banca y cuchilla, se imaginaba haciéndoles un corte especial a cada uno de ellos a lo barranquillero.

La primera broma que les hizo fue colocarle su boa de dos metros de plástico, con que asustaba a sus compañeras en la U. en una carga de tabaco seco que iba a pasar por las manos de Manuelito, sin pensar Tomasito que se la iban a picar en cinco pedazos, con una rula afilada, allí comenzó su venganza el barranquillero.

Todos los sábados en la tarde recibían los trabajadores su paga, tuvieran cualquier contrato, esto con el fin de animarlos para que  trabajaran relajados, liquidaba Tomasito a sus trabajadores uno por uno, con moneda colombiana sonante y contante, en billetes de medio peso, un peso y monedas de a un centavo, dos centavos, cinco centavos, estas había que meterles el diente, haber si eran de plata, fabricadas al 90%,  y de cobre.

A las tres de la tarde del día sábado terminaba la jornada laboral, todos y cada uno de los trabajadores debían estar bañados y cambiaditos de ropa para hacer la fila y recibir el jornal de la semana, inmancable el pago, no como en la algodonera del Debe Carrillo, allá en el Copey.

En fila india Tomasito, el mamador de gallo y carismático Barranquillero en forma jocosa llamaba por sobre nombres que se inventaba,  a sus trabajadores:
1.- Cara de Conejo y le entregaba su bolsita de papel marrón con el dinero, este se retiraba a dos o tres metros y contaba, si había algún reclamo, regresaba después que le pagaran a todos.

2.- Pie de Araña, 3.- Ojo de buey. 4.- Cara de piña, nariz de vaca, pantalona, por tener un pantalón de talla más grande, cara de muñeca, boca de toche, pelo de puerco espín, mandas cascara, machete sin filo y así iba liquidando y poniendo sobre nombres, cada vez que pagaba, utilizaba distintos apodos.

Habían trabajadores que no les gustaba la forma en que los trataba Tomasito Binde y le decían que los respetara que ellos tenían sus nombres de pila, entonces era peor, les decía los come babilla, a los indígenas Zenu, llegando al punto algunos de abandonar el trabajo por no aguantar el pereque del Barranquillero, en el trabajo era peor, ellos decían que porque Tomasito trabajaba a la par de ellos si él no era jornalero, pero el jefe tenía sus motivos de ganarse unos pesitos más para mandar para su casa y alimentar a sus padres que le dieron educación.

Además venían los carnavales y había que comprar el disfraz de mono cuco y la careta de toro bravo, personaje que personificaba Tomasito Binde, en carnaval, desde hace muchos años, a la larga era un personaje que se encontraba en un monte y se sentía lejos de los suyos y por eso trataba de ser amable con sus trabajadores que no entendían el comportamiento normal de un capitalino, eso era todo no lo hacía   con el fin de molestar o estorbar en la vida de los obreros.

Manuelito el más huraño de los doce trabajadores que salieron del resguardo indígena de la etnia Zenu, en límites entre córdoba y sucre, quizás por ser el jefe, siempre vivía reclamándole a Tomasito por sus compañeros y lo amenazaba con decírselo a Lucho Rovira, el dueño de la finca, pero el capataz no le prestaba atención a sus reclamos, siempre le salía diciendo cualquier cosa que por su puesto lo enfadaba más.

Hasta que se rebosó el cántaro y la leche se derramó, a la siete de la mañana, Manuelito dio órdenes a sus compañeros de desguindar las hamacas, recogerlas, hacer maletas y chao pescado, si te vi no te conocí, a esa hora venia llegando Lucho Rovira, él manda más de la finca y se sorprendió ver a sus mejores trabajadores con su morral y la rula amarrada con cáñamo al hombro en son de irse para no volver mas, por culpa de Tomasito Binde, el Barranquillero.

Se bajó Lucho de su mulo prieto, lo amarro en una rama de totumo y se dirigió a Manuelito:
Ajjaaaa Manuelito porque están prestos para irse, si no ha comenzado todavía la recolección de la cosecha, en voz baja y pausada fue contándole a Lucho el trato perequero de Tomasito Binde, manifestándoles su descontento y el de sus compañeros, en especial por los sobrenombres que les colocaba a cada uno.

“Ellos no están acostumbrados a esa clase de trato, creo que nadie, porque a mi persona me toco jalar trompadas hace cuarenta años cuando llegue a Quilla, precisamente por las tallas que montan, especialmente cuando me decían que vine a la ciudad, siguiendo  un espejito”.
Vayan a trabajar, ordenó Lucho, esto lo arreglo yo enseguida con Tomasito, pero él no se encontraba había salido para Ovejas a hacer unas compras y a motilarse porque parecía un ovejo en Ovejas.

Tomasito regresó al filo del mediodía, cuando los trabajadores estaban almorzando, notó que su cuñado Lucho tenia cara de escopeta cañón dieciséis y antes que le dijeran algo, como buen nievero, ripostó:

Ajjaaa mi llave, te veo con cara de cuatro por cuatro, refiriéndose a las camionetas que usaban los guajiros, para llegar a bahía portete a escoltar los contrabandos de mercancía extranjera y que él ayudaba a cargar, Lucho entró en detalles con Tomasito y este no le gustó el reclamo, vociferando que se iba para Barranquilla después de contar con su liquidación.

La cosa quedo allí, no se dijo más, pero Tomasito Binde, no iba a cambiar su forma de ser, su idiosincrasia, su entorno y su personalidad lo definían como un mamador de gallo, sino pregúntenle al temido Peluca que se crio al frente de la casa de Tomasito en el barrio.

En su mente maquiavélica, Tomasito Binde, se inventaba la suya, antes de partir alistó su maleta de acordeón, de cuero fino, que todos los días le pasaba betún marrón, dejándola como un espejo, es más él se peinaba en ella, el día viernes en la noche sin que lo vieran traspuso la maleta cerca al camino que da al pueblo de Ovejas, con su hecho  pensando en la maldad que tenía preparada a cada uno de los doce trabajadores de la Etnia cordobesa.

En el baratillo de la plaza del pueblo, compró una tijera barrilito y la mandó a aceitar y afilar y le dijo al vendedor que la quería para motilar a unos ovejos que tenía en la finca, el vendedor tenía en el almacén de secretario a un muchacho chino de pelo liso con unas puyas como el del puerco espín.

Ven acá Teodoro, y lo cogió por la moña y le cortó una mota de cabello.

Mira, y le entregó el cabello al muchacho.

Para sus adentros Tomasito dijo: Es igualito a los doce que hay allá, deben ser familias.

Para ese sábado había en la finca cercana una tómbola y estaban invitados los trabajadores de “El trébol”, como se llamaba la finca de Lucho Rovira, poquito era para quitarles la plata ganada a los jornaleros, ron, música y mujer, tres ingredientes irresistibles en los trabajadores recoge tabaco de la región.

Esa semana Tomasito trató bien a sus trabajadores en especial a los de la Etnia y les manifestó que los iba a motilar para que se sintieran bien en la tómbola y consiguieran parejas.

Ellos, contentos por el comportamiento de Tomasito y en especial por el trato que recibieron de él en esa semana, pero el jefe los iba a castigar y se marcharía tan pronto terminara con su cometido.

Ese sábado, como de costumbre les dio su pago, todos satisfechos y les advirtió que no se fueran a gastar todo el dinero, que se acordaran de sus hijos y sus mujeres que los estaban esperando en casa.

Le dijo a Manuelito, que tan pronto se desocupara los motilaría pero el jefe no contaba con que el cabello de los indígenas, era muy cerrero, más que con la tijera barrilito quedaría sin filo a las dos o tres motiladas y eran doce.

Con su liquidación en el bolsillo, la maleta traspuesta y su mente burlona, Tomasito fue motilando uno por uno a los Zenu, como no había espejo, tenian que esperar mirarse uno con el otro y eso fue lo que no permitió Tomasito, a cada uno lo situó en una parte donde no se vieran.

Terminó con Manuelito el jefe, sacudió la tijera se limpió las puyas de cabello y partió en busca de su maleta, cuando los indígenas se juntaron, se llevaron la mano a la cabeza y todos estaban trasquilados, tenían unos escaleras como en la entrada a la Iglesia de Ovejas, que para llegar a la puerta de entrada principal, hay que recorrer treinta y cinco de ellas.

Cada miembro de la raza Zenu, cogió su machetilla, llamado macoco, bien afilados y salieron en busca de Tomasito, para mocharle el bolo y tirarlo en la plaza de Ovejas, toda la noche lo buscaron en vano, porque Tomasito el Barranquillero y mamador de gallo, cogió la primera chiva que pasó por la carretera y a las cuatro horas, estaba en la esquina de la quince con veinticuatro, según reza el mojón de cemento, allí al frente de la Iglesia del barrio Las Nieves, rodeado de sus contertulios, riéndose y refiriéndoles el cuento de los doce apóstoles de la Etnia Zenu.

Lo que no pensó Tomasito, fue que los doce apóstoles como él llamaba a sus trabajadores, es que ellos llegaron donde su hermana e indagaron por él y ella les dio su dirección en Quilla.
Al día siguiente, a las siete de la noche, estaba la patota de Tomasito en el sitio de siempre, poniéndoles pereque y talla a cuanta persona pasaba por el lugar, en especial las muchachas que recibían toda clase de piropos.

La noche estaba entrada en lluvia, se asomaba en el oscuro de la esquina, una luz pobre sobre los arboles de acacia, que no dejaban ver hacia la carrera quince, vía a la calle diecisiete, por donde venían los doce apóstoles repartidos de cuatro por bando, ya tenían ubicado y estudiado al personaje Tomasito Binde, que se sentía seguro y respaldado por sus compañeros en la esquina mencionada.

Quique, un amigo, si le decía a Tomasito Binde, que fue barro lo que hizo, y le advirtió que esos manes son vengativos y no dejan las cosas así, que recordara que son primos de los Wayuu de la Guajira, más si es un problema de Etnia, la burla hacia ellos se paga con la cabeza, hasta que no la tengan guindada en su mano y la rula llena de sangre en la otra no se quedan quietos, a esa voz Tomasito Binde, en forma burlona, decía:
-     
       Que van a venir a buscar para acá esos corronchos, si apurado llegan a Ovejas.

Pero Tomasito tenía a los enemigos a su espalda, al frente y por los costados de su cuerpo y no se habían percatado de la presencia de los doce apóstoles:
-       
      Jefe le traemos la paga de la motilada, vociferó Manuelito, machete en mano.

Los mamadores de gallo y de gallina se orinaron en sus pantalones allí donde se encontraban, Tomasito decía, que fue una mamadera de gallo, que ellos eran así y que les perdonaran la vida de holgazanes que llevaban, tan de buenas que venía pasando la patrulla de la policía, la numero 143, que al ver las doce machetillas que relumbraban su filo con las bombillas de la patrulla, le salvaron la vida a Tomasito Binde y sus amigos mamadores de gallo, del barrio las nieves en Quilla, la arenosa.

En la inspección de policía, Tomasito Binde se comprometió a mejorarle el corte de totuma a los doce apóstoles, a costear sus gastos de pasaje y manutención y a indemnizarlos por una suma al doble de la liquidación que recibió en la finca, embárcalos en un bus interdepartamental, que los trajera de regreso a la finca “El Trébol”, en Ovejas, donde salieron a vengarse por la ofensa que fueron objeto por parte de Tomasito, sin antes pedirles disculpas por ofender a sus mayores, porque salió a relucir en la inspección que la madre de Tomasito, que tuvo que empeñar las prendas para sacar de la cárcel a su hijo, era de esa raza indígena a quien hay que respetar, porque son nuestros ancestros.

No le toques la cola al perro, si no lo conoces bien, dice un refrán popular.

A, lo de Binde de Tomasito, fue un apodo que recibió, cuando estudiaba Bachillerato y usaba un afro, parecido a un binde de termitas, esta fue obra de su amigo “El Bola”.