domingo, 15 de noviembre de 2015

AL SON DE LAS MANOS DE UN PILÓN

AL SON DE LAS MANOS DE UN PILÓN
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región Caribe




Vereda arriba de las montañas Barrieras, las únicas existentes en el bajo San Jorge y las más cercas a mi pueblo, después del corcovado en las Serranías de San Lucas al sur, al sur de Bolívar, era común escuchar el sonido del pilón, cuando dos poderosos brazos machacaban la espiga de arroz para que bote el grano. Una hermosa sinfonía de Beethoven, para aquellos oídos que captan la música desde el silbido de un grillo.

Mano Pello era un hombre de música, integrante de la vieja banda de vientos de mi pueblo, por allá repuntando la segunda década del siglo pasado, además era compositor de bellas melodías que le sacaba al cantar de los pájaros y aves silvestres.

Esporádicamente en horas de las mañanas pasaba por la casa de su hermano Yeyo, montado en su burro mojino, silvando  y silvando melodías no conocidas y que no dejaba conocer hasta que los clarinetes, las trompetas y el rey bombardino en su sones  liricos melodiosos les dejaba salir el aire caliente, después que los émbolos de los instrumentos las convirtieran en música.

De regreso de la montaña entre oscuro y claro, Mano Pello, con su oído fino a la distancia escuchó un pun pun pun y después escuchaba un pon pon pon y luego le cambiaban la melodía, pon pon pon y le contestaban pen pen pen, agudizo el oído izquierdo y colocó el punto del telescopio en cero y escuchó en esa dirección.

Y como el hombre empedernido con el ron, dio rienda izquierda a su burro moro y se encamino a esa dirección, cual sorpresa se llevó que en la parcela de Antolín habían dos hermosa mujeres fornidas de la etnia Zenu, dándole mano a unas espigas de arroz dentro de un pilón de madera de tolúa roja. Pello escuchó esa melodía del:

“Pun, pun , pun – pon pon pon – pon pon pon – pen pen pen, en ese instante cantó un grillo: fli, fli, fli, fli, fli, pasó la lechuza y añadió a la melodía el Chuisssssss, de regreso en el camino el burro en que iba montado, peló los ojos y a la distancia vio una culebra cascabel armada y atravesada en el camino de paso y decía con sus cascabeles: shis, shisss, shiiissss, más adelante del camino vio a una burra en celos, sacó sus dientes, olio y dijo, Geeee, ge, ge, ge, geee, geee y remato geee, siiii, siii, siii.

Al pasar por una ceja, escuchó el canto guapiriao de un pajuil Guiiiipiiipiiiiii y cerró la melodía los sapos en la laguna Quee, Queee, Quee.

Cuando llegó a su casa, mandó a su sobrino a buscar a todos los músicos integrantes de la banda, sin excepción, me los traes a todos, dígales que es una reunión muy importante.

Ya reunidos con sus instrumentos en el patio de la casa sentados en un taburete y al estilo de mi gran amigo Calixto Ochoa Campo, personas con mente brillante y con el pentágrama de la costumbre, les dijo cójanle el paso a esta melodía.

Trompetas:Ponponpon,ponponponponpon pon, punpunpunpunpunpunpunpunpún, penpenpen, penpenpenpenpenpene, ponponponponponponponnnnnn.

Clarinetes:Flifliflifliflifliflifli, fliflifliflifliflifliflifli, flifliflifliflifliflifliiiiiii

Bombardino: Geee, geeee,geee, ge, ge, geeeeee, Gegegeeee, sisisisisií,sisisis.

Mientras que el redoblante y el tambor mayos decían: tarraquetatarra, que tatarrraaaa – Pun Pun pun punnnn.

Los platillos decía: Shiss, shisss, shissssssss.

El bombardino bajo : Queee, queee, queeeee.

El animador de la banda gritó: Guiiipiiiipiiiiiii.

(Vis)ponponponponponponnn,ponponponponponnn,punpunpunpunpunpunpunnnnnn y se formó la hermosa melodía, que todos los días, en los acetatos, los casete, en los cd, en las emisoras y presencialmente escuchamos en las bandas de música autóctonas de las sabanas del gran Bolívar.

Así como Mano Pello y otros músicos reconocidos en el ámbito de la música costeña, le cantaban a los pueblo, a las montañas, valles y senderos, con sabor a queso, a suero y yuca harinosa, a chivo guisado, a pescado frito,  a ponche e iguana, a mango maduro, a malanga, níspero y ajonjolí.

A polvo rosita, para mí, brillantina tigre mono, pomada hervor, un clavo, a la espina de pescado, al toro cebú, al toro Candelillo, al burro de Manuel buche y a las bellas mujeres inspiradoras de amores y desamores.

Todo aquello que nos hace feliz en la vida, apoyados en los humanos, la naturaleza y los animales para componer una bella melodía que perdura en los oídos y la mente de los humanos, sin morbo, con cadencia y al son de las manos de un pilón, buscando sacar una melodía de un  grano de arroz blanco, sustancioso al paladar de una audiencia, que añora esas épocas musicales.

Un siglo después que Mano Pello compusiera esa melodía al son de las manos de un pilón, el sonido de pájaros y aves silvestres, no hay pollera que no se habra como atarraya de cinco varas, y hombre que no se tuerza y contonee su cuerpo como el gran palo de higuito, sembrado a la entrada del pueblo de Urumita, al sur de la hermosas Guajira Colombiana.


AL SON DE LAS MANOS DE UN PILÓN. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

SE FUE LA LANCHA

SE FUE LA LANCHA
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región Caribe


Increíble, pero cierto, en el siglo pasado comenzando a despuntar esa hermosa época de los 70, cuando  la música  salsa y la africana, el trinche de alambres, pantalones terlenka, camisas chinas mangas largas y botas de vaqueros, eran la moda Quillera, los teatros a cielo abierto presentaban las mejores películas Kunfú, las diecisiete primaveras de Olimpo estaban en su mejor momento, sucedió este hecho.

Sus madre tenía La Patria Potestad sobre el Joven y lo mandó  a pagar el servicio Social obligatorio establecido por el Estado Colombiano, después de graduarse como bachiller, se estrenó Olimpo el uniforme de la Policía Nacional, en esa modalidad, los llamaban los “Chúcaros”, o Auxiliares de Policía.

Con todo el brío de la juventud, un uniforme llamativo y revestido de autoridad, Olimpo cumplió con su ciclo de preparación en La Academia Policial y fue asignado al Departamento de Policía del Atlántico, al mando de un oficial y cinco suboficiales de la Institución, prestaban servicios Sociales como dirigir el tránsito en horas pico, hacer presencia en los eventos deportivos y en las calles de la Arenosa.

Todos las noches Olimpo y dos compañeros más, se escapaban de la concentración, después que la diana anunciaba la hora de acostarse, el suboficial pasaba revista y anotaba en el libro de minutas todo bajo control, momento que aprovechaban los tres inquietos Chúcaros y se salían por el patio y cada uno de ellos dormía placido en su casa.

Hasta que un oficial en turno se le dio la magnífica idea de levantar a los auxiliares y ponerlos a dar vueltas y vueltas en la plaza de armas, un cuadro de terreno escarpado cubierto con brea en mal estado, al llamar por lista, faltaban, Olimpo, Tomás y José, dieron la orden de llegar a sus casas y traerlos, así se hizo, llegaron dormidos los tres angelitos envueltos en sábanas, despertaron cuando el oficial gritó, Chúcaros levantarse y todos los presentes rieron a carcajadas.

Por ese hecho fueron castigados y vigilados, al suboficial que anotó en el libro todo bajo control, le hicieron una anotación en su hoja de vida, que le atrasó su ascenso, este mismo policial, cargaba a su lado a el auxiliar Olimpo para donde quiera que se movía durante su servicio.

En esos días llegaron a la Institución unas camionetas automáticas que por su forma y tamaño parecían unas lanchas y así se quedaron, una de ellas fue asignada a la atención de los Auxiliares Bachilleres o Chúcaros y su jefe el Sargento Piñares, el mismo que cargaba a Olimpo de llavero.

Para un Domingo bien temprano había una orden escrita del comando, era de ir a las playas del atlántico a recoger la basura que bota el río de la magdalena al mar, todos los auxiliares a cumplir la orden, el Sargento Piñares en su vehículo la lancha y el auxiliar Olimpo a bordo, llegaron al sitio asignado y cada uno comenzó su trabajo social, recoger basura, la Lancha fue estacionada en un empinado a orillas del mar que por cierto estaba picado, con olas de más de diez metros de altura que repicaban en el barranco y escupía agua en la Lancha.

Olimpo dio aviso al Sargento que a la Lancha le estaba cayendo agua de mar, perjudicial para el latón y la pintura, el auxiliar era el encargado de lavarla y brillarla, Piñares se saca las llaves del bolsillo derecho y se las entrega a el auxiliar Olimpo y la  vez le pregunta ¿Tu sabes manejar?, con un sí de cabezas el joven afirmó, más no pronuncio palabra alguna, quítala de allí y parquéala debajo de un árbol.

Como ordene mi Sargento, contestó Olimpo, se subió en la camioneta, le dio estárter y fun,  fun, fun, metió cambio, aceleró, y SE FUE LA LANCHA,  salió a velocidad de cien kilómetros por hora, rebasó el barranco y en cámara lenta voló por los acantilados a una altura aproximada de ocho metros, los presentes llegaron a la orilla del acantilado y presenciaron como la Lancha se hundía haciendo burbujas blancas.

Que paso con el auxiliar, se ahogó, se preguntaban, llegaron los bomberos, la Infantería de marina de Colombia, la Cruz Roja, la Defensa Civil, la grúa sacó la lancha sin su tripulante, duraron cinco días buscando a él joven auxiliar Olimpo, su mamá desconsolada y sus compañeros lo extrañaban, el Sargento cargaba con la responsabilidad de haber ordenado mover La Lancha, sin comprobar que el auxiliar sabía manejar y muchas cosas más que tenía que declarar ante el Juez 57 de Instrucción Penal Militar, en la Central Policial.

Declararon a el auxiliar desaparecido y a su mamá la indemnizaron, treinta y ocho años después, Olimpo y sus nueve hijos varones y una hembrita, se aparecieron en casa de su mamá anciana a quien le costó trabajo creer que ese señor era Olimpo.

Como escritor e investigador por casualidades un amigo y vecino del auxiliar me tiró la chiva, que olimpo el chúcaro que tiró la lancha al mar estaba vivo, libreta en mano llegue a su casa y lo indagué, me dijo que él no cerró la puerta del carro y que cuando aceleró y vio que en vez de reversa  había arrancado hacia adelante, se tiró y en cuclillas llegó al matorral y se desapareció del lugar del hecho.

En su angustia por lo sucedido, llegó a su casa se cambió de ropa, cogió las prendas de su mamá que se encontraba trabajando de enfermera, las empeñó  y se largó para donde su padre que vivía en Venezuela, por los periódicos se enteró de todo lo que sucedió en Barranquilla y la televisión mostraba el momento en que SE FUE LA LANCHA.


domingo, 1 de noviembre de 2015

DEL AHOGAO, EL SOMBRERO

DEL AHOGAO, EL SOMBRERO
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región Caribe.




A las tres de la tarde de un lunes salió  Manuel Ignacio, un pescador de mar, en su piragua y dentro de ella los implementos de pesca, un arpón, diez anzuelos y una pequeña atarraya de tres metros, el ultimo implemento lo utilizaría si en su camino se encontrara un cardumen de peses.

Eligió mentalmente el sitio y tiró los anzuelos a las cuatro de la tarde y se colocó en alerta con su arpón, cualquier movimiento que observara en el agua seria pez muerto, no tardo quince minutos cuando divisó en la cresta de las olas una figura que se acercaba, era Juancho un amigo que realizaba la misma labor y como era costumbre unirse a la pesca y no estar solo en alta mar, se saludaron y pegaron las dos canoas.

Cada uno en la proa de su embarcación alerta con su arpón, ya llegada la noche entre oscuro y claro el agua se movió fuerte, ambos hombres cayeron dentro de su canoa, sus sombreros se fueron al agua, se levantaron de inmediato y observaron un pez que jamás en sus cincuenta y dos años de vida, los duchos pescadores de mar, habían visto con sus cuatro ojos.

Ambos tiraron su arpón y el impacto del animal al verse enganchado por la cola, estiró la cuerda y cogió viaje a velocidad de un kilómetro por minuto, los pescadores se miraron y se dijeron hasta donde llegue.

Pasaron por Hawái, las islas galápago y el polo sur, llevaban quince días viajando pegados a ese gran animal que en kilos daba un dineral que les servía para no pescar más, eso se decían los amigos pero a qué precio, allí fue donde Manuel Ignacio le dijo a su compañero Juancho que desengancharan las embarcaciones del gran animal.

Que sorpresas se llevaron cuando se vieron a dos tabacos de un puerto desconocido a las doce de la noche, el animal que los remolcaba ya no estaba pegado a sus arpones, se había ido sin dejar rastros.

Anclaron sus embarcaciones y al minuto estaban rodeados de unas criaturas de a dos metros eran como veinte, tenían uniforme de astronautas y no dirigían palabra alguna a favor o en contra de los dos humildes pescadores, quienes fueron llevados a tierra firme e indagados por un hombre que usaba un sombrero vueltiao tuchinero, tenía una navaja pico de loro en sus manos, una rama de totumo a la que le sacaba filo, un tabaco negro en su boca y le echaba humo al reciento.

Lo primero que lanzo su boca fueron tres preguntas para ellos difícil de contestar, porque esa fantasía que un pez desconocido los arrastro hasta el polo sur, no es creíble, pero tenían que contestar para salvar sus vidas: Quienes son ustedes,  de donde vienen y como llegaron aquí.

Manuel Ignacio que era más vivo que Juancho, sin timidez a responder dijo:

Míster, en la ensenada del Golfo de Morrosquillo a cinco millas náuticas, línea recta al puerto de Tolú Sucre Colombia, estábamos pescando entre oscuro y claro Juancho y mi persona y divisamos un pez que en unos segundos casi que nos voltea la embarcación, nos alistamos y le tiramos arpón y sabe que sucedió, el animal cogió mar adentro y nos paseó por las islas de Hawái, galápagos y llego aquí al polo sur y cuando creímos tenerla controlada, se soltó de los arpones y se fue sin dejar rastros.

El extraño hombre a pesar de que hablaba el mismo idioma que nosotros, soltó una carcajada y ordenó a sus hombres extraños a reunirse en torno a él y volvió a repetir las tres preguntas a los pescadores.

Ahora te toca el turno a ti Juancho que a mí no me creyeron.

Juancho a pesar de su poca capacidad de razonar, se dio cuenta que no estaban en el polo sur, y dijo: Vea compa, lo que dice mi compañero Manuel Ignacio, no es cierto, nosotros no hemos pasado por ningún Hawái, solo vimos a una embarcación con unos japoneses que decía en su proa Hawái, tampoco pasamos por ninguna isla galápago, que yo recuerde unas quinientas animalitos en grupo pasaron a mi lado y por ultimo queremos sabe dónde estamos.

Manuel Ignacio miro feo a Juancho y este le respondió, mi amigo del ahogado, el sombrero y allí fue donde recordaron que en ese sitio donde estaban pescando quince días antes la fantasía de la mente humana, el tiempo de vida, la soledad, el hambre y la sed,  se multiplican en segundos y hacen una explosión de pérdida de memoria, de tiempo y espacio.

Estaban en la isla múcura, a una hora en lancha del puerto de Tolú Sucre Colombia, donde llegaron deshidratados y hablando palabras que no coincidían con la realidad de la vida de un pescador, quien los indagaba era el jefe mayor de esa población, los niños y curiosos escuchaban esa magnífica descripción del pez extraño que nunca existió, el frio de las noches heladas los hacia decir que estaban en el polo sur, sus familiares los buscaban y después de quince días de perdidos entre la gente, fueron reconocidos por medio de un diario local que les tomo fotos en la bella isla. El Jefe ordenó traerle comida, un sancocho de sábalo de mar con arroz con coco para que se recuperaran.

Lo más extraño de este cuento fue que los dos sombreros de los pescadores aparecieron flotando en el puerto de Tolú, de allí que: Del ahogado, el Sombrero.

Manuel Ignacio y Juancho ya no pescan, se la pasan en la primera de Tolú, narrando cuentos, historias y anécdotas de sus vidas como pescadores en alta mar y del pez extraño de la ensenada de Tolú.



sábado, 24 de octubre de 2015

SENCILLO, MI ESTIMADO GUASÓN

SENCILLO, MI ESTIMADO  GUASÓN 
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región Caribe



Carlos Carpintero y Torrenegra, era un personaje de la vida pública, de baja estatura pero de decisiones firmes, Abogado Litigante conocedor de la letra menuda, orador nato, motivador, seguidor de Jorge Eliecer Gaitán, polémico, usaba las plazas públicas para instigar a los jóvenes universitarios que usaban boina negra y gris, le daba palos a los dirigentes políticos y funcionarios que manejaban la cosa política a su antojo, hoy en uso de buen retiro.

Cuando se apoderaba de un caso en litigio, lo llevaba hasta las últimas consecuencias  judiciales y jurídicas, si era de ir a hablar con el Presidente de la República no le temblaba el pulso vocal para decir cuántas verdades que meritaban la ocasión.

La autoridad policial tenía sus reservas sobre el conocido y reconocido abogado que les daba sopa y seco cada vez que tenían que controlarlos, digo controlarlos porque el séquito respaldo de la clase estudiantil, gremios, sindicatos eran la mayoría, y a esa altura se podía expresar el sentimiento de un pueblo oprimido, como dicen en mi hermoso pueblo que me vio nacer, a esa persona  le pesaba la cola.

En una ocasión de la vida humana, programaron una multitudinaria manifestación contra todos los males patológicos, sociales, políticos y económicos que agobiaban a este querido pueblo colombiano, en especial a Barranquilla, los servicios públicos, los salarios de los obreros de overol, el transporte, la educación, la salud y la cantidad de parásitos enquistados en las oficinas de los estamentos del estado y la nación y las partidas para mejorar estos servicios, llegaban partidas, hecha trizas y las desviaban de su objetivo específico.

El paseo de Bolívar era la plaza escogida y entre las carreras Progreso (41) y Veinte de Julio (43) armaron tarima, al frente del Almacén Tarud, punto conocido y reconocido por sus telas y sus dueños de descendencia Libanes, no turca.

A las tres de la tarde no cabía un alma más, la multitud con banderas, pancartas, pasamontañas, pañoletas, mochilas llenas de piedras para contrarrestar a la policía, que solo podían usar un bolillo de madera guayacán, inteligencia y contra-inteligencia, pendientes de los acontecimientos de manifestación pública, medio recurrente para ablandarles el piso a los dirigentes políticos y conseguir partidas para mejorar las condiciones de vida de un pueblo en legítimo derecho.

Hablaron los estudiantes, los gremios, los sindicatos y el plato fuerte era nada más que el Doctor Carlos Carpintero y Torrenegra, lo tenían reservado y acomodado dentro del Almacén Tarud, ya le habían dado cinco tragos de Whisky, más una cerveza águila que cargaba en su mano derecha, porque en la izquierda tenía el discurso escrito.

Dentro de la Institución Policial, los grupos de inteligencia por orden del Coronel comandante de Departamento y el mismo Presidente de la República Misael Pastrana Borrero dieron la orden de no dejar subir a la tarima al polémico abogado, ¿pero cómo?, se preguntaban, si ese personaje vivía rodeado y cercado por sus seguidores, las estrategias de seguridad de la policía no daban para bajarlo de la tarima.

Ya en pleno discurso y agitación de las masas Carlos Carpintero tenia encendida la llama de la inconformidad de un pueblo lleno de problemas por causa del sistema de gobierno y más…

Había entre la multitud un personaje diminuto de estatura pero con una gran inteligencia, Cirilo Waitt, estudiante asistente al segundo año de derecho de la U de A, se le acercaron dos hombres y le dijeron que si se quería ganar unos quinientos pesos colombianos de la época y le propusieron que subiera a la tarima y le dijera al oído al polémico agitador de masas que el mismísimo Presidente de la República lo llamaba vía telefónica en el almacén tarud.

Les dio resultado la estrategia, el orador bajó de la tarima rodeado de sus seguidores entre ellos un joven delgado alto moreno, con un tabaco habano en la boca y una mochila que le llegaba a donde estiraba su brazo,  y entró al Almacén, taponaron la puerta del almacén,  llegó a la trastienda y allí habían unos seis expertos policiales, lo sacaron por la puerta trasera que da al pasillo del edificio y en la esquina contigua había un vehículo con vidrios polarizados y fueron a dar a la tienda cantina “La Magdalena” a orillas del gran río del mismo nombre, en el barrio Las Flores.

Ya en el vehículo blindado con 5 puntos de seguridad, le hablaron, le dijeron que eran sus amigos de verdad y que no le iban a acusar ningún daño físico menos verbal y seguido a eso le daban tragos de whisky, en la tienda cervezas van y cervezas vienen, de una manera amena y sabrosa iniciaron la parranda acompañados de la salsa brava, departieron con el admirado político y abogado Carlos Carpintero y Torrenegra, un gran amigo, un luchador y una excelente persona. A las siete de la noche  llevaron al personaje a su vivienda, sano y salvo, y al día siguiente todo el mundo a trabajar.

En el paseo de Bolívar ese domingo por sustracción de materia se disolvió la manifestación.


SENCILLO, MI ESTIMADO GUASÓN.

domingo, 18 de octubre de 2015

UN HOMBRE DE BLANCO, EN LAS MATAS DE LATA

UN HOMBRE DE BLANCO, EN LAS MATAS DE LATA
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano- Región Caribe



En el camino real que iba desde el pueblo hasta la orilla del río, algún humano se sentó a comer corozos y dejó las semillas a mitad del camino, cuando llegaron las lluvias del invierno y la tierra se suavizó, comenzaron a germinar y a crecer, estaban centradas al camino que todos los transeúntes tenían que desviarse, con el tiempo era un referente de tiempo, brújula de los borrachos que cogían ese camino a media noche hacia las ranchas pesqueras de ese hermoso sitio turístico, poblado por pescadores en tiempo de verano.

RUGERO PITUFFO, un joven metido en sus veintiún años, terco como la mula de don José de la Ossa, se quedó bebiendo en el pueblo, a las doce de la noche menos diez minutos, se levantó del banco de madera de la cantina de la Tite, miró la luna y cogió viaje para la rancha de pesquería llamada “Los Jobos”.

Advertido por su madre Manuelita, por su papa, Pascualino, pero los tragos y la juventud de Rugero, eran ánimo condicional para experimentar y hacer lo que a él le venía en ganas.

Tan pronto dejó la última casa del pueblo, sintió que lo venían siguiendo y minuto a minuto fueron desapareciendo los tragos de ron blanco que llevaba entre pecho y espalda, los que le daban ánimo para coger ese camino de playón, la única vegetación en su camino eran las matas de corozo o lata como la llaman en mi hermoso pueblo.

Que va mi hermano, cuando Rugero quiso llegar a la mata de lata ya venía desprotegido de la valentía de los tragos, y fue cuando tuvo que acudir a la parte religiosa, miró hacia atrás y el reloj mecánico de la Iglesia y con la luna llena las manecillas marcaban las doce en punto, entonces escucho doce campanazos sórdidos y profundos que le calaban el alma y lo hacían temblar de miedo, pero no se devolvió.

En las matas de lata, había un hombre grande vestido de blanco que se desaparecía por momentos y volvía a aparecer en otro lado, pero siempre alrededor de las matas de lata, a pie pisado de Rugero comenzaron a darle vueltas a las matas, Rugero delante y el hombre de blanco detrás, así estuvieron hasta que el mismo reloj que dejó sonar los doce campanazos cuatro horas antes, le mandó cuatro campanazos más, o sea las cuatro de la mañana.

A Rugero lo encontró su primo Cesar en horas de la mañana, divagando en el inmenso playón que rodea el pueblo, sus padres preocupados salieron bien temprano a buscarlo en el pueblo, al pasar por las matas de lata, vieron huellas en la tierra, así como cuando los bueyes de trapiche, dan vueltas y vueltas para moler la caña de panela, unos metros más adelante encontraron sus dos abarcas reventadas, en ese instante ya traían a Rugero, acompañado de una multitud de curiosos.

Días después,  ya recuperado Rugero, contó todo lo sucedido esa noche que no quería recordar más. Y decía: Yo me jugaba con el señor Firpo todos los días, el me correteaba y me decía en un tono grosero, que cuando se muriera me iba a salir, pero como eran cosas de juegos, por mi mente nunca pensé que podía ser verdad, recordando su entierro a él lo vistieron de blanco y su estatura coincidía con el hombre de la mata de lata.

El día Domingo en misa cantada en la basílica menor del señor de los milagros, Rugero Pituffo, se presentó vestido de blanco acompañado de sus padres y familiares salieron con el sacerdote y el monaguillo hacia el cementerio y en la tumba de Firpo le oraron y Rugero le pidió perdón por las burlas que le hacía cuando estaba vivo.

Acto seguido se dirigieron a las matas de lata y con un cavador o barretón y la erradicaron con toda la raíz, a los habitantes del pueblo, quizás se les haya olvidado ese sitio, pero a Rugero y a mi persona JAMAS.  

In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti amen.


sábado, 10 de octubre de 2015

CARAMBOLAS VILLA Y BOLAS, PALO POR LAS COSTILLAS, JUAN DÉJALA PASAR

CARAMBOLAS VILLA Y BOLAS, PALO POR LAS COSTILLAS, JUAN DÉJALA PASAR
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región Caribe



La elegancia de Jesús Polo en la forma de jugar Billar de tres bolas, las atacapiruetas, hacían que sus contendores cogieran rabia y por su puesto perdieran el partido o chico de Billar, en su juventud Jesús era un mamador de gallo, toda la plata se la jugaba en Billar y por sobre de él pasaban carros y carretas.

Cuenta Licho Cumplido, que no era cumplido porque a todo el mundo le quedaba mal, que Jesús se levantaba bien temprano y cuando Luis Figueroa quería subir la cortina metálica a su negocio ya estaba en la puerta, esperando al primer marrano que se le acercaba.

Su estrategia era darle a ganar los dos o tres primeros partidos y después los levantaba a jugadas nunca vistas en ese juego, se subía a la mesa y atacaba con un solo brazo, milimetrada las bolas con su ojo izquierdo y cantaba carambola de la azul a la roja con globo hacia la azul y así salían las carambolas.

No había un cristiano a un mil  kilómetros a la redonda que le ganaran un chico de billar a Jesús Polo, pero como a todo puerco gordo le llega su san Martin, se presentaron al pueblo Villa y Juan, dos contrincantes expertos en la materia de la calle de la Albarrada de Magangue que traían una canoa taquiaita de plátano.

En el puerto preguntaron por las mesas de billar y quienes eran los fuertes en el juego, vendieron los plátanos y se fueron derechito a jugarse la plata de los plátanos, con la descripción que llevaban de Jesús Polo lo invitaron a jugar.

El billar estaba lleno de personas en espera del marrano como decían vulgarmente, pero sin ofensas ni vulgaridades, todos se miraron, Villa pidió cervezas para todos los presentes, Figueroa mandó a traer canastas vacías para depositar las botellas ya consumido el líquido y con la doble intención de meter unas cuantas sin consumir para sacarse el día a costillas de los marranos de Magangue.

Se regó la bola en el pueblo y todos concurrieron a ver perder a los dos forasteros, Jesús se dejó ganar los tres primeros partidos, ya iban cincuenta canastas de cervezas consumidas, Villa y Juan se miraban y se secreteaban, cuando comenzó el juego de verdad:

Carambola de Villa por la banda derecha, bola blanca pisando tres bandas decía Juan animando a su compañero de fórmula, y así era, ya iban setenta canastas de cervezas y Jesús miraba a su compañero Carambola, estaban embolatados no sabían si se dirigían a Carambola en persona o carambola al atacar, bueno la cosa estaba tres contra diez, ganando los magangueleños que seguían atacando y nuevamente gritaba Villa:

Carambola Villa y bola, Juan déjala pasar.

El récord era de tres a veintiuno, tremenda paliza para Juan Polo y Carambola, pero las estrategias y los planes era no dejarse ganar y menos pagar las canastas de cervezas y con qué plata, si ninguno de los dos refiriéndome a Jesús y Carambola, trabajaban.

Dicho y hecho Juan dejó pasar una carambola, como lo había anunciado Villa, esa era su jerga de juego y ellos pensaron que ya tenían el partido ganado, pero no, venia Jesús con Carambola a darle vuelta al marcador, se pusieron de acuerdo con Figueroa y mandaron a traer del depósito cien canastas de cervezas solo con las botellas y las colocaron en las columnas de las ya consumidas, eso se parecía a los bafles del pick el Sibanicú en Quilla.

Frías vienen, frías van, ya los ánimos estaban caldeados, y decían los presentes como es que Jesús se va a dejar ganar de esos forasteros, Carambola decía calma pueblo calma, necesitamos silencio para pensar las jugadas, todo quedó en silencio, ataca Carambola, comienza la mamadera de gallo, frotaba el taco, se pasaba polvo de tiza por las manos, le juntaba al taco, miraba las jugadas, hablaba solo, milimetrada las bolas y el desespero de Villa y Juan era total, el marcador estaba dando la vuelta, veintiuna a sesenta.

Cuando los magangueleños vieron las cosas malucas, contaron las canastas que se bebieron y las clavijas que metieron, se miraron y gritaron:

SE ARMÓ LA GORDA.

Comenzaron a repartir palo por las costillas a los contrincantes y presentes, salieron por la puerta de atrás del billar y se perdieron por las largas calles empolvadas del pueblo.

Jesús y Carambola se dirigieron al puerto fluvial donde estaba la gran canoa de los plátanos, le soltaron la cabuya del ojo de buey y canalete en mano la traspusieron en el ojo de agua, un sitio tranquilo de aguas cristalinas donde se bañaban los mayores con totuma.

La multitud alcanzó a los dos forasteros, lo llevaron a la autoridad para que pagaran los daños causados y las contusiones a los presentes en la mesa de billar, quedaron debiendo y les salió barata, el capital, las ganancias de los plátanos y la canoa pasaron a manos de Figueroa, Jesús Polo y Carambola, más la multa de la autoridad, fue el último chico de billar que se jugó Jesús, los forasteros tuvieron que coger el camino real para venir a dar a corozal a pies.

Después de este suceso, quedó el dicho mal dicho en el pueblo:

CARAMBOLAS VILLA Y BOLAS, PALO POR LAS COSTILLAS, JUAN DÉJALA PASAR.


sábado, 3 de octubre de 2015

LA PATRULLA LOCA

LA  PATRULLA  LOCA
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano – Región  Caribe


En este hermoso país, como en muchos otros hay personas altruistas, con muchos deseos de servir a la sociedad que los rodea, prestando un servicio público en donde prima el interés general sobre el particular, en un prestigioso colegio de bachillerato, habían unos cinco jóvenes en edad de 18  a 21, a punto de graduarse, ellos decidieron estudiar en la universidad pública Filosofías y Letras, a petición de su profesor en la materia, se presentaron a exámenes de admisión más de un millar, para solo aceptar 55 alumnos, estoy seguro que sus exámenes traspasaron el umbral exigido por el alma mater, pero como aquí en Colombia cada estamento del estado tiene nombre propio y preferencias, los deseos y metas trazadas por los cinco jóvenes, se truncaron, no aparecieron en la lista de admitidos.

Ellos venían a estudiar y ser unos profesionales, ya se pintaban dictando clases de Filosofías y letras en un Colegio, en una universidad, hablando de Can, Sócrates, Tales de Mileto, Platón, Aristóteles, Heráclito, Anaxímenes, Anaximandro, Pitágoras, San Agustín de Hipona, Karl Marx, Friedrich Engels, Jean-Paul Sastre, José Ortega y Gasset y otros, comiendo tiza y afilándose la garganta con unos traguitos de ron blanco, el teso de esa hermosa época.

Al ver que no estaban entre los escogidos en la U. bajaron las dos cuadras que los separaba de la universidad al comando de la policía en el departamento del Atlántico, en donde había un gran letrero en verde y blanco que decía: Jóvenes de Colombia, ingresa a la Policía Nacional para que le sirvas a tu patria, prestando un servicio a la Sociedad.

No había de otra porque los cinco jóvenes salieron de sus humildes hogares y ya estaban a cinco tabacos de distancia, para regresar con el rabo entre las piernas y ser la burla de todo un pueblo, como dice un popular refrán, pueblo pequeño infierno grande. Ellos eran la esperanza de sus padres, de sus hermanos y de todita su familia.

Subieron los cinco escalones y llegaron a la guardia, los recibió el comandante, los hizo pasar a la oficina de reclutamiento y desde ese momento ya se pintaban la cabeza rapada y vestidos de verde oliva, haciéndole mofa al Presidente de Cuba Fidel Castro.

Alistaron su documentación y a los quince días, sin el consentimiento de sus padres se encontraban en la Escuela de Policía Antonio Nariño de la calle 17 con carrera 6, barrio Simón Bolívar de Barranquilla. El primer inconveniente surgió cuando los mandaron a motilar esa hermosa cabellera que traían de la civil, eran unos jóvenes rebeldes que no se dejaban tumbar el cabello del peluquero, mandaron a traer al sargento de guardia y fue la primera vaciada que se llevaron, después de motilados no se conocían duraron una semana para saber quién era quien.

Buenos estudiantes de los  código de policía, código civil, penal, la constitución política de Colombia, ética y valores y la parte militar, como venían de la provincia se la quisieron montar los Barranquilleros, pero como la unión hace la fuerza y la costumbre es ley, se amoldaron a la situación y salieron graduados de Policía de Vigilancia, por sus buenas calificaciones y comportamiento se quedaron en el Departamento de Policía Atlántico. Diez días de permiso para presentarse a laborar, decidieron los cinco visitar y enfrentar la realidad de la vida ante sus padres que los hacia estudiando en la universidad.

De regreso decidieron conformar la Patrulla Loca y salir a las calles a enderezar a los torcidos, cobrar los impuestos por espacio público, por establecimientos de cantina y a todo el que se cogían mal parqueados en la vida, le aplicaban el código correspondiente a la infracción o delito cometido. Eran amigos del inspector del permanente sur, un lugar horripilante parecido a un chiquero de marranos, ubicado al frente de la entrada de la cervecería Águilas, las multas no daban espera y a las dos horas estabas en los calabozos de la municipal a órdenes de un juez de la república.

Cogieron tanta fama y hacían tanto bien a la sociedad que las condecoraciones y medallas no cabían en el pecho, colgadas con unos broches, como también se presentaban  muchas quejas de personas que manifestaban inconformidad por sus actuaciones,  el comando decidió trasladarlos por separado para otros departamentos. Piedrahita y Fonseca el Loco, para la Guajira, Parking Luna y Ambrosiano, para el Chocó, Luther se retiró por voluntad propia y entro a estudiar a la universidad en la carrera de derecho y a los cinco años de sacrificio era un prestigioso abogado que enderezó su camino y la rebeldía de adolescente pasó sin dejar secuelas en su vida.

Cuarenta y un años después el doctor Luther, se encuentra con una figura humana de aproximadamente 1.80 centímetros de estatura, encorvado, con poco pelo en su cabeza, camisa manga larga a rayas verticales, lo aborda y le pregunta: Disculpa, ¿ tu pertenecisteis a la patrulla loca?. El individuo lo mira fijo a los ojos, hizo un recorrido mental durante cuatro décadas y lo ubica a la edad de 20 años, lo asoció con la famosa patrulla y le contesta, herda código, refiriéndose a que fue su compañero militar, yo lo hacía a usted muerto.

Se citaron para hablar de la patrulla Loca, aquella famosa ley, sin códigos ni normas que enderezo el rumbo de muchos jóvenes de la época y a personas que se encontraban delinquiendo por no tener oportunidades ni guías de progreso en este hermosa país, de eso hacen cuatro décadas.

Parking el alto es sastre de profesión y Luther el bajito  de estatura es abogado, administrador de empresas y está pensionado, además es escritor, ambos con un gran corazón, con sentido de pertenecía hacia una ciudad que los acogió, hoy siguen luchando cada uno desde sus profesiones para que cada día este mundo sea mas viable para los humanos.

Piedrahita y Ambrosiano, fueron dados de baja en una emboscada a la patrulla donde andaban prestando servicio a la comunidad, hoy son viajeros del tiempo en la eternidad, Fonseca El Loco, se retiró voluntariamente de la policía y andaba por la puerta de la universidad, ahora no se sabe dónde está, los dos miembros de la extinta patrulla loca lo andan buscando.

Las tertulias por aquellos años mozos, son el pan de cada tarde, entre estos dos señores metidos en 60 y 62 años de edad, refiriendo los cuentos y anécdotas sobre el camino que cogieron sus cinco vidas, sus sueños de ser Filósofos y la conformación de “La Patrulla Loca”.