sábado, 23 de mayo de 2015

CASI, EL PRIMATE INTELIGENTE

CASI, EL PRIMATE INTELIGENTE
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano-Región Caribe.



Bajó Casimiro de la montaña, además de su mulo bayo, traía en su hombro derecho un mico mono que pretendía vender para comprarles los regalos de navidad a sus hijos que quedaron en la montaña, acompañados por su madre.

Casi, fue criado en la casa de su dueño porque la mamá falleció, los niños de la casa lo querían mucho y lo enseñaron a jugar y hacer piruetas, sacaba la lengua, se rascaba la cabeza, mataba piojos de mentira, les ofrecía guineo maduro a los niños y cuando estos estiraban la mano para recibirlo, él se lo comía de un solo bocado, y un sinnúmeros de morisquetas hacia Casi, en especial a los niños.

Tan pronto llegaron al pueblo, Casimiro se dirigió a casa de la niña Teodora, que en el pueblo le decían Teo, por cariño, a ella le gustaban los animales, pero no los tenía amarrados ni enjaulados, era un patio grande donde los animales podían estar cómodos, pero no más cómodos que en su habita natural, las montañas.

Veinte centavos dieron de precio por el animal en casa de la niña Teo, quien fue a la alacena de los guineos y trajo dos para alimentar a Casi, que como era muy inteligente, metió el rabillo del ojo izquierdo y vio la alacena llena de gajos de guineos y de queso.

Cincuenta centavos dio don Pacho por Casi, para presentarlo en el circo, en especial a los niños, era una inversión segura, ya en el circo, fue dejado suelto dentro de él, observó Casi, a más de cien animales de todas las especies metidos en una jaula, con la incomodidad más grande que un humano pueda darle a sus semejantes terrícolas, claro que como no pueden hablar y están en desventaja, baya y venga.

Anunciaron por altoparlantes la presentación en la noche de Casi, el primate inteligente, en especial a los niños, pero en la entrada del circo había un letrero en papel cartón, escrito con un carbón de leña que decía “Todo niño paga la entrada”.  

Fue lleno total esa noche, las entradas sumaron ciento veinte pesos, tan así que volvieron a anunciar su presentación para la tarde siguiente, pero esta no se realizó, porque Casi, se organizó con los demás micos del circo y planearon una escapada. Ya la boletería estaba vendida, a las cinco de la tarde comenzaba la función, Casi se dirigió a Don Pacho, comenzó a rascarle la cabeza y cuando lo durmió, le dio en la cabeza con una taza de aluminio donde le daban la comida, ya fuera de combate don pacho, procedió a sacarle el dinero producto de las entradas, luego liberó a sus compañeros micos, emprendieron la huida hacia las altas montañas, antes de esto, pasaron por casa de la niña Teo, y vaciaron las alacenas llenas de guineo maduro y queso duro salado.

Esa noche fueron a dormir en casa de Casimiro, su antiguo hogar, Casi, no le perdonaba a su dueño el haberlo vendido, bueno tenía ya con el abandono por parte de su madre, con quien no contaba.

Bien temprano levantó Casi a la manada y se dirigieron al sembrado de tomates, donde no quedo un tomate rojo, todos fueron devorados por los micos, en su defecto, Casi, le dejó una misiva escrita en la arena a Casimiro, diciéndole que lo sentía por el sembrado de tomates, pero era que se habían escapado del circo y llevaban mucha hambre, que volviera a sembrar el tomate y por ultimo le dijo que en el palo de jobo que se le había quemado el corazón, metiera la mano que allí había un paquete, que le comprara la parcela a don José y educara a sus hijos.

Al mando de Casi, el primate inteligente, emprendieron su viaje a las altas montañas donde viven libres, fuera del peligro de la mano de los mayores depredadores, los humanos. Casi, vive agradecido con Casimiro y sus hijos, con quien pasó su niñez, en agradecimiento baja de la montaña los sábados a visitarlos, sin antes pasar por la despensa de la niña Teo, y sustraer de ella, un queso de cinco libras y un gajo de guineo maduro para llevárselo a los niños de Casimiro Casas Causil, sus hermanos.


sábado, 16 de mayo de 2015

SABIDURÍA DE LA MONTAÑA

SABIDURÍA DE LA MONTAÑA
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano


En la antigua China, sobre la cima del monte Ping, había un templo en donde vivía un gran sabio, Jwan. De su gran cantidad de discípulos sólo uno era conocido, El Curita.

Durante más de 20 años El Curita, llamado así por querer ser moje, estudió y meditó bajo la dirección de Jwan y a pesar de que era uno de sus discípulos más brillantes todavía tenía que buscar conocimientos. La sabiduría de la vida no era suya.

El Curita luchó contra su destino durante días, meses y aún años hasta que una mañana, mirando florecer los algarrobos, algo habló a su corazón. “No puedo luchar más contra mi destino”,  pensó. “Al igual que el algarrobo floreciente, tengo que resignarme con mi destino y ser agradecido”. 

Desde ese momento, El Curita decidió refugiarse en la montaña renunciando a su sueño de ser sabio.

El Curita busco a Jwan el maestro para contarle su decisión. El maestro se sentó sobre un trozo de madera de matarraton, cerca de una pared pintada de blanco y meditó profundamente, sin que el ladrido de los perros lo interrumpieran. Con gran reverencia, El Curita se acercó a él. “Gran sabio…” dijo, pero antes que pudiera continuar, el maestro habló: “Mañana te acompañaré a tu jornada hacia la montaña”. Nada más necesitó decirse entre ambos. El gran sabio se retiró.

A la siguiente mañana, antes de emprender el descenso, el maestro echó una mirada a la inmensidad que rodeaba el pico de la montaña. “Dime Curita, ¿Que ves?. “Maestro, veo el sol salir detrás del horizonte, montañas y valles serpenteantes que van por millas y millas, y recostado en el valle que hay detrás, un largo y un viejo pueblo”. El maestro escuchó la respuesta del Curita, sonrió y dio los primeros pasos de su largo descenso.

Hora tras hora, mientras el sol atravesaba el cielo, siguieron su camino, deteniéndose sólo cuando llegaron al pie de una montaña. Una vez más Jwan pidió al Curita que dijera lo que había visto.

“Gran sabio, en la distancia vi gallos que corrían alrededor de un granero, vacas dormidas sobre verdes praderas, ancianos que tomaban el sol en la tarde, y niños jugando alrededor de un arroyo”.

El maestro, en silencio, continúo caminando hasta que llegó a la salida del pueblo. Una vez allí hizo señas al Curita y se sentaron bajo de un gran árbol. “¿Que aprendiste hoy, Curita?”. Preguntó el maestro. “Quizás sea la última enseñanza que te dé”. El silencio fue la respuesta del Curita.

Después de un largo silencio, el maestro continuó. “El camino hacia la sabiduría es como el camino que recorrimos al descender de la montaña. La sabiduría solo llega a quienes se dan cuenta de que las cosas que se ven desde el pico de la montaña no son las mismas que se ven desde su falda. Si no sabemos esto, cerramos nuestras mentes a todo lo que no podemos ver desde nuestra posición y limitamos nuestra capacidad para crecer y mejorar. Pero si lo sabemos, Curita, viene un despertar. Nos damos cuenta de que solo vemos muchas cosas, que en verdad no son muchas cosas del todo.

Este es el conocimiento que abre nuestras mentes a la perfección, derriba los perjuicios y nos enseña a respetar lo que a primera vista no podemos observar. Nunca olvides esta lección, lo que tú no puedes ver, pude verse desde otra parte de la montaña.

Cuando el maestro Jwan terminó de hablar, El Curita miró hacia el horizonte y mientras el sol se ponía delante de él, parecía elevarse en su corazón. El Curita se volvió al maestro, pero el gran sabio ya se había ido.

Un ejemplo de Vida, de un padre hacia su hijo.


Libro Parábolas de Liderazgo W. Chan Kim, adaptado a la realidad de la vida como una enseñanza a la Juventud.

sábado, 9 de mayo de 2015

LA HUERTA DE MANO VIRIGILIO

LA HUERTA DE MANO VIRIGILIO
Por Francisco Javier Carrasco Díaz
Escritor Colombiano de la Región Caribe.


Un lote de terreno de dos hectáreas, poseía mano Virigilio, sembrada de hierba guinea que en tiempo de invierno la mitad del terreno permanecía debajo del agua que corría hacia la playa de la chambita, en tiempo de verano sembraban en ella yuca y maíz, momentos que aprovechaban los cerdos de Nicolás, para escarbar y sacar la yuca.

Diferencias de palabras mantenían los dos vecinos por la osadía, de los animales en dañar la cosecha de yuca en especial, no les valía gritos de huseeee, huseeeee puerco, cauchera en mano salió mano Virigilio, después que unos campesinos vinieron a su casa a avisarle que una docena de cerdos estaban escarbando el terreno donde tenía sembrada más de cinco mil palos de yuca y diez mil de matas de maíz a mitad de recoger la cosecha.

Su esposa lo notó nervioso, recogiendo su machetilla, calzándose sus abarcas tres puntá y su mochila de fique, donde cargaba una linterna de mano de doce tacos de baterías, dos caucheras y dos docenas de piedra china para espantar los cerdos hocico largo como la trompa de elefantes.

Salió Virigilio a las cinco de la tarde, a las cinco y quince estaba en sus predios observando el desastre que habían provocado los cerdos, habían cavado huecos de hasta un metro cuadrado, el sembrado estaba tirado al suelo como si hubiera pasado un huracán, allí no quedaba cosecha alguna, y lo peor del cuento es que no habían animales con quien desquitarse mano Virigilio.

Mal humorado el campesino se entró al que fue un sembrado que auguraba una buena cosecha, con esos pensamientos de tristeza y como iba a superarlo, ya la noche caía, el sol se había ocultado en el poniente, solo se notaba un resplandor rojizo escondiéndose en el horizonte.

De las matas de maíz en pie, escucho mano Virigilio un sonido de  puerco grande, metió la mano a la mochila sacó una cauchera y tres piedras chinas ovaladas como un huevo de pava y se dispuso a apuntarle a lo que fuera que se movía dentro del maizal.

Una voz de mujer le hablo:

Virigilio, soy yo, no me dispares con tu cauchera, más bien revisa el sembrado que está en el suelo, en especial el hoyado.

Para mano Virigilio esa voz de mujer era celestial, en su mente sabía que había intercambiado conceptos de vida con esa dama que le hablaba desde el matorral, no salió nadie, no hablo más la mujer.

Mano Virigilio observó los huecos dejados por los animales y en la oscuridad vio unas pintas relucientes con los rayos de la luna que ya se encontraba haciendo el turno de  doce horas nocturnas, alumbrando con luz propia.

Sacó su linterna de la mochila y agazapado en los huecos uno por uno fue recogiendo piedrecitas amarillas y entre más recogía más salían de la tierra de color rojo, harinosa como la yuca que producía, en un momento llenó la mochila, en esa lidia se lo cogieron las doce de la noche, llegando a su casa a la una de la mañana, empapado de agua por un aguacero que cayó mientras recogía las piedrecitas en su sembrado.

María Teresa su esposa, no había pegado sus ojos, se mantuvo en la repisa de los santos de rodilla pidiendo por su esposo que había salido en horas de la tarde lleno de rabia por los cerdos de Nicolás su vecino.

Ya en casa le ocultó a su esposa lo sucedido en el sembrado de maíz y yuca, enganchó como de costumbre su mochila llena de piedras, pero estas eran especiales y de color amarillo brillantes como la luna, cenó y al rato se acostó al lado de su esposa, y al día siguiente se levantó bien temprano.

¡Oh Nacho!, hijo ves donde el compadre Olimpo el joyero y me le dices que me haga el favor de venir, con carácter de urgente a mi casa, palabras de mano Virigilio a su hijo mayor, quien en carrera de joven salió y dio la razón a el señor Olimpo, de regreso a casa Nacho se encontró con sus amigos del barrio y se pusieron a jugar bolita de uñitas en la calle ancha llena de arena rojiza.

Tan distraídos estaban esos muchachos, que no vieron pasar a la multitud de personas que llevaban en brazos a mano Virigilio, directico al puesto de salud, había caído privado en mitad de la sala de su casa, en presencia de su esposa María Teresa Rico Bueno y el señor Olimpo, quien se dedicaba a comprar oro quebrado en todita la región.

Todo quedó en silencio, nadie dijo una sola palabra, en el puesto de salud a mano Virigilio le dieron unas pastillas blancas como la semilla de la papaya verde, que las echara en agua y se las tomara, eso fue toda la bulla de los vecinos.

Al día siguiente, bien temprano salió mano Virigilio a casa del señor Olimpo, mochila en hombro, mandó a Nacho a cuidar lo que quedó de la yuca y el maíz sembrado y le recalcó que permaneciera allí hasta que regresara de la ciudad, no dejar entrar animales, menos gente a su sembrado.

Tan pronto pitó la chiva del pueblo que venía recogiendo pasajeros para la capital, se embarcaron los dos y aparecieron a los tres días en un carro nuevo que en la carretera hacia zig, zag, pitaba y pitaba, de dentro de él, sacaban la mano y tiraban billetes de esos que tenían una águila con las alas abiertas que los niños recogían, creyendo que eran caramelos de jugar y apostar.

Los dos  personajes del carro, amanecieron dormidos, el carro se parqueo en casa del Joyero Olimpo, que desde ahora serian llamados don Olimpo y don Virigilio en el pueblo, pésele a quien le pese, la cobarde envidia.

Nicolás el vecino le vendió todos los cerdos a don Virigilio por un precio doble del valor normal tasado, los trasladó al sembrado para que cavaran lo que quedaba de la cosecha, cercó con ladrillos rojos las dos hectáreas de tierra y mandó a hacer un gran portón con una guardia de veinticuatro horas, un vigilante en garita en los cuatro puntos cardinales de la huerta, armado hasta los dientes.

Volteos que entraban y salían cargados de arena roja, con destino a la ciudad, donde descargaban y lavaban la arena con fines de construcción, Virigilio visitaba con frecuencia la Caja Agraria del pueblo, el Gerente su amigo le servía personalmente un tinto, los empleados muy atentos a su llegada.

Olimpo el Joyero, vivía borracho, manejando su carro en zig, zag por las calles polvorientas y llenas de oro rojo en su subsuelo.

A don Virigilio, se le presentó la virgen en su sembrado y le dijo que cavara en ella y explotara la mina de oro y ayudara al pueblo, en especial a los más pobres de espíritu, los desvalidos y enfermos, construyera escuelas y dotara de equipos y medicinas al puesto de salud, pero no lo hizo, porque solo la mina estaba en su mente, esa que le maquinaba todas las veinticuatro horas del día.

La familia de mano Virigilio se mudó para la ciudad, donde construyeron una hermosa casa, con vista a los montes de María la alta y la baja, eso sí, nunca perdieron su humildad, sus valores y su sabor a pueblo, se quitaron el don, el docto y el blanco, viven, conviven y reparten su amistad que es lo único que tienen con todos sus vecinos.

Años después de que mano Virigilio recogiera la beta de oro de su huerta, los socavones que dejó la extracción, ahora la llaman “La poza del Cantil o Los Reventones”, los jóvenes se bañan en ella con la particularidad que cuando salen del agua, su piel adquiere un color brillante como el oro de su suelo.


Desde esta tribuna, un saludo cordial a mano Virigilio, que se acuerde cuando recogíamos piñuelas en el cayo de palitos.

sábado, 2 de mayo de 2015

UNA CANASTA DE ENSUEÑO

UNA CANASTA DE ENSUEÑO
Por Francisco Javier Carrasco Díaz
Escritor Colombiano de la Región Caribe.




En la calle 102 con transversal 19, de la ciudad del Sol, había un depósito de basuras del  edificio Perry, en él se escuchó el llanto de unos bebes.

Antolín un muchacho de 27 años, salido de las entrañas de un pueblo, tan pequeño, que todos sus habitantes eran una misma familia, se fue a la ciudad a buscar futuro y se empleó de vigilante, su medio de transporte era una bicicleta, que compartía la barra con su esposa, ellos mantenían unidos una lucha por tener familia, pero durante cinco años de matrimonio, después de muchos tratamientos, no había sido posible.

Salía Antolín de su trabajo a eso de las nueve y cuarenta y cinco pasado meridiano, manejaba su bicicleta con rumbo a su hogar, donde lo esperaba su gran amor Aurora de la Mañana, una mujer obsesionada por tener un bebe, ya habían hecho vueltas por medio del Bienestar Familiar para adoptar.

Al pasar raudo y veloz, Antolín escuchó el llanto de varios bebes en el depósito de basuras del edificio, le metió mano a los frenos de su vehículo, dio meda vuelta y se dirigió al sitio, afiló oídos y no escuchó nada, se bajó de su bicicleta y esperó unos segundos cuando sintió movimientos internos del depósito, fue cuidadosamente quitando unos paquetes de basuras, con su linterna de manos alumbró el lugar y para su sorpresa cuatro ojitos verdes y tiernos lo estaban mirando fijamente, acto seguido  se les movieron sus labios y le ofrecieron una sonrisa cada una.

Dos hermosas bebe, Antolín temblaba de miedo y alegría, miraba para todos los lados y al poco rato, tomó la decisión de llamar a la autoridad inmediata, la policía, llegó a la portería del edificio, se comunicó con el portero, se identificó con su carnet de vigilante de una empresa reconocida y acto seguido llamó a Aurora de la Mañana, para que se viniera inmediatamente.

En el sitio del hallazgo de las bebé, se aglomeró de curiosos, llegaron las autoridades y Antolín les narraba como llegó a las bebés, que todavía se encontraban en un Canasto de mimbre, cubiertas con sabanas de algodón, gorros rojos en sus cabecitas y guantes rojos en sus manitos, en espera del Bienestar Familiar, para que se hicieran cargo de ellas.

Acto seguido hizo su arribó Aurora de la Mañana, muy nerviosa por el acontecimiento narrado por su esposo minutos antes vía telefónica, la prioridad era pedirlas en adopción, si no aparecía su degenerada madre, que las dejó en el depósito de basuras.

Después de las indagaciones pertinentes al caso, con los vecinos del edificio Perry,  levantaron el acta de rigor que exige el código del menor, la policía hablaba con los transeúntes, con los recoge basuras del sector, miraron las cámaras de vigilancia instaladas en los edificios, llegaron a la conclusión que la madre de las dos criaturas gemelas, no las quería tener con ella.

Aurora de la Mañana, todos los días visitaba a las bebés en el centro de Bienestar, las atendía y las cuidaba, las niñas se fueron encariñando con la mujer, que no podía engendrar en su vientre a una hermosa criatura.

Le dieron la prioridad de adopción a Antolín y Aurora de la mañana, los esposos que tenían la solicitud en el bienestar Familiar y un Juez de Familia después de un año, les concedió su petición.

Con muchos sacrificios los esposos sacaron adelante a sus dos hermosas criaturas, que tuvieron todos los gustos y educación que se merece un niño y un joven adolecente, sus padres le confesaron a las niñas con uso y razón, su procedencia y las llenaron de mucho cariño.

Años después, Antolín y Aurora  de la Mañana, presenciaban con mucha alegría, como Anie y Tere, dos jóvenes hermosas e inteligentes, recogidas de un depósito de basuras, tiradas allí por una mujer, quizás en un acto de desespero por las circunstancias de la vida, el temor a enfrentar una responsabilidad tan grande como es criar a dos niñas, la llevó a tan desproporcionada decisión, se graduaban de Medicas Cirujano. Hoy, esas niñas gemelas, hicieron su Juramento Hipocrático y le prestan un servicio  Social a la humanidad, salvar vidas.


sábado, 25 de abril de 2015

DOS COLOSOS DEL BOXEO

DOS COLOSOS DEL BOXEO
Por Francisco Carrasco Díaz
Escritor Colombiano Región Caribe


En el siglo pasado y en las lidias del boxeo, no se había visto una pelea desprogramada, callejera, campesina y ganadera, protagonizada por dos hombres, amansadores de vestías, como el caballo, el mulo y el burro chó, aquí no hubo ring, tampoco los amantes del boxeo a puño limpio, pagaron entradas y como si fuera poco, la cantidad de humanos que presenciaron a dos colosos dándose trompadas.

María José, un hombre con nombre de mujer, así lo bautizaron sus padres, ellos tendrían motivos para hacerlo, al contrario de su nombre  María José, se crió entre Vacas, Caballos, Mulos, aves de corral, rudo como su padre el capataz de la hacienda Los Patos II, con sus pastizales llenos de Toros de lidia, con avisos en sus alambradas, no entre, toros bravos.

Sus padres, no tuvieron la delicadeza de mandarlo a un colegio, al contrario lo subieron a un burro a jarrear agua de la tapa cercana, después lo enseñaron a amansar caballos cerreros y termino garrochando toros en las corralejas.

Con todo esa experiencia, María José, se sentía súper hombre, a pesar de su nombre femenino, no se lo brincaba un chivo de un año de nacido, andaba en busca de lo que no se le había perdido, siempre protagonizaba peleas a puño limpios, atropellaba a los transeúntes con su caballo, azotaba a sus contrincantes con una vara de guayaba suaza.

Hay un refrán que dice, que “el bravo llega hasta donde el cobarde se lo permite”, a María José le tenían sentenciada una puñera, que se acordaría de ella toda su vida.

En la Iglesia Católica del pueblo, se unieron en matrimonio Chucho y Adelis una hermosa morena de quien estaba enamorado María José, quien se enteró del matrimonio en horas del mediodía, se apuró a la cantina y comenzó a sufrir y a beber por haber perdido a la mujer de sus sueños, ella no estaba enamorada de él.

Advertido por el tío de la joven, un hombre a quien le llamaban Popeye, pero no el marino, era un poeta de la décima, famoso por ganar el primer premio en el festival del pito atravesado, en Morroa Sucre, dotado de dos brazos largos, gruesos, con músculos grandes, acostumbrado a romper las camisas cuando se estiraba su cuerpo, vaquero de profesión, amansador de vestías, mujeriego y bebedor, ya entrado en edad, pero con la misma vitalidad que su contrincante que sabía de las cualidades de Popeye.

Llegó María José, en su caballo domado, lo paraba en sus dos patas delanteras, lo arrodillaba, lo obligaba a hacer la venia, se alejaba de la fiesta y regresaba en carrera con dirección a la puerta principal y allí lo frenaba, agitaba la vara de guayabo y la hacía silbar, con ganas de darle a alguien y ese alguien era Chucho el desposado, en fin llegó dispuesto a dañar la fiesta del matrimonio.

El tío  Popeye estaba durmiendo en el patio en una hamaca artesanal, reposando la primera de las cinco borracheras por el matrimonio de su sobrina querida. Alguien fue a avisarle que María José, estaba borracho, dando espectáculos en la puerta de la casa donde se estaba festejando el matrimonio.

Semidormido se levantó el tío, se colocó su camisa, se amarro una panola roja en la mano izquierda y salió a enfrentar al intruso, quien estaba haciendo su segunda retirada y venía con la vara de guayaba a azotar a Chucho por haberse robado en corazón de su novia platónica.

El tío tuvo tiempo para estudiar la forma de pegarle una trompada a María José, lo esperó a medio lado y cuando pasó al frente de él, se impulsó como un resorte y le colocó su puño izquierdo en pómulo del intruso, quien cayó  por el lado derecho y fue alcanzado por el cose de la pata derecha trasera de su caballo.

Le tiraron agua lluvia del tanque, de esa que no necesita hielo para enfriarse, se incorporó y para tomar ventaja, lanzó su pierna derecha contra la humanidad de Popeye, oportunidad que aprovechó este para cogerlo de la pierna y voltearlo como puerco muerto para la venta, amarrado en un árbol de matar ratón en plena vía, a exhibición de los presentes y de los que iban llegando.

En la tarde ya reposados ambos contrincantes, Popeye bajó a María José y entonces si se formó la pelea del siglo pasado, yo le iba a Popeye porque era mi tío, además ya tenía un pedazo de palo de guadua seca para arrecostarselo a María José en las costillas, pero no hubo la necesidad, porque Popeye le lanzó un derechazo a María el pómulo derecho, que lo mandó al barro amarillo a comer tierra.

Se despertó María José en el hospital Las Mercedes de Corozal Sucre a  los tres días siguientes del matrimonio de Chucho y Adelis, quienes a esa hora se encontraban de luna de miel en las paradisiacas playas de San Andrés Islas. Tenía calcados en los dos cachetes, del lado izquierdo los cuatro dedos de la mano de Popeye y, del lado derecho una herradura de la buena suerte, del casco de su caballo.

Desde esa fecha, María José, el hombre con nombre de mujer, no se ha visto más, en la faz de la tierra.

En la mente de los niños, hay gravado hechos que los mayores les parezca insignificante, pero la película está intacta, para la muestra un trompón.


sábado, 18 de abril de 2015

JACO, UN CAMPESINO INTELECTUAL

JACO, UN CAMPESINO INTELECTUAL
Por Francisco Carrasco Díaz
Escritor Colombiano de la Región Caribe.


Sale el sol, sus rayos penetrantes ponen en movimiento a Jaco, un muchacho popular, que nunca dice no a las personas con quien trata, a pesar de su corta edad, sus conceptos de vida están bien cimentados, su cuerpo y su estatura no coinciden en la realidad, todos los días va al colegio a doble jornada y los días Sábados y Domingos se va a ayudar a su padre a sembrar cosechas de maíz.

La particularidad de Jaco es admirable, sus sueños se hacen realidad, ya las palabras del joven son creíbles, todas las mañanas le cuenta a su madre con lujos y detalles lo soñado en sus noches de insomnios, donde comienza a ver fantasías, a experimentar y maquinar ideas que rayan fuera de lo común.

Europa es un continente que Jaco conoce como la palma de sus manos marcadas con unas líneas en forma de M, una gitana le dijo a su mamá que ese niño que tenía en brazos, sería muy importante en la vida.

Por ejemplo uno de sus sueños semidormido es que está en metido en unos viñedos recogiendo la cosecha de uvas, compartiendo trabajo con personas que piensan distinto a él.

Otras veces sus sueños lo llevan a la vida intelectual de las hermosas ciudades de París, Madrid, Londres y Moscú, compartiendo un café, en una de esas cafeterías  situadas a la orilla de un gran rio, por donde surcan barcos de turismo y de carga.

Otra de sus testarudas ideas nocturnas, es de ser una persona con muchos poderes, capaz de movilizarse a través del tiempo y el espacio con la fluidez y la naturalidad que Dios les concedió a las aves de alto vuelo.

Como si fuera verdad, todo lo narrado y ocurrido a Jaco en las noches de insomnio, al día siguiente amanecía cansado, con el casete mental dispuesto a contar, donde estuvo, que hizo y con quien se encontró.

Eran tan efectivas las palabras de Jaco, que todos los politiqueros de la región, lo buscaban para que les asesorara su campañas politiqueras, los novios pagaban para saber si sus novias los amaban, los campesinos le preguntaban por las cosechas, los tenderos le consultaban sobre a quién se le podía fiar y a quién no, los pescadores le consultaban, a donde tirar sus chinchorros para sacar buena pesca.

Pasaron los años y Jaco se desapareció del mapa de su pueblo y alderredor, su amigo Honorio, su padre lo mando a estudiar una carrera política a Europa y en una de esas salidas a coger el aire de la ciudad a orillas del río, encontró a Jaco sentado, tertuliando con unos amigos, se saludaron, intercambiaron conceptos y desde ese momento Jaco asesoró a su amigo y paisano en la tesis de doctorado para poderse graduar.

Manuelito, otro amigo de Jaco en su niñez, se fue a especializarse de Médico Pediatra a Madrid, su gran sorpresa encontrarse a Juaco, dictando una Cátedra de Derecho Internacional en la misma Universidad donde él se especializaba.

A ambos le dijo que sus carreras iban a ser exitosas, pero a Manuelito le dijo al oído izquierdo que no se preocupara, que tan pronto llegara al pueblo, comprara una mesa ovalada, de ocho puestos, que le colocara un lujoso mantel y la situara en el centro de la sala y esperara que el Duende Alambrito se la llenara de billetes de Cincuenta mil pesos Colombianos, todo eso acordándose que Manuelito lo llamaba loco por los sueños de vida que ocurrían durante las noches y lo humillaba por su pobreza en el vestir.

Honorio un prestigioso Político con Ética Profesional, a Manuelito, la vejez se lo cogió, no ejerció la medicina, se quedó solo en su casa al morir sus padres, todos los días se levantaba bien temprano y miraba para la sala, guardando las esperanzas que  el duende alambrito le llenara la mesa de ocho puestos, de billetes de Cincuenta mil pesos Colombianos, afirmaba, que Jaco no le podía fallar.

Jaco, el campesino intelectual, en su pueblo casi no se acuerdan de él, pero Manuelito afirma haberlo visto en Madrid, es más lo asesoró en su tesis de grado, pero la gente no le cree, porque está loco, jamás ha salido de su entorno familiar.


sábado, 11 de abril de 2015

LAS TRES PRINCESAS

LAS TRES PRINCESAS
Por Francisco Javier Carrasco Díaz
Escritor Colombiano-Región Caribe


Gregorio (Goyo), un hombre criollo, hijo de un español y una hermosa mulata, nacido en tiempos de la colonia, sus facciones sobresalían, así como sobresalía la belleza de sus hijas.

El señor Goyo, “el Loco”, había criado en su parcela a sus tres hermosas niñas, blancas, ojos azules, la mamá de las niñas se fue con un forastero que llegó al pueblo vendiendo cachivaches.

La parcela de Goyo, estaba dentro de los predios del Blanco Sofanor, se la había comprado a cambio de trabajo en la finca, poseía sus escrituras y era titular del predio.

Sofanor  tenía tanto ganado que no alcanzaba a herrar, sus tres hijos no se percataban de los bienes que poseían, eran desordenados en especial con el ron y perseguían a las muchachas de la comarca, tan pronto se desarrollaban, iban por ellas, como tenían dinero, eso era a diez pesos por cada una.

Las niñas hermosas de Goyo, se fueron poniendo pechugonas y los tres hermanos, hijos del blanco Sofanor, les pusieron el ojo.

Afilaba el señor Goyo su rula Colín todos los días, quedaba tan cortante, que con ella se afeitaba su barba.

En una noche lluviosa, venían los tres mosqueteros del pueblo, cada uno en su caballo aperado, ya habían volteado la cantina, pelearon con unos extraños y perdieron la pelea, parecían toros en huida, que todo lo arrastran a su paso, al pasar al frente de la casa del campesino Goyo, se frenaron los caballos, se miraron los tres y su malévolo plan afloró.

El mayor, les dijo a sus hermanos, vamos por las princesas, ya están buenas.

Goyo era un señor de 47 años aproximados, campesino de profesión desde hacía veinte años, que llegó al pueblo, no se sabía de donde vino, ni quien era en realidad.

Dormía Goyo con un oído despierto y el ojo izquierdo abierto, su rula debajo del petate, listo para lo que fuera, ya había rumores que los tres mosqueteros pretendían llevarse a sus hijas por sobre de sus narices y esa osadía no la iba a permitir, para eso su madre la mulata, le enseñó cómo defenderse en la vida.

Esa noche, escuchó Goyo el acercamiento de tres caballos, justo al frente de la parcela, en su humilde casa de palitos con rendijas en la cerca por donde se podía observar la presencia de personas que se acercaban.

Abrió Goyo su ojo derecho, afilo su otro oído, se incorporó, cogió su machetilla, se colocó sus abarcas y su sombrero sinuano, se dirigió a la puerta, le quito la tranca y sigiloso salió y se escondió muy cerca de la puerta.

Los tres mosqueteros se bajaron de sus caballos y de inmediato entraron a la casa, se extrañaron de que la puerta estaba abierta, pero el ron que habían consumido, no los dejaba pensar, solo en su objetivo, las tres princesas, que se encontraban en edad de 11, 12 y 13 años.

Goyo los dejó entrar a la sala, pero no a las habitaciones de sus tres hermosas hijas a quien cuidaba y hasta daba la vida por ellas, era su padre y madre, rula en mano, músculos tensos, ojos rojos y mirada serena, les trancó la puerta por donde entraron, los tres se llevaron las manos al cinto y de inmediato Goyo los desarmó, los juntó, les puso la rula en el cuello y les dijo:

Lárguense antes de que los pique a pedacitos, mis hijas no las tocan ustedes, sus ojos estaban rojos y de su lengua brotaban chispas de candela

Adiós borracheras y abusos de los tres hijos del blanco Sofanor, esa noche no llegaron a su casa, los encontraron deambulando con sus caballos en la finca, picaron el alambre de púa, el ganado se esparció en toda la comarca, fue recogido y repartido entre los campesinos de la región, quienes hoy gozan de bienestar al multiplicar su pobreza, porque 5x 8 es igual a 40.

La hierba de la finca del Blanco Sofanor se secó y solo es un peladero, donde no nace nada, los tres mosqueteros no reconocieron a sus padres, solo hablaban de Goyo y sus tres Princesas y, después de eso, reposan en un manicomio en la ciudad capital.

La finca quedó abandonada, los padres de los tres mosqueteros fallecieron de pena moral, al ver a sus hijos, amarados al tubo de una cama de hierro.

Goyo y sus tres hijas, tampoco amanecieron en la casa de la parcela, los sembrados fueron recogidos por los vecinos y cada año la cosecha en la parcela de Goyo es mayor, ella misma se reproduce como la verdolaga y la siembra de ñame, en nuestra Región Caribe.

Goyo y sus hijas, no dan señales de vida, así como llegaron un día cualquiera, se marcharon. Toño su vecino de parcela manifiesta que ve a Goyo todas las noches limpiando y sembrando en la parcela, claro que tampoco eran confiables las palabras del vecino, porque este ya había regresó del manicomio.

Como cambian los tiempos de vida, los ricos de plata y poder del ayer, hoy son los pobres de plata y, los pobres de plata del ayer, hoy son los ricos de plata y poder.