domingo, 26 de septiembre de 2021

LOS PASOS ACOMPASADOS POR LA VIDA

 

LOS PASOS ACOMPASADOS POR LA VIDA
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano. RELATOS.

 

La verdad que no he tenido la precaución de contar los pasos que he dado en esta vida, pero sé que son muchos, porque el calendario y el almanaque de Bristol, están marcando hasta hoy 68.5 abriles, quizás recuerdo ciertos pasos por la intrincada,  con barro rojo, en cueros original con la marca ADN y otros por calles amplias, avenidas, con la frente en alto, pisando con humildad para no maltratar a las hormigas, diminutos seres creados por mi Dios.

Sopesando él debe con el haber contable, son más los debes que el haber, para un saldo positivo.
Primero le doy gracias a mi Dios, por traerme a este mundo, bajo el vientre de mi madre, quien no de gracias por esta osadía de preñarse y cargarnos por nueve meses en esa bolsa a ojos del que dirán “otra vez  preñada’.  Ya llevas cinco,  tú qué piensas”. Sin saber que faltaban siete más.

Hoy elevo una plegaria para que el creador  tenga con bien a ese ser que me trajo al mundo, lo demás que haya sucedido, son pasos de vida. Ahora si les voy a contar hechos reales dando pasos por la vida. Sé quién me acompaña y quien pone puentes para que siga en esta vida dando pasos, unos cortos, otros gigantes que me asombran, que me hacen pensar, esos pasos los di yo, un ser diminuto que pasa desapercibido en la Sociedad, pues sí. No soy la persona que le corresponde decirlo.

Una vez en mi juventud, estando de pesca acompañado de mi Padre, un anciano metido en los sesenta Octubres y otros familiares, en horas de la noche se formó una tormenta, con rayos y centellas, un diluvio de agua a las cuatro de la mañana en una ensenada a una hora de mi pueblo La Villa, que duró dos horas, nos refugiamos bajo los árboles, por  tener la mala costumbre de no cerrar los ojos con los rayos eléctricos, vi esa figura de candela que me dijo, te salvas por estar bajo el regazo de tu padre, eres afortunado.

Otra vez, caían al suelo ojivas de plomo, me pasaban al derredor de mi cuerpo y ninguna me tocó, a mi lado cayeron mis compañeros heridos, corrían gente de un lado a otro, me sentía protegido por ese ser que hoy goza de la eternidad.

Otra vez, por situaciones de ubicación en la ciudad, venía de trabajar y no había transporte, me embarque en el bus 11, o sea a caminar y cuando llegaba a mi aposento veo a la distancia dos figuras humanas de gran tamaño que venían hacia mi persona, de rapidez entone en latín el Padre nuestro y las dos figuras se abrieron a la orilla de la calle, con el reojo miré hacia atrás y salieron despavoridos calle abajo.

A los pocos días de ese último suceso, un conocido porque no lo voy a llamar amigo, esos los tengo contados y no llegan al quinto, me aborda y me dice, supe que te iban a atracar, ya tenían la pico de loro lista si ponías resistencia, pero de un momento venías acompañado por un hombre de casi dos metros,  figura imponente  y desafiante, quien era ese señor, subí el labio derecho de mi boca y la ceja izquierda en forma de satisfacción, a sabiendas quien es mi protector. Por todo esto, me cuido de andar fuera de los parámetros de la Ley y el Orden Constitucional, estos pasos de vida, se los cuento a mis hijos y  mis nietos,  para que pisen en las señas que van dejando mis abarcas sabaneras tres  punta.

 

“DE PURO MIEDO”

 

“DE PURO MIEDO”
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor “Villero”, Colombiano

 

Había un Solar enmontado a una cuadra de mi casa, que como ustedes saben estaba ubicada en La Placita, Barrio en Prado en San Benito Abad Sucre, La Villa. Durante el día, en compañía de la Novicia Margarita Domicó, indígena Zenú, del resguardo Juan José, allí en ese solar a medio día cuando el Sol estaba a 42, sacábamos  lobitos de los huecos de un promontorio de arena.

Pero en la noche, de ocho en adelante ese solar se embrujaba, daba miedos, percibíamos sonidos, silbaban los árboles, a mí personalmente las orejas se me crecían, la cabeza me daba vueltas, las piernas se me encaran ganaban y no daba pasos, menos para correr, y no había un ser humano que me socorriera, tan así que perdí  esa vía para llegar a mi hogar. Lo último que vi con mis dos ojos, fue una sábana blanca en forma de paragua estirándose hasta el cielo, ya llevaba dos metros de altura y seguía creciendo, como pude me destrabe de piernas y corrí y corrí, cuando ya alcanzo el primer metro de palitos de cerca de mi patio, me espero del lado adentro del  patio el perro Capitán, a medida que avanzaba el can me ladraba, cuando alcanzo la puerta de palitos, brincó el perro y me rasgó el único pantalón mocho que tenía, se escuchó un sonido comparado a la caída de mil platos de loza china encarrados unos sobre otros, sobre un piso de cemento. Me cuentan que Isabel Román, mi Madre y el viejo Cuba me echaron agua lluvia, fría y así desperté, el perro no me reconoció, todo esto por estar hasta las nueve pasado meridiano en la calle jugando con mis amigos, cuando el permiso era hasta las seis de la noche.

Después de tantos años con esa figura de la sabana creciendo, pienso que por la falta de energía en mi pueblo, lo sano de esa juventud, el miedo que nos infundían los mayores, cargábamos en los hombros y la mente “PURO MIEDO”.

sábado, 25 de septiembre de 2021

UNA BROMA A MI VIEJO

 

UNA BROMA A MI VIEJO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor

La Mona Angella, hermana del Velocípedo Maracucho, era una Esbelta mujer, de talla grande, cintura de guitarra, su padre la tenía controlada porque le gustaba el baile  se les escapaba en un cerrar de ojos del viejo. Pero que va, siempre se salía con las suyas  se iba de farra. A las nueve de la noche su papá la llamaba donde estaba hablando con sus amigas y amigos: Angella, venga a acostarse, le contestaba: Ya voy apáaa, le decía a sus amigas, muchachas no se vallan sin mí ya vengo, voy a dormir al viejo que estaba pendiente, cierre con tranca esa puerta, ya el viejo estaba en su cuarto, sonaba la puerta, sonaba la tranca y silencio total.

A los quince minutos, cuando el viejo estaba roncando con el parlante roto, Angella se levantaba sigilosa, tomaba los zapatos y salía en cuclillas, la puerta no estaba atrancada, menos la tranca colocada en forma horizontal, cogía calle y le dejaba una luz a la puerta con una chancla atraverzada, regresaba con sus amigas a las cuatro de la mañana, Cerraba la puerta con cuidado, atravesaba la tranca y nuevamente en cuclillas a su cuarto, eso si el velocípedo, su hermano la cuidaba.

El velocípedo Maracucho tenía un vacilón con una muchacha, siempre llegaba a la casa a buscarlo. Una noche como a las siete, llegó una esbelta muchacha preguntando por el velocípedo, la atendió el viejo que ya estaba un poco corto de vista y a oscuras: Buenas noches dice la muchacha, el viejo le contesta buenas noches, está el Mono, si señorita ya se lo llamo, le pasó una banca de madera y la mandó a sentar, siéntese aquí señorita, el viejo se le acercó y sintió el perfume para mí, de Palmolive, era un perro rejugado con las mujeres.

Cuando el viejo sale a buscar al Velocípedo, la Joven que era Angella, su hija le dice: Apáaa, no me conoce soy su hija Angella, el viejo se devuelve, se quita la Abarca y le grita Madeciosea puñetera y le lanza la abarca con rollete, directo a la nalga derecha, antes de coger la puerta, por ultimo le grita: Aquí no vienes a dormir.

miércoles, 19 de mayo de 2021

INVIERNO Y VERANO EN MI PUEBLO

 


INVIERNO Y VERANO EN MI PUEBLO
Por Francisco Cadrazco Díaz
Escritor Colombiano

 

Enmarcando el tiempo en el calendario costumbrista del almanaque de Bristol, una biblia para saber cuándo llegaba el invierno y cuando se iban  las lluvias, era más largo el verano que los meses de lluvias. Fijo cuando la bonga centenaria de la esquina de la estaca, una finca cerca del pueblo, con sus bacotas secas, comenzaba a adornar las calles y caminos con su lana de color amarillo claro, que a la vez servía para abullonar las almohadas de cama, ya venía el invierno

Con nostalgia comenzaban las ensenadas a coger agua, signo de que el rio san Jorge y cauca se iban a desbordar de sus orillas  mi pueblo “La Villa se iba a inundar por los cuatro puntos cardinales. Los pescadores recogíamos los chinchorros y los subíamos a un saxo, hasta el año siguiente que con alegría de verano lo bajábamos y lo poníamos a tono, para seis meses de pesca. Comenzábamos  a estaquear la playa para saber cuántos metros de agua iban entrando, hasta que todo se inundaba.

Las mañanas de invierno eran hermosas, amanecía llovido, la placita con su yerba verde, las lombrices haciendo salidas del subsuelo, las gallinas pavos y cocadas atrapándolas y esperando a las gigantes que se encontraban dentro del pozo o bomba como la llamábamos ubicada en el centro de la placita, ya inservible.

Para los meses de mayo, ya los mangos estaban votando hojas y naciendo hermosos tallos que se encargarían de germinar frutos para recoger en verano. En este largo mes los campesinos del pueblo, alistaban pellón y rulas para emigrar a Venezuela, el Valle de Upar, en especial a Codazzi, los comerciantes del rio salían a Magangué a surtirse de mercancías varias para vender por las costas de los ríos magdalena, cauca y san Jorge, muy poco pernotaban en la villa, sólo quedábamos los estudiantes de primaria de las dos escuelas, para varones y hembras, después  llegó la Escuela Normal Privada  el Seminario Menor, también privado perteneciente a la curia.

En mi entorno de la placita, vía de salida y entrada a los corregimientos de la Ventura, callejón, tierra santa y san roque, amanecía el volcán a reventar de agua, en donde nos recreábamos en sus corrientes hasta llegar entre surcos a la playa “La Chambita”, una hermosa ensenada de aguas oscuras de unos cinco metros de profundidad.

Huracanes, fuertes vientos y tormentas tropicales se formaban en el firmamento al paso de nubes preñadas de color gris, solo esperaban que el cerro corcovado, sonara sus matracas para formar su jarana. Vacas electrocutadas, el maíz y el arroz en el suelo, con sus espigas viches, las líneas del teléfono caídas con la sabida interrupción de la comunicación telegráfica y de bocina. Los pescadores de anzuelos y arpones, todas las tardes partían a las playas y después de una noche estrellada o un huracán, traían el sustento, familiar y particular, para la supervivencia del invierno.

La plaza principal con sus consabidos charcos de aguas rojas, unos diez en toda la plaza, allí sonaban los cañonazos de pólvora en el mes de septiembre, dando anuncios de que entraban al toril cuarenta toros de la raza cebú. En el parque principal, en las noches, se hablaba de la pesca, de arrozales y maizales, de cosechas de patilla y melón, ganadería y agricultura.

Para esa fecha, mes de septiembre después de la fiesta ya los obreros pescadores sabías con que dueño de chinchorro te tocaba pescar, porque ellos les  adelantaban un dinero para que compraran la ropa y zapatos que te ponías en los cinco días de toro.

Para cerrar este Invierno en mi pueblo, la subsistencia de muchos hogares , se basaba en siembras de pan coger en los grandes patios, con la habichuela, la Candía, yuca, guineo cuatro filo o pochocho, naranjas, limones, frijoles, maíz, berenjena y otras siembras, también vendían por las calles: Leche, queso, bollos, cafongos, pan de queso, pan de coco, arropillas, peto,  dulces de panelitas y turrones, otras personas se dedicaban a Administrar la cosa Pública, el sastre, los matarifes, los quioscos de jugos de frutas naturales en la plaza, las tiendas, el café la castilla y el teatro.

A mediados de noviembre cuando el rio San Jorge comenzaba a asomar sus barrancos, ya los pescadores estábamos prestos con petate, franela amanza locos  un cuchillo llamado Banquero, para embárcanos a una travesía por el rio a más de cinco horas, para llegar al departamento de córdoba, a la altura del punto de pesca Marralú, el remolino de la pipa, Segeve entre otros puntos de pesca. De la escases de los alimentos en invierno, pasábamos a la abundancia del verano  con la gran pesca.

Proliferaban los cacharreros, las gitanas echa suerte, los turcos vende telas, los joyeros, las bisuterías femeninas, las mueblerías y los maestros de obras civiles, se contaban miles de pesos en ventas de bagre y pacora saladas, se hablaba de kilos y arrobas, de enhielados de pescado para trasladarlos a Medellín o Barranquilla, en chivos (Canos con remolques), o en jaulas.

Aquí surgía el Golpee mano, a la hora de comer, por la cantidad de hombres que nos ganábamos la vida jalando chinchorro, con la particularidad que los jóvenes solo nos liquidaban media parte de lo que se ganaba un adulto y a decir verdad nos exigían más, porque en esa época, los hombres se medían por el trabajo y no por su estatura.

Puntos referentes de Invierno y Verano: La finca Madre de Dios, tierra fértil para sembrar arroz y maíz, finca babilonia a las orillas de una playa, tierra arrocera, como lo era Rabón corregimiento de la Villa, palo negro y palito. En verano mandaban la parada “La punta de la Pesquería y Los Jobos, sitios turísticos  de comercio en donde pernotaban los pescadores después de una noche de pesca, toda persona que llegara a esos dos sitios, por cortesía las señoras que preparaban los alimentos en tiempo de pesca, llamadas rancheras, le servían una totuma media de Sopas de sábalo fresco, con arroz y tres cucharadas de suero atolla buey.

Del recurso humano, unos hombres líderes y duchos en el oficio, compañeros, amigos, familiares, consejeros de la vida, dispuesto a colaborar   para la consecución de un objetivo común. Sin tacha en su honradez, sus Wood Will era el trabajo en garantía y su palabra empeñada.

Así eran los inviernos y veranos de mi hermoso pueblo en el siglo pasado 1953-1969. Época enmarcada en mi juventud presencial, vista con ojos de colores por mi mente y la inocencia del corazón.

 

 

 


viernes, 23 de abril de 2021

LA TERTULIA CON GUMERCINDO MORETTI

 

HOY, EN EL DÍA DEL IDIOMA

LA TERTULIA CON  GUMERCINDO MORETTI
Por Francisco Javier Cadrazco Díaz 
Escritor Colombiano

Hoy 23 de abril de 2021,  siglo XXI, vamos a tertuliar de la historia de la vida con un escritor amigo llamado Gumersindo Moretti. En el devenir de un canicular sol en esta hermosa costa caribe, envidia de los fríos vientos de las cordilleras, nos hacemos en el bunker de su casa, Moretti siempre me dijo que tenía un bunker disponible para tertuliar con sus amigos y en especial con mi persona, porque tanto a él como a mí, nos gusta el arte, la cultura e historia de las familias.

Somos muy parecidos en conceptos culturales e historias familiares; taburete en mano subimos al bunker, sorprendido, pensé que nos íbamos a meter en una cueva rodeados del nivel freático de la tierra, no fue así, subimos al cuarto piso del edificio 4 A; al abrir la puerta de madera fina (Tulúa), con tintilla brillante, cual sorpresa, vi dos madrinas de matarratón sembradas e inclinadas, esperando el espaldar de unos taburetes de cuero de vaca barcina.

-       Siéntate.  ponte cómodo- dijo.

En eso gritó con las dos manos en la boca haciendo bocina:

-       Ohhhhh Catherine.

De la cocina sale la hermosa mujer, inspiración del tema musical “Vallenata”, con dos totumas llenas de café, de marca Castilla, revueltos con bicho (Platanitos), recogido de los playones de la Vieja Villa, buen sabor y buena combinación, sin químicos, ni brujitos.

En el orden del día, habían dos temas jamás contados, del historial de los dos escritores; a calzón quitao, después del delicioso tinto bien preparado por Catherine, encendimos dos tabacos negros y amargos, doblados por las manos de mujeres obreras, en las tabacaleras de Ovejas, Sucre, para ambientar el lugar.

El sitio estaba compuesto por diez metros cuadrados, cinco hamacas colgadas en los clavitos, una nevera de palo, taqueadita de chicha de maíz, diez cubetas de helados de tamarindo  y de cola con leche, cinco botellas de gaseosas llenas de agua helada que estaban esperando al profesor Benjumea,  otro amigo que rondaba ese lugar; un tablero empotrado en la pared, de color verde, en donde recibían refuerzos los hijos de Moretti, una radiola y unos 100 LP.

Hablemos de nuestros apellidos-, inicia la tertulia Gumersindo Moretti. - El mío es Italiano, lo trajo un marinero que entró por Riohacha cachi bacheando mercancías varias y como el boom era la ciudad de Santa Cruz de Mompox, allá fue a tener a lomo de mulo, de pueblo en pueblo, hazte tú la imagen de los turcos, que no eran turcos, eran libaneses con pasaporte turco, vendiendo telas finas. Unos se quedaron en la Guajira, esos son los Morelli, hay uno que es poeta  compositor en La Jagua del Pilar, la tierra de mi compadre Osvaldo Ramírez- Finalizó con plena lucidez sobre su origen.

Tomó una pequeña pausa y Moretti continuó diciendo:

Cuando abrí mis ojos ya iban cinco generaciones, mi persona es la sexta, cuando ese señor pisó terreno colombiano estaba la guerra de los mil días en su apogeo, usted sabe, mi amigo, que en este país nunca y jamás van a dejar de pelearse; cuando no es por una cosa, es por un lugar territorial. Los españoles no les permitían a los criollos trabajar en oficios decentes, solo era para amarrar ganado, bogar por los ríos y obedecer, no ha cambiado nada el panorama, porque ahora son los puros criollos que copiaron de los extranjeros, la mima “ñeee”.

Me cuentan los viejos que alcance a conocer, que después de esa guerra, los españoles les dieron permisos a los puros criollos a navegar y comerciar por las márgenes de los ríos La Magdalena, Cauca y San Jorge y vea para qué les cuento, salieron disparados de esa diáspora de cuatro calles rectangulares y a temperaturas de cuarenta grados, en donde las damas de la sociedad se echaban fresco en la cara con abanicos de lujo que traía el señor Moretti de Riohacha y Maicao.

La mayoría de hombres compraron una canoa enteriza y se embarcaron con mercancías varias, útiles en esa hermosa región, insólitos: Piedra de amolar, toldos,  petates, rulas, cuchillos, sal de mar o gruesa, panela, plátanos, cocos, esterillas, angarillas, pitas para elaborar el chinchorro y la atarraya, anzuelos, medicinas tradicionales, telas, tacos de baterías, linternas entre otros,  compradas en la Albarrada de Magangué, centro del comercio regional.

Analicé todo lo dicho por Moretti y decidí responder:

Nací a las diez y treinta de la noche, cinco minutos después asomó la nariz chata Ernesto, mi hermano, el gemelo imaginario, en la calle de las Avispas un 23 de Abril de 1953, ambos somos hijos legítimos de Juan Manuel Cadrazco Rodríguez-Villarreal  y la hermosa indígena Cándida Rosa Díaz Arroyo, en la lejana  población con título de Villa, San Benito Abad, en el Departamento de Bolívar, al igual que usted estimado escritor, mi apellido es extranjero, lo trajo un aventajado en la arquitectura o la Ingeniería Civil de origen español, de nombre Francisco Javier y de apellido Carrasco, nacido en Belalcazar, Córdoba, Andalucía, España en 1745 (POSIBLE), pero sus raíces son de la tierra de Jesucristo, de esa zona convulsionada donde antes peleaban con espada, hoy revientan bombas, pero no las de marca  Sempertex; vino ordenado por la corona española para construir Iglesias y casa coloniales en la ciudad histórica de Santa Cruz de Mompox, tuve la dicha, el honor y la satisfacción de ocupar el lugar en nombres y apellido de  Francisco Javier Cadrazco Román, hijo legítimo de Francisco Javier Cadrazco García (Calderón) e Isabel María Román Madera, fui trasladado a ese hogar en el corazón de La Placita.

Te cuento, mi estimado colega, que esa historia casi nadie la sabe, se la he contado a dos de mis hijos que pernotan en mi hogar y a mi estimada esposa  de origen vallenata. Lo que sucedió es que Francisco Javier Cadrazco Román se murió a sus doce años, de disentería, entonces se trajeron para la placita a mi “apá”, Juan Manuel, a los ocho años, porque su madre María Leonor Rodríguez Villarreal falleció y como su tío Francisco Javier no tenía hijos, “chupundun”, para allá lo empacó su papá Arcadio Modesto Cadrazco García (Calderón), Juan Manuel  se crió al lado de su tío Francisco Javier (El Cuba), unos días después que nací, me pasaron también para la placita y claro me separaron de Ernesto. Bueno, fue para bien, porque Ernesto siempre vivía peleando con mi persona, antes y después de nacer.

Me he sentido orgulloso de mi nacimiento, de la crianza que recibí de mi apellido de la gran Familia Cadrasco, unos escritos con S, otros con Z,  ahora el Kadrazco con K, pero somos los mismos, con las mismas personas, el entorno de crianza en los pueblos tienen en la sociedad sellos de arriba y de abajo, de arriba los apellidos empotrados en la cosa pública y el ganado, los de abajo, los agricultores, pescadores, artesanos, ojo, te estoy hablando, mi estimado escritor, en las primeras décadas y tercio medio del siglo XX, porque en la contemporaneidad el cutarro se volteó y se derramó la leche de los tanques  Inagrarios, esos que le cercenaron los tres dedos a bombo Mocho, integrante de la famosa Banda 19 de Marzo de Laguneta.

Mi pueblo, mi patria chica, hermosa con sus doce ensenadas de agua dulce, emanada de las montañas, caños y arroyos, impresionante ver el Magdalena en la desembocadura del rio Cauca, haciendo hoyitos de remolinos, sacar un chinchorro cargado de bagres y pacora, darme el lujo de acostarme al lado de uno de ellos, siendo más pequeño mi persona; la camaradería de los villeros, en especial de mi progenitor mamándole gallo a todo el que encontraba, la berraquera en el trabajo, la fama de cada uno de ellos, ya fuera pescando, ordeñando, amanzanado ganado o tumbando montañas a estajo para que los ganaderos de la época sembraran hierba para sus animales, de eso estoy completamente orgulloso, mi estimado Gumersindo Moretti.

Las letras de la cultura se las copie a mi madre Isabel María Román, mi mayor inspiración poética,  del Cuba sus consejos, su lucha por hacer de mí una persona con valores, recto y correcto en todas mis decisiones, con mentalidad abierta, buscando el camino del bienestar familiar, años después me enteré que esos padres, tuvieron a bien legitimarme con sus apellidos Cadrazco Román, en su matrimonio católico en el año 1958.

De mi entorno en La Placita, mis recuerdos, los mayores me cuidaban, me alimentaban mis vecinos, que siempre pasaban la famosa sarapa a mi hogar, compuesto por los dos ancianos  y mi persona. En el diario trajinar, mi estimado escritor, habían días de lluvia, el famoso “chis chis”, que no dejaba  juntar el fogón, las chiribitas mojadas; otros días de resplandor, el astro rey a mil en candela, noches de luna llena,  estados de luna nueva, esa que revuelve el cuerpo el pensamiento y el alma.

Hubo bullying, por la supuesta desventaja de tener unos padres ancianos, pero a decirte verdad esos pereques como le llamaban antes, rebotaban porque tenía una coraza de oro y plata en mi crianza, no importando llevar unos zapatos rotos en la suela tapando el hueco con un cartón, solo se notaba cuando me arrodillaba detrás del altar para cruzar de izquierda a derecha la Santa Biblia en el altar, cuando ayudaba al sacerdote a oficiar la Santa Misa; por todo eso mi estimado escritor Gumersindo Moretti, ahora cincuenta años después, cuando pernoto a mi bello pueblo, sonrío cuando me echan una mirada de reojos, de la cabeza a los pies y preguntan que si mi persona es el Cubita, ese negrito de afros, criado en la placita por la niña Chave y el viejo Cuba. “Ha lugar”,  es mi contestación.

Así transcurrieron los años, mi estimado Moretti, con mi quinto año de Primaria no certificado, unas clases robadas, montado en los barrotes de hierro de las ventanas del seminario, un poco de Filosofía y Teología Católica, en un día de lluvia, mi Padre me empujó y me echó a volar del hermoso nido, calientico, confortante y amoroso de mi hogar, quedaron los dos cáñamos en la sala en donde guindaba mi hamaca, con cinco parches blanco de lona remendados por mi madrastra Ángela María, el recuerdo vivo en mi mente de esas dos criaturas que mi Dios me puso en mi camino de la vida.

Tenía  que hacerlo, en ese pueblo no había lugar para mí. Él, mi viejo, tenía muchas aspiraciones que su hijo amado fuera una gran persona que contrarrestara su pobreza de plata, porque de mente estaba “al peluche”,  superara el mínimo vital del corte y venta de una carga de leña seca para poder subsistir en la década de los cincuenta y sesenta, montado en su burrito bayo.

Ya para despedir esta tertulia caribeña, histórica y familiar, te cuento, mi escritor Moretti: apareció Ernesto, mi hermano gemelo;  le prometí a mi progenitora en el lecho de su muerte que cuidaría de él, lo mismo que a mis hijos y esposa, me rasparía las rodillas y codos por sacarlos adelante, con educación y valores, unos se acogieron a esos consejos de padre, al igual que los recibía de mi padre Francisco Javier “El Cuba”.

Hoy, 23 de abril cerrando la cuenta en años de vida, son sesenta y ocho perlas del collar de mi existencia, ruego a mi Dios me conceda unos años más, para ver al mundo seguir volteando el cutarro de leche.

Feliz Cumpleaños Gumersindo Moretti, feliz Cumpleaños Ernesto, mi hermano gemelo imaginario, feliz día del idioma y recordemos al más grande escritor colombiano, Gabriel García y Márquez, en la eternidad.

 

 

 

sábado, 10 de abril de 2021

 

LOS TRES BINDES EN MI PUEBLO
Por Francisco Cadrazco Díaz Román
Escritor Colombiano

 

Habían en mi Pueblo unos terrenos baldíos  a 50 kilómetros a la redonda que rodeaban el casco urbano, allí habitaba el termitero más grande que he podido conocer, su panorama era tan parecido a las ruinas  de la antigua Grecia, así lo percibíamos los humanos que transitábamos hacia los corregimientos de San Roque, La Ceiba, Santiago Apóstol.

Más de una vez me vi inmerso en situaciones graves en esos playones  los termiteros o bindes me salvaron el pellejo, recuerdo cuando venía en mi burrito bayo con dos cargas de leña, silbando la melodía “La Pollera Colora y mire atrás , tenía el toro candelillo pisándole los talones a mi burro, me tire   salí a la velocidad de un rayo, me subí al termitero de dos metros y medio, allí llego el toro candelillo a sacarle pedazos para bajarme, hasta que alguien humano silbó a la distancia montado,  aperado en un caballo brioso y me salvó de una cornada.

También puedo contarles el día que se me hizo tarde en el arrozal madre de Dios, salí de allá a las seis y treinta pasado meridiano, con solo la luz de las luciérnagas que como bombillos eléctricos intermitentes me alumbraban el camino de unos cinco kilómetros y a escasos ocho años, como decía mi papá Francisco Javier, ya usted es un hombre,  hoy me reflejo en mi hermoso nieto Matías con solo siete años, para mandarlo a esa distancia y en la noche. Bueno esa noche me topé con la “Luz del Playón”, reclamándome mi presencia en sus territorios, ella me perseguía, se metía entre mis piernas  no me dejaba avanzar, le hice rosca en el  termitero, hasta que se cansó de dar vueltas y vueltas y se marchó, llegue a mi casa en la placita mudo del susto, pero no le dije a mi mamá Chave Román lo que me pasó con la Luz del Playón, después de sesenta años se los cuento a ustedes mis lectores, era un secreto bien guardado, como todos mis secretos, que les he contado.

Salimos, Julián Caña y mi persona hacia el corregimiento de Santiago Apóstol, con una provisiones para las monjas catequistas y ya playón afuera le dije a Cañas que me dejara manejar la camioneta gris, Power Wagon de propiedad de la Iglesia Católica  Apostólica de la Villa, recibí las primeras instrucciones, arranque bien, pero a una voz en grito de Julián, en vez de frenar, aceleré y si no es por esa gigante termita, iba directo al arroyo de corozal que vierte sus aguas a la ciénaga de Santiago,  hoy no estuviera narrando este cuento, a la camioneta no le pasó nada como tampoco a Julián, a mi persona se me hizo un pronunciado en la frente, que siempre que lo tocaba, crecía más.

Como somos herederos de la raza indígena Zenu, la hornilla de cocer los alimentos en esa hermosa época, eran tres puntas de bindes o termiteros, colocados en triángulo en el piso, con entrada de leña o madera por los tres lados, hay de un sancocho o un asado en esos tres bindes, ni para que acordarme, unas yucas atravesadas en sus brazas, etc.  ect.

Para mi eran un tesoro sembrado en esos terrenos baldíos, las termitas habitantes y creadoras  de esas maravillas de paisaje,  no nos hacían ningún daño a los humanos, hoy recuerdo a los tres bindes en triángulos en el fogón de mi casa, tirando candela, esos recuerdos  me alegran  la Vida.

 


COSTUMBRISMO COSTEÑO

 


COSTUMBRISMO COSTEÑO
El capataz de una finca que estaban desmontando unos veinte hombres, con hacha y rula colín y como para esa epoca el reloj era el sol, sombrero en mano a la altura de la cara, con el ojo derecho miraban la altura del son así sabían la hora, y esa hora la cantaba el capataz, un dia llegó de malas pulgas y le dijo a los trabajadores que la hora de salida de hoy era cuando cantara la pigua, que normalmente lo hacia a las cinco en punto de la tarde, pero como las cosas de mi Dios son impredecibles, se soslayó una pigua del cogollo de una bonga y paso volando bajita que casi le tumba el sombrero al capataz y canto tres veces, siendo las dos de la tarde, veaa todos los trabajadores recogieron sus aparejos y se fueron para sus casas.
Al dia siguiente les dijo a los trabajadores que la salida era cuando se ocultara el sol y a las doce del medio día el cielo se colocó en fase gris, con una brisita que anunciaba un fuete aguacero y de inmediato se oculto el sol, uno de los trabajadores responsable de la faena les dijo a sus compañeros que recogieran y apresurados se marcharon, ese dia no salió el son, el capataz guardaba las esperanzas que en la tarde saliera nuevamente el sol para descontarles el medio jornal de trabajo. De esto se enteró el dueño de la finca y de una liquidó contablemente al capataz y lo despidió.